Un gobierno de la izquierda tendrá inmejorables condiciones políticas para gobernar
«El decisivo papel de Tabaré Vázquez en toda esta historia ha pasado demasiado desapercibido», advirtieron los autores, quienes analizaron el proceso de «reciclaje» ideológico de la izquierda entre los años 1971 y 2004 y el papel del líder izquierdista «en la estrategia de ampliar las alianzas políticas aunque esto implicara la moderación programática».
Recordaron a la vez que el actual candidato presidencial del Encuentro Progresista/Nueva Mayoría llamó en 1996 a «afinar los programas» y luego de la derrota de 1999 convocó a una «actualización ideológica».
LA REPUBLICA reproduce a continuación, el capítulo titulado «conclusiones» del libro de Garcé y Yaffé, de la Editorial Fin de Siglo, que se lanzará el jueves 23, a las 19 horas, en el Teatro de la Asociación Cristiana de Jóvenes, con una presentación a cargo de los también politólogos Gerardo Caetano, Daniel Chasquetti y Gustavo De Armas.
Conclusiones
«Las profundas modificaciones en el programa de la izquierda uruguaya no son una operación de «maquillaje», ni un giro oportunista de último momento. En verdad, se trata de un largo, complejo y genuino proceso de «reciclaje» ideológico. En primer lugar, es evidente que la izquierda de hoy es mucho más democrática que la de 1971. Hoy por hoy, en el mundo de la izquierda política, quienes siguen sin entender el valor de las «formalidades» democráticas están francamente en minoría. En segundo lugar, la izquierda uruguaya ya no habla ni de revolución (la revolución, lisa y llanamente, desapareció del radar) ni de socialismo (el socialismo, de meta cercana, más o menos inmediata, pasó a constituirse en un lejano horizonte, casi una utopía). En tercer lugar, está claro que la izquierda ya no habla de «tomar el poder», sino de «ganar la elección», y habla mucho menos de «lucha de clases» que de «acuerdo social». La izquierda frentista que consideraba una traición a sus propias ideas «desplazarse hacia el centro» (como le pedían Juan Pablo Terra o Hugo Batalla cuando plantearon el objetivo de «ampliar las alianzas», tejer una «coalición de centro izquierda», para avanzar hacia «un gobierno de mayorías nacionales»), que se oponía a cualquier alianza política y social que implicara mellar el contenido «antioligárquico y antiimperialista» fundacional, finalmente, luego de la ruptura del FA y del derrumbe del «socialismo real» en 1989, terminó por tomar el camino que le reclamaron, sin éxito, los «renovadores» entre 1985 y 1989.
En el plano programático, la izquierda frentista pasó de un programa cuyos componentes centrales eran la reforma agraria, el «no pago» de la deuda, la nacionalización (o estatización de la banca), la nacionalización del comercio exterior, a un programa autodefinido como «progresista», del que fueron desapareciendo casi todos los componentes centrales del programa del 71 a los que nos acabamos de referir. La izquierda uruguaya no ha abandonado, naturalmente, su preferencia por los valores de igualdad, justicia y solidaridad social. Seguramente se ha mantenido fiel a sus valores identitarios. Sin embargo, esta relativa estabilidad en el terreno axiológico no se compadece con la relativamente alta volatilidad que se registra en el plano de los propuestas de políticas.
Como hemos visto, la izquierda no cambió de golpe. Como si en su afán de «nacionalizarse» también hubiera incorporado el tranco amortiguado y gradualista que caracteriza a los procesos políticos en nuestro país, la izquierda uruguaya ha ido cambiando gradualmente, «a la uruguaya». Hemos argumentado, no obstante, que el momento más importante en esta transición ideológica, estratégica y programática es la década 1985-1994 cuando la crisis del «socialismo real» sacudió la ideología y la teoría de la izquierda. Hemos argumentado también la transición ideológica se expresa fundamentalmente en la política de alianzas que, a su vez, fue el camino que permitió la moderación de la plataforma electoral de la izquierda. Por eso mismo, hemos insistido en explicar que el momento clave del viraje ideológico, estratégico y programático es la creación del Encuentro Progresista. Cuando el FA, en julio de 1994, aceptó la creación del Encuentro Progresista, y apoyó sus vagos e insólitamente moderados lineamientos programáticos, dio el paso decisivo en su largo viaje ideológico desde la izquierda revolucionaria, antioligárquica y antiimperialista de 1971 hasta la izquierda gradualista y moderada, ahora sí, se apresta a tomar el poder. El momento decisivo en ese viaje es, pues, el año 1994. El hecho decisivo, la creación del Encuentro Progresista. El liderazgo decisivo, el de Tabaré Vázquez.
Vale la pena destacar que todo este proceso fue hecho con enorme cuidado, haciendo un esfuerzo formidable por conciliar cada novedad, cada giro ideológico y programático, con la tradición y los valores frentistas. En este sentido la fuerte «tradicionalización» que acompañó al proceso de institucionalización partidaria experimentada por el FA desde 1985, ha jugado un rol muy importante porque permitió reforzar la identidad frentista problematizada, de hecho, por la profundidad del proceso de mutación ideológica y programática. No deja de ser paradojal. La izquierda uruguaya, que tanto deploró el papel de las tradiciones en la política uruguaya, terminó yendo a buscar a esa cantera el material que le permitiera recimentar su construcción argumental.
El cuidadoso esfuerzo de sutura entre «progresismo» y «frenteamplismo», exitoso política y electoralmente, tiene otro flanco polémico. Al suturar tan cuidadosamente lo «nuevo» y lo «viejo», la izquierda ha perdido la oportunidad de hacer un ejercicio de sinceramiento histórico. La izquierda uruguaya ha modificado radicalmente su posición acerca de cuestiones cruciales. Hace treinta años los frentistas ni creían demasiado en las «formalidades» democráticas ni en que fuera posible construir un proceso de desarrollo sustentable en el marco de las estructuras económicas y sociales del capitalismo periférico. Al cabo de tres décadas es obvio que han revisado profundamente tanto su valoración de la democracia como su visión del capitalismo. Sin embargo, no han reconocido públicamente sus errores. Otro tanto ha pasado, por ejemplo, en relación a la guerrilla, a la fractura del 89 o a la posición sobre el proceso político cubano.
Factores y actores de la dinámica ideológica, estratégica y programática
Son numerosos los factores que explican la dinámica ideológica, estratégica y programática de la izquierda. Tal vez el más influyente sea exógeno: el fracaso del socialismo real. Sin embargo, en la revalorización de la democracia «burguesa» ha tenido un papel decisivo la dolorosa experiencia doméstica. También son numerosos los actores que hicieron posible esta renovación. Los dirigentes del PDC y la 99, antes del cisma del 89, jugaron un papel muy importante en la crítica de los fundamentos teóricos y de las referencias internacionales de la «vieja» izquierda. Después de la ruptura del FA, y si estamos en lo cierto cuando afirmamos que el hecho más importante en la evolución de la izquierda es la creación del Encuentro Progresista, quienes más han aportado a la renovación de la izquierda son los actores políticos que más sistemá- ticamente contribuyeron a impulsar y concretar la estrategia «progresista». En ese sentido, hay que destacar, entre los sectores del FA, el papel del Partido Socialista y de la Vertiente Artiguista, y entre sus personalidades el de los firmantes del «documento de los 24″ y el propio Tabaré Vázquez. Durante los últimos cinco años, el protagonismo se ha desplazado hacia Astori y Mujica.
El decisivo papel de Tabaré Vázquez en toda esta historia ha pasado demasiado desapercibido. Desde mediados de 1993 en adelante ha sido un factor decisivo en la estrategia de ampliar las alianzas políticas aunque esto implicara la moderación programática. Además, luego de cada una de sus dos derrotas electorales (1994 y 1999), el líder de la izquierda ha buscado corregir el programa y la plataforma electoral. En el discurso que pronunciara al clausurar el III Congreso Ordinario Juan José Crottogini (1996), Vázquez llamó a «afinar los programas». Luego de la derrota de 1999, convocó nuevamente a la «actualización ideológica» reclamada en 1997, que alcanzó una fuerte concreción en el IV Congreso Ordinario «Tota» Quinteros (2001) y se continúa en los documentos preparados por la Comisión Integrada de Programa como base programática de la plataforma que esgrime en la actual campaña electoral.
Oportunidades y desafíos
De concretarse, como es altamente probable, el triunfo largamente anunciado, la izquierda uruguaya, llegará al gobierno, incluso sin necesidad de disputar la segunda vuelta electoral. Si, como pensamos, así fuera, llegará en inmejorables condiciones políticas: tendrá mayoría en ambas cámaras; contará con el apoyo crítico del movimiento sindical y de buena parte de la intelectualidad; tendrá los flancos bien cubiertos por Kirchner y Lula, presidentes políticamente afines; tomará el timón con la economía en proceso de recuperación en un momento en que los organismos financieros internacionales muestran cierta disposición a la revisión de sus políticas. En definitiva, Vázquez tendrá mejores condiciones de gobernabilidad que todos los otros presidentes de los últimos 20 años. Ciertamente, tomará el gobierno en un contexto económico y social muy deteriorado. No es menos que ya hay signos de mejoría. Tendrá excelentes condiciones políticas para impulsar una agenda ambiciosa, apoyada en décadas de acumulación y aprendizajes programáticos. Tiene una gran oportunidad y un enorme desafío. No «temblarán las raíces de los árboles» como alguna vez anunció Vázquez. Pero tampoco será «la era del vacío»». *
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