Una jornada sin sorpresas

Las proyecciones de votación, dentro del ámbito de las elecciones internas, no otorgaron demasiadas novedades y/o sorpresas.

Las elecciones, en esta oportunidad, fueron una forma de la obviedad y marcó una calidad en las tendencias de voto que ya se esperaba dentro de la clase política, en la torrencialidad massmediática y hasta en la propia ciudadanía, mucha de ella desistiendo de ir a colocar su voto.

Se votó, como habían ensayado las encuestas, en un porcentaje por debajo de las anteriores elecciones internas y desde luego en una situación de serenidad civil propia de la identidad uruguaya que, en estos casos, y aun pese a la coyuntura social crítica y a los desencantos varios (sobre todo en una franja de las generaciones más jóvenes), marcó presencia y de ese modo la vocación decididamente democrática de quienes concurrieron a las urnas se impuso para que las elecciones internas se transformasen en una fiesta de la pluralidad.

Si hubo una votación por debajo de las anteriores elecciones internas que no contradijo las especulaciones previas de la clase política, es que se aglutinaron múltiples factores: 1) los sufragantes del Encuentro Progresista, es obvio anotarlo, no contaron con otra opción que no fuese Tabaré Vázquez; 2) en el caso del partido Colorado había una suerte de consenso de antemano que el vencedor sería (y es) Guillermo Stirling, y eso evidentemente provocó una votación más apocada; finalmente, tampoco el Partido Nacional estuvo ofertando un discurso oxigenado y si se quiere reciclado en su esencia por más que se haya citado a los viejos caudillos (Saravia, Herrera, Wilson Ferreira), y no había a grosso modo diferencias sustanciales entre Larrañaga y Lacalle.

Por otra parte, hay un dato importante a remarcar: el costo por concepto de publicidad y/o merchandising partidarios (y por precandidatos y por listas) tuvo un efecto de bumerán o una situación inversamente proporcional en sus objetivos.

Con lo que la lectura en este caso se amplifica: por más dinero que se cuente para  en definitiva  generar una deliberada política de saturación partidaria en dirección a los potenciales receptores (la población) a partir de profusa cartelería o el mero boca a boca, la tradicional instalación de clubes partidarios en cada escenario barrial como elemento de captura de votantes y asimismo la publicidad paga en prensa, radio y televisión, además del merchandising y la campaña de los precandidatos de mayor rango a lo largo y ancho del país y el juego de dichos y contradichos de toda contienda electoral, precisamente el electorado dejó pasar la oportunidad acaso porque en su lógica no vendrán «caras extrañas» (parafraseando al tango) y porque ya tiene la intención de voto claramente definida, en su gran mayoría, en lo que serán las próximas elecciones nacionales.

Hay la constatación, eso sí, de la vocación democrática de los uruguayos. No es un dato nuevo ni remarcable. Somos democráticos por naturaleza, y eso permitió en definitiva que el Uruguay viviese otra jornada electoral de impacto menor, en términos cuantitativos, en la votación, pero que de igual modo ya estaría definiendo una tendencia con miras a las elecciones nacionales. *

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