"Las cacerolas siguen siendo un recurso fascista", afirmó Sanguinetti
El ex presidente Julio María Sanguinetti afirmó que las protestas de la población a través de las cacerolas son expresiones «fascistas», calificó a Tabaré Vázquez como un «conservador», y reiteró que a fines de febrero o en marzo anunciará si será o no candidato a la presidencia por tercera vez.
Sanguinetti concedió una extensa entrevista al diario argentino La Nación, donde además opinó que cuando un presidente de la República, como Néstor Kirchner, muestra simpatía por un partido político de otro país, como el Encuentro Progresista, está «trasvasando los límites del principio de no intervención».
Además, dijo que para el día de reyes (que también fue su cumpleaños número 68) pidió lo de «siempre: preservar la libertad, mantener la paz y más trabajo».
En la entrevista, Sanguinetti sostuvo que «en Uruguay, la resistencia al cambio es la nostalgia de una sociedad satisfecha. La gente ubica simbólicamente a 1950 como su apogeo. El año del uruguayo campeón del mundo: le ganamos a Brasil en el Maracaná. Se desarrollaba vigorosamente la industria. El país crecía. (…) Privatizar empresas de servicios públicos en Uruguay, a diferencia de la Argentina o de España, es muy difícil, porque han tenido relativa ineficiencia y gran eficacia en su labor. Entonces, la gente las quiere. En los últimos años han crecido los movimientos, llamados de izquierda, que componen el Frente Amplio, enancados en el sentimiento conservador. Es decir, los viejos grupos de aliento revolucionario tienen la propuesta de no cambiar nada y establecer la utopía de que vamos a estar mejor no tocando nada».
«¿Eso significa que Vázquez es conservador y que usted es progresista?», preguntó el periodista. «Lo podemos mirar así. Nosotros vivimos la miseria de nuestra propia gloria. El modelo batllista fue tan exitoso desde 1903 hasta 1956 o 1958 que impregnó el sentimiento nacional», respondió Sanguinetti.
En cuanto al referéndum del 7 de diciembre que derogó la Ley de Ancap, Sanguinetti reconoció que «hubo un voto político contra el gobierno, pero también hubo un voto ideológico. No en un sentido doctrinario, sino en un sentido de nostalgia del pasado. Fue un voto de enojo en una sociedad que aún está perturbada por la crisis de 2002. Y fue, de algún modo, una expresión de desahogo».
«Las empresas del Estado deben sobrevivir si pueden competir. Cuando empezamos a componer este tipo de cambios nos encontramos con una resistencia. La pasó a abanderar y liderar la llamada izquierda. Digo la llamada izquierda, porque cuesta llamar izquierda a quien propone el statu quo de un Estado que, en su tiempo, combatió por reformista burgués y hasta enfrentó con las armas proponiendo una revolución. Ahora propone el inmovilismo. A nosotros, los constructores de ese Estado, hoy reformistas, nos hacen sentir parricidas. Ellos son los religiosos y los ortodoxos, defensores del viejo statu quo que se resiste a adaptarse a los tiempos de competencia.»
Cacerolas
El ex presidente insistió con su idea de que el populismo «es una amenaza». Definió al populismo como «una estructura de poder basada sobre el mesianismo carismático del líder, la apelación a actitudes aceptadas más por la emoción que por la razón, la irrupción de la masa como sustituto del concepto de representación en la democracia y, como consecuencia de todo eso, el desarrollo de una política económica y social con altos ingredientes de demagogia».
En tal sentido analizó la situación de los países de América Latina. «Hoy no entra Lula (presidente de Brasil), por ejemplo. Su gobierno es de coalición. Es un partido de izquierda con dos de derecha. El centro está fuera del gobierno de Lula. Y realiza una política económica ortodoxa. No podemos hablar allí de populismo. El gobierno de Lagos es lo opuesto. Para lo que es la vulgata izquierdista normal es de centroderecha en lo económico y social. Yo creo que no. Es un gobierno de centro reformista. Ha logrado preservar el legado de la economía equilibrada al que ha incorporado un fuerte ingrediente social, lo que le ha permitido desarrollar muchos de sus programas en materia de vivienda y de educación».
Las protestas de la población como los cortes de rutas, los piquetes y los reclamos en general «son expresiones del populismo, que es relativamente fascista», aseguró Sanguinetti. «La cacerola que nació en Chile contra Allende sigue siendo un recurso fascista con el cual se pretende, por medio de la explosión de las multitudes y del griterío, la verdadera representación popular expresada a través del sufragio». Ese es un «déficit del sistema que va a haber siempre».
Sanguinetti reconoció que hay en América Latina un «rechazo a los partidos y a los dirigentes. Muchos factores hacen que la sociedad de consumo genere un individuo siempre insatisfecho que termina en lo que Sartori llama la sociedad de expectativas. Vivimos un tiempo histórico acelerado que está marcado por la televisión. Nadie está dispuesto a esperar nada. El Estado, a su vez, se ha debilitado y se ha desprestigiado. De ser un ente omnipotente ha pasado a ser un organismo al que se ve impotente. Está superado por las organizaciones suprarregionales que garantizan la integración y los organismos financieros internacionales, y difícilmente puede controlar las empresas multinacionales y las necesidades de los individuos. Como es natural, los administradores de esa máquina obsoleta y cuestionada no tienen prestigio. Son los partidos políticos y los dirigentes».
«Nuestro mundo vive enfermo de electoralitis. Estamos todo el tiempo pensando en elecciones. Por eso, no me gustan nada las elecciones parciales, de medio término. Prima ese valor mágico de la elección como factor de cambio. La restauración democrática ha sido importante en América latina. Los años ochenta no son una década perdida, como dicen los economistas. Me rebelo contra ese concepto. No se puede llamar perdida a la década en la cual el continente ha logrado por primera vez que todos los gobiernos sean elegidos, salvo Cuba. ¿Eso quiere decir que la democracia es perfecta? No, de ningún modo. ¿Por qué? En algunos países existe la democracia, pero todavía no existe el demócrata. Acá, todo el mundo le pide cuentas a la democracia y a los gobernantes, pero nadie le pide cuentas a las sociedades. Si están dispuestas a votar al que les hace las promesas más bonitas, luego van a sufrir grandes desilusiones. La mayoría ha sido el resultado de infundadas y exageradas ilusiones».
Batlle-Kirchner
Sanguinetti se refirió a las discrepancias entre los presidentes de Argentina y Uruguay. «Hay que separar la historia de la anécdota. La historia de la relación argentino-uruguaya es y seguirá siendo constructiva. Esa es la corriente de la historia y no va a cambiar. Dentro de ese proceso se inscriben las anécdotas.
Es anécdota que Alfonsín y Sanguinetti tuvieran una relación amistosa y fraterna; podía ayudar, pero no era la sustancia. Que Kirchner y Batlle no hayan tenido en estos meses una relación fluida es la anécdota, no la sustancia. La última cumbre del Mercosur marcó un mal momento de esas relaciones y, sin embargo, tuvimos una reunión extraordinariamente exitosa. En el mismo instante hubo episodios anecdóticos, negativos y hasta empobrecedores».
El ex mandatario también se refirió a su futuro político. Dijo que en febrero o en marzo decidirá, y que no responde a los «apuros» de la televisión. «A estas alturas de mi vida no tengo falsas modestias; sé claramente quién soy. No me genera ambiciones que la oposición piense que puedo volver a ser presidente».
Sanguinetti expresó que «cuando uno ya f
ue gobierno dos veces y ha hecho política medio siglo no va a inventar un catecismo nuevo. Lo que hace es adaptar los viejos principios a las nuevas situaciones. No tiene necesidad de definirse de nuevo. Ya tomó los hábitos. La gente sabe que va a poner su empeño en un conjunto de políticas sociales a las cuales ha servido durante toda su vida. Los modos de hacer esto van cambiando con los tiempos. Y allí está el nudo de América latina: en asumir que el concepto de riqueza ha cambiado, que no está más en la tierra ni en la transformación de los productos primarios, sino en el mundo de los bienes inmateriales. Estamos viviendo un mejor momento tanto en la Argentina como en Uruguay por los precios agrícolas y ganaderos, pero sabemos que es pasajero». *
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