En Montevideo, cuando el presidente Batlle envió al Parlamento la Ley de 8 Horas

¿El Uruguay se encamina al socialismo? Es la pregunta que con explicable alarma se formulan muchos políticos y empresarios ante el proyecto de ley que acaba de enviar el presidente al Parlamento, por el cual se establece un tope de ocho horas a la jornada laboral. ¡Todo un escándalo!

En lugar de frenar los ímpetus y dominar la rebeldía de los asalariados –adoctrinados por agitadores anarquistas– el primer mandatario parece haber cedido a las presiones y se ha alineado descaradamente del lado del populacho.

Es cierto que las jornadas de trabajo se extienden en muchos casos bastante más de lo que puede resistir un ser humano, y que ya en 1905 los diputados Roxlo y Herrera habían presentado un proyecto similar limitando la jornada a nueve horas. Pero lo de José Batlle y Ordóñez sobrepasa todo límite aceptable, pues no sólo propone que los obreros no trabajen más de ocho horas, sino que además, establece una serie de medidas que, de llegar a votarse, significarán el fomento de la holgazanería y harán disminuir la producción.

Véanse si no, los privilegios propuestos: un día de descanso cada seis de trabajo; prohibición de trabajar a los menores de 13 años; licencia de 40 días por embarazo. Como se advierte, todas son medidas de nefastas consecuencias para el desarrollo del país.

¿El señor Batlle es un anarquista o un peligroso radical disfrazado de colorado?

Los industriales y comerciantes presentarán en breve una nota a la Asamblea General, en la que harán constar su disconformidad con la medida. Entre otros argumentos, se señala que la producción se encarecería y que nuestros productos no competirían en el mercado exterior.

Es de esperar que el sentido común de blancos y riveristas impida que prosperen estas iniciativas disolventes.

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