Sanguinetti: El ejemplo de otros países parece cundir en Uruguay
Los límites de la libertad
«Contagiados por el modelo argentino, una minúscula parte del periodismo nacional levanta la peligrosa tesis de que se puede quebrantar el patrimonio íntimo del ser humano, si se trata de hacer referencias a su presunta orientación sexual o a otros aspectos de sus relaciones o actitudes, fundados en que la libertad de opinión debe priorizarse, ya que el sentido del humor se encuentra en una zona gris y los límites del buen gusto representan una materia opinable. De más está decir, que con este razonamiento donde todo vale bajo el pretexto de la libre información, nadie con cierta fama o predicamento en el contexto social podrá vivir tranquilo, pues estaría a merced de cámaras ocultas, grabadores u otros mecanismos de espionaje, que no respetarían su hogar ni sus movimientos particulares. Ingresaríamos con esta concepción permisiva a un clima de anarquía totalitaria, pues el periodista con la poderosa herramienta que significa la comunicación, contaría con una fuerza temible frente al resto de la sociedad.
La cultura democrática determina qué, como derivación de ese privilegio, sus titulares deben ejercer su profesión con suma responsabilidad, ya que de lo contrario se alterarían caros principios que nos vienen del fondo de la historia.
Porque como se advertirá, la libertad de expresión –como postulado constitucional– no puede constituirse en una prerrogativa ilimitada y confundirse con la arbitrariedad, situándose más allá de la crítica razonable.
El modelo republicano enseña, que la libertad de cada uno tiene por límite donde comienzan las libertades de los demás, condicionamiento que indica que no deben mezclarse las cosas que deben estar separadas. Ello implica que el periodista tiene márgenes para ampliar los horizontes de su labor, pero cuidando que en la formación del mismo no incurra en abuso de derecho, pues tolerar habladurías o maledicencias en nombre del libre pensamiento, equivaldría precipitar las garantías democráticas al vacío y menoscabar los principios inherentes al sistema.
La voracidad de divulgar las intimidades reales, supuestas o inventadas de determinadas personas, con la finalidad de obtener mayor audiencia o mejores resultados económicos, comporta un estilo periodístico escandaloso –reprobado por la ética– porque responde a la compulsión turbia de enlodar gratuitamente y con total desenfreno la reputación de nuestros semejantes. Y es de preguntarse si el periodista que defiende la temeraria teoría de que son pertinentes los comentarios jocosos o humorísticos que arrojan sombras y sospechas sobre las víctimas, aceptan el proceso inverso cuando la injuria, la calumnia o la difamación azotan la dignidad de su persona, esposa, madre o hija.
La prensa cumple una valiosa función como instrumento de contralor, para que los que manejan los asuntos del pueblo, lo hagan con la mayor transparencia y efectividad. Pero tan alto cometido en beneficio de la gente, no legitima que la vida privada de las personas se coloque en la jauría del comentario, para satisfacer los apetitos financieros de las empresas y calmar la alevosía espiritual de quienes apoyan esa modalidad periodística».
Saul Posada Ex director de Ancap
A veces es difícil distinguir periodistas de murguistas
«Gustavo Escanlar e Ignacio Alvarez agraviaron con particular violencia a China Zorrilla y a Sonia Breccia.
El estilo se había ido afirmando en la radio, a través del abuso de la fórmula «culo, caca, pichí», como gesto transgresor.
Es difícil alimentar las hogueras de lo grotesco sin quemarse. Cuando Escanlar y Alvarez atacaron a China Zorrilla y a Sonia Breccia terminaron echando su propio patrimonio al fuego.
Cuando el rating se basa en el impacto emotivo el periodismo corre serios riesgos de volverse foquista. De no poder detenerse en la búsqueda de la sorpresa, el escándalo o la conmoción, creyendo que al concitar la atención está cumpliendo con su responsbilidad. A pesar de haberse constituido en un punto crítico, el grotesco episodio coprotagonizado por Escanlar y Alvarez no es un problema central de su estilo profesional.
La propuesta presentada de tratar algunos temas de interés social con agilidad y soltura despertó la atención del público. Pero el programa se quedó un minuto en la propuesta periodística para zambullirse de inmediato en el show. Emparentado por idea y por nombre con el programa argentino Ser Urbano, conducido por Gastón Pauls, ZU se diferenció –hacia abajo– de aquel excelente periodístico para acercarse a Intrusos en la noche.
Consideran que hacen periodismo porque «investigan», y porque además, sostienen, quién dijo que el periodismo tenía que ser profundo, serio, analítico o reflexivo.
Sus conductores siguen al pie de la letra una receta internacional: toman temas de interés sectorial, los sobrevuelan, eligen alguno de sus puntos pintorescos, algo parcial e impactante, raro, si es posible con connotacioens sexuales fuertes. Discurren sobre este fragmento selecionado, con ligereza, con desenfado propio de una edad inventada, como adolescentes se diría, si es que alguien creyera que los adolescentes son desenfadados. «Â¡Pero en qué país vivimos!», claman los conductores de ZU al «informar» sobre el rechazo de algunos sectores a la venta de telefonía celular. Ni un solo argumento, ni una mención a los fundamentos de las cosas. Nadie los obliga a tomar posición ni a opinar, pero sí a informar, puesto que han elegido llamarse periodistas. «Nosotros denunciamos lo que sea», postulan, sin admitir que en realidad están dispuestos a denunciar sólo la causística de los bordes, la que no toca resortes que pueden saltar y machucar al denunciante. Un cuidacoches, una prostituta o un prostituto, un vendedor de tarjetas telefónicas, todos infractores… La corrupción y el delito de bagatela, el mismo que el ministro del Interior considera prioritario combatir.
Al menos el triste episodio invita a discutir qué es periodismo y en qué se diferencia del show y la conducción de espectáculos (cuya validez no está en juego, por cierto), y aquí las posturas profesionales no son unánimes.
En defensa de Escanlar y Alvarez salió, en forma editorial, Gerardo Sotelo, también por radio Sarandí 690. Según Sotelo las expresioens de los colegas deben aceptarse en el marco de la libertad de expresión, como las expresioens de un murguista o de un sindicalista.
Parece que la especificidad del periodista, su responsabilidad social, no es evidente. Cuando los derechos chocan es fácil equivocarse. El derecho a la honra no limita el derecho a informar o criticar pero impone un análisis riguroso del punto donde se cruzan el interés público de ciertas informaciones y el derecho a la vida privada y a la intimidad. Esa encrucijada –que no se resuelve con pasar el asunto a la justicia– compete a los periodistas, no a los murguistas. A veces es difícil distinguirlos».
Ivonne Trías (Directora del semanario Brecha) – Conceptos extraídos de su editorial del viernes 28 de mayo
Perros que orinan monumentos
«Lo del título, es una metáfora, que se me ocurre como comparación por la actitud de esos pseudoperiodistas, para quienes, la calificación de mediocres, les queda grandísima; son mucho menos que eso. Sonia es la periodista que más admiro. China es un orgullo para el país. Eduardo Galeano, un escritor de fama mundial. La envidia y el complejo de inferioridad, tal vez, fue lo que motivó a estos individuos; sólo han hecho crecer mi admiración, por estas personalidades, que todos respetamos, menos ellos. No recuerdo si el maravilloso anciano, Benedetti, fue tambié
n mencionado. Lo considero otro gran hombre de las letras uruguayas, de fama mundial. Los perros… a la cucha…
Fecha para recordar: la fecha de esta carta coincide con un hecho histórico, como la Batalla de Las Piedras. Allí Artigas, triunfó sobre el ejército español, comandado por Posadas. Los gauchos, junto a los indios, hacían las veces de soldados del gran Jefe oriental. «Ver a los indios formar/el escuadrón/y aprontar los morenos /el corazón»…
Quién diría, que poco después, quienes fueron «la mano derecha» de nuestro héroe para la gloriosa gesta emancipadora, serían masacrados por Fructuoso y Bernabé Rivera.
La esperanza del cambio: En 1999, el progresismo estuvo esperando el triunfo y le faltó muy poco para lograrlo. A veces, me pregunto, si no sería la confirmación, del refrán «no hay mal, que por bien no venga». Y es que aquel Uruguay que entonces no tenía a casi nadie de compañero de ruta, excepto Cuba y Venezuela, quizás habría sucumbido, en medio de la paranoia, de un pueblo, que no había aprendido, que la derecha neoliberal, sólo buscaba privilegiar a grandes capitalistas, la mayoría corruptos e inescrupulosos, amigos del gobierno; y por ende, gozando de toda la impunidad que da el poder. Que eludían impuestos; que se llevaron los capitales, fuera del país.
La mayor sacrificada fue la clase media, que tuvo que pagar los impuestos que eludían los grandes capitalistas. Y la citada clase media desapareció, prácticamente. Quizá el gobierno progresista, que hipotéticamente se hubiera instalado, hubiera llevado las culpas de la debacle financiera.
Luis Carlos Piedra Buena
El fuero íntimo
«El fuero íntimo, la vida privada, el honor de las personas de notoriedad pública, políticos, artistas, científicos, periodistas, es protegido en toda la sociedad civilizada y no puede ser agredido por medio alguno. En la dimensión de la prensa, la libertad del periodista debe detenerse allí donde se rebasa el interés público de informar o el derecho de opinar para caer en la atribución descalificante, la sugerencia maliciosa o el mero agravio.
Rebasar esos límites es degradar el periodismo y aún el debate cívico, que puede ser todo lo apasionado que se quiera pero nunca infamante. Desgraciadamente, en los últimos tiempos hemos vivido episodios de es índole que merecen una reacción tanto cuando existe una autoría reconocida o, aún peor, cuando el anonimato encubre sórdidos propósitos y emplea los medios técnicos modernos –Internet por ejemplo– con la intención difamatoria.
En los últimos casos, empleados para difundir rumores malevolentes, se deja incluso a la víctima en una desoladora situación de indefensión porque debe luchar contra fantasmas desde el banquillo del acusado. El desgraciado ejemplo de otros países que han pagado un precio muy alto por dejarse arrastrase a esas prácticas, parece cundir en un Uruguay que hasta no hace mucho preservaba su estilo civilizado, de tradicional respeto hacia aquellos valores inherentes a la personalidad humana».
Julio María Sanguinetti
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