Partelli, el amigo de Seregni
El Libro «Monseñor Partelli, biografía no autorizada del arzobispo del Uruguay dividido» (Ediciones Carolina), del periodista José Luis Martínez, que se presentará el próximo viernes a la hora 19 en la Junta Departamental de Montevideo, es un aporte al conocimiento de las sensibilidades comunes que han tenido en las últimas décadas amplios sectores de la Iglesia Católica con la izquierda uruguaya. Lo que sigue es la transcripción de algunas de los relatos de Carlos Partelli, quien fuera uno de los amigos del general (r) Líber Seregni y que en 1972 rezara ante los cuerpos de ocho obreros comunistas, en la sede del PCU, muertos por las Fuerzas Conjuntas.
«Siempre estuve en contacto con los pobres»
Para la Iglesia Católica uruguaya los 60 fue una década prodigiosa. Mientras el país comenzaba a transitar una crisis económica y social, antesala de una fractura política, en lo religioso se apreció un cambio de sensibilidad de pastores y teólogos, con acontecimientos eclesiales de significación en ese período: primero el Concilio Vaticano II en el ámbito mundial y, posteriormente, la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano a nivel regional. Se venían tiempos de renovación.
Muy pronto monseñor Parteli -ahora como obispo- volvía a tomar contacto con la penosa realidad que le tocaba vivir en su Diócesis, algo que se repetía en muchas partes del país, particularmente en el Uruguay profundo. «Siempre estuve en contacto con los pobres. En Rivera porque los visitaba en sus casas y los encontraba cada paso en mis idas a los barrios, luego en Tacuarembó siendo obispo visitando los caseríos de campaña ya que la situación es idéntica de un lado al otro.
Por este conocimiento vine a saber que hay varias clases de pobres y no todos reaccionan de la misma manera ante su situación. Unos sobrellevan la pobreza serenamente, sin envidia y dignidad; otros se resignan como a un destino fatal. Otros, más lúcidos, buscan la manera de salir de su estado, otros se amargan y fácilmente de hacen insociables, sin que falten los que degradan en los vicios. Parece que las miserias material y espiritual se condicionaran mutuamente de tal manera que cierran un círculo muy difícil de romper.
Fruto evidente de esta miseria eran las pandillas de lustrabotas mal hablados y pendencieros que pululaban a la salida de los cines y los bares, como también las infelices niñas que pedían un real a los transeúntes. ¿Qué futuro espera a estas criaturas?
Cuando entre los chicos del catecismo veía a algunos descalzos y desnutridos, se me hacía difícil hablarles de la Providencia, que si alimenta a los pájaros y viste a las flores, y cuida con más amor a sus hijos.
Este drama de la miseria lo sentí vivamente una vez, cuando explicando el Padre Nuestro, uno de estos niños hizo un gesto nervioso. Supe luego por la catequista que el padre de aquel niño era un alcohólico que lo golpeaba a él y a su madre.
Solía acompañar a las parejas de vicentinos en sus visitas domiciliarias. Nos sentábamos, conversábamos de todo un poco, y en la charla afloraban sus sentimientos. Por lo general eran ancianos de variadísimas historias.
Algunos hablaban con afecto de sus hijos y nietos ausentes. Otros ni siquiera eran capaces de esbozar una sonrisa.
En una oportunidad, al salir de una casilla llena de rendijas, mi compañero vicentino dejó escapar esta pregunta: ¿Qué significa la Patria para esta viejita ciudadana?’.
Había mucha gente deseosa de ganarse la vida con su trabajo, pero no tenían oficio. Hacían cola en la vereda de la Intendencia para poder entrar en las cuadrillas municipales que arrancaban yuyos o removían la tierra de los caminos. Si se anunciaba alguna obra pública, eran muchísimos los que se alistaban como peones para el sorteo.
Participaba yo un día en una alegre fiesta con tallarinada que ofrecía Repetto a sus amigos, en el patio de su casa quinta del Cerro del Marco. En cierto momento me dice: ¡Esto es muy agradable, pero me amarga ver a esa chiquilinada que nos está mirando con ojos de hambre detrás del tejido!
Otra vez pasaba yo por un barrio y al ver cómo había aumentado el número de unas casitas iguales y muy feas, sin siquiera la gracia de un rancho clásico, le pregunté a un vecino: ¿Son viviendas económicas?.
Y me respondió: ¡Que esperanza! El alquiler es muy caro.
Eran de un señor que las construía para los pobres, no para favorecerlos, sino porque ellos no podían elegir otras mejores. Con los alquileres que cobraba iba construyendo otras nuevas, siempre chiquitas e igualmente feas.
Una vez lo encontré y le pregunté: ¿Para qué hace colección de casas, si son todas iguales? ¿No da lo mismo tener diez que cuarenta?
Me miró con rabia, hizo una mueca y me dio la espalda», puntualizó al repasar aquella dramática situación. *
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