El otro Duhalde

Conozco a Duhalde antes que Ramela, antes que Batlle; es más, antes que Néstor Kirchner. Me refiero al Dr. Eduardo Luis Eduardo Duhalde, hoy titular de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación Argentina. Corría 1983 cuando yo desembarqué en Madrid, medio perdido en la cancha de bochas del exilio.

Había cruzado el Atlántico solo, con cinco dólares en el bolsillo y el número de teléfono de un escritor uruguayo que nunca había oído hablar de mí. Llamé y estaba, menos mal; salió a mi encuentro, pero no me podía hospedar en su casa. Se me viene la noche, pensé. Entonces, de su boca, como un abracadabra, escuché por primera vez aquella palabra mágica que me abriría una y otra vez, indefectiblemente, las puertas de la hospitalidad madrileña: «Duhalde». Un amigo argentino, aclaró, mientras discaba. Ese mismo día tuve cama y comida en un hotel, amparo institucional una semana después, un buen trabajo al poco tiempo, vivienda y residencia legal al cabo. Todo gracias a Duhalde. Decenas de uruguayos, antes que yo, corrieron la misma suerte merced a su patrocinio infalible, incondicional.-

Eduardo era el principal referente del exilio argentino en la capital española y ante las máximas autoridades locales, incluyendo los sabuesos de Seguridad del Estado, para quienes su recomendación era palabra sagrada.

Tenía su estudio junto al Paseo de la Castellana y allí mismo la sede de «Timing», una cooperativa de trabajo temporario por la que accedían a un empleo calificado centenares de sus compatriotas necesitados. Conjuntamente, trabajaba con ahínco y brillo en la denuncia de la barbarie militar argentina y las violaciones a los derechos humanos.

Practicaba Duhalde ese qué se yo -afecto, simpatía, cariño cuesta definirlo- que muchos argentinos reservan para los uruguayos, exclusivo y distinto del que se dispensan entre ellos mismos.

En condiciones de extraterritorialidad, no hubo un uruguayo menos beneficiado que un argentino por el humanismo solidario, hondo, cálido y eficaz de Eduardo Luis Duhalde, desde conseguir un plato de comida, respaldar sus justas causas políticas, compartir alegrías o destinar horas sin límites a levantar a un caído. Un lujo.-

Medir es comparar, usando referencias. Kirchner, era para mí un signo de interrogación, un desconocido.

Pero cuando leí que había designado a este Duhalde al frente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Argentina me quedó clarito: es otra Argentina la que llegó a la Rosada. Digna. Cabal. Hermana. Lógico, los saltimbanquis de este lado del río no entienden nada. No conocen a este Duhalde. *

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