La amnistía para militares se decidió en 1986 durante una visita oficial a Brasil
El ex presidente Julio María Sanguinetti explicó en su libro «El temor y la impaciencia» (Ensayo sobre la transición democrática en América Latina), escrito en 1991, la necesidad de que el Parlamento uruguayo aprobara en 1986 una «amnistía general» que incluyera a los militares. La decisión la tomó a bordo de un avión de línea brasileño, durante una visita de Estado a aquel país, adonde viajó acompañado por el entonces senador Alberto Zumarán y el general (r) Líber Seregni.
«En agosto de 1986 me encontraba realizando una visita de Estado a Brasil, acompañado por altos dirigentes de todos los partidos, entre ellos el senador Alberto Zumarán, quien había sido el candidato presidencial más votado del Partido Nacional, y el general Seregni. En vuelo interno, en un avión presidencial brasileño, me acercan las noticias del Uruguay. Allí aparecía un episodio, ocurrido la noche antes en la puerta del Centro Militar en la Avenida Agraciada.
Una manifestación convocada por un irresponsable senador que manejaba una audición radial de mucho impacto en la militancia de izquierda, había llegado hasta las puertas del Centro reclamando ‘juicio y castigo’, consigna que por entonces definió a este grupo de exaltados. Hubo coros, gritos y algunas piedras, pero el episodio no pasó a mayores, a pesar de que en el interior una reunión social convocaba a un elevado núcleo de cadetes y oficiales.
Allí tuve la clara sensación de que no cabían más dilaciones. Hubiera bastado un militar que reaccionara desde una ventana para que tuviéramos muertos en la calle, y esto estaba por encima de cualquier otra consideración.
En el avión mismo reuní a los dirigentes y les dije que mi punto de vista era proponerle al país una amnistía general, que extendiera a los militares la misma generosidad tenida para con los guerrilleros. Tanto el senador Zumarán como el general Seregni plantearon sus dudas, aunque entendieron mi propósito. A mi retorno, solicité una cadena de televisión y allí le expuse al país la necesidad de la amnistía, enviando de inmediato el proyecto al Parlamento.
Enseguida, desde la izquierda, se levantó un coro que comenzó a rasgar sus vestiduras ante la amenaza de ‘impunidad’. Pocas veces me sentí, en los años de gobierno, tan tranquilo con mi conciencia. Estaba dispuesto a tomar personalmente la responsabilidad y así lo expresé. Sabía que si salía adelante le ahorraría al país nuevas y muchas desgracias. Y por ello empeñé todo mi esfuerzo para alcanzar esa meta». *
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