María Thereza, la viuda
Quienes conocieron al matrimonio constituido por María Thereza Fontenlla y Joao Goulart durante su exilio maldonadense de años saben que en los hechos vivían separados y su relación era pésima.
Mientras él vivía con su amante uruguaya en la estancia «El Milagro», ella vivía con sus dos hijos en una casa ubicada en la calle 20, donde hoy funciona una heladería argentina. Según relatan varias fuentes «la relación estaba plagada de hechos violentos. En una escena de celos, Goulart intentó balear a su esposa pero sólo logró herir en la mano a su cuñado, que se interpuso entre ambos».
Al respecto de María Thereza, Foch dice: «Como pocas mujeres brasileñas de los años 60, sabe lucir las sedas más finas, tiene gracia infinita para llevar los más suntuosos trajes de noche, su belleza es suficiente para realzar la palidez de las perlas y la intensidad de los rubíes con la naturalidad de una piedra preciosa más, que hubiera nacido entre ellos. También los peinados, y los zapatos y las pieles reclaman su paciencia en interminables días de pruebas y más pruebas, para alimentar más tarde, en la veracidad de las fotografías, los comentarios que las tapas y las páginas de las revistan levantan por todo Brasil: el deseo de imitar el último atuendo, la última sonrisa que ha adoptado la joven esposa de Jango, El Presidente. No hay duda: María Thereza ama las fotografías y ama el ser fotografiada a cada instante, quizá porque imagina que en las páginas de las revistas, que juguetean entre sus manos como el misal de oraciones en las de una niña, un retazo de eternidad le está siendo cedido, una manera de permanecer, de perdurar en el tiempo tan fragante y diáfana como el día en que se vistió de novia para recibir en sus brazos al millonario fazendeiro Joao Goulart. El hombre por el que ahora repican las simpatías de Brasil que también recaen sobre ella, el hombre que siendo casi veinte años mayor que ella consiguió enamorarla locamente hace ya cuatro años, el hombre por el que han nacido Joao Vicente y Denisse, la pequeñita.
Pero el hombre se casó con ella estipulando de antemano una rigurosa separación de bienes, una tajante línea divisoria entre lo que venía con él y lo que ella traía al matrimonio, sus sueños de princesa en un reino hecho de hadas y de miel, de varitas hechiceras que tienen de realidad al technicolor de las revistas y las fotonovelas. Y lo que venía con él: un mundo construido sobre el esfuerzo de duros amaneceres en el campo y largas jornadas de manos enrojecidas arreando la tropa, saboreando a fondo el precio del trabajo. Un mundo también al que la política venía inflamando desde los veinte años como una llamarada, pero con todo el peso de un difícil fardo. ¿En qué momento los sueños de hadas se terminan?, en el instante en que las rondas de los flashes se oscurecen en el gesto demacrado de una mujer hermosa cuyo marido, el Presidente de Brasil, acaba de ser destituido».
El relato abunda en datos que demostrarían una presunta promiscuidad de la otrora primera dama, así como su disposición a gastar todo el dinero que llegara a sus manos.
«Sería aventurado suponer que en esa melancólica expresión de las fotos, María Thereza además trae impresas algunas de las versiones que en los últimos tiempos se han filtrado, en voz baja, en las conversaciones de muchos brasileños. Sobre todo aquella estruendosa versión según la cual, el Presidente Goulart habría castigado el desleal comportamiento de un moreno, ex piloto suyo, en forma drástica para el resto de sus días haciéndole cortar los dos testículos «, dice el autor.
«Este rostro de brasileña hermosa que ella ahora observa fugazmente en el espejo, mientras se prepara para salir a la calle a cumplir con el rito de todos los días, la frenética recorrida de los Bancos, el República, el City, el Comercial, y unos cuantos más, en los que numerosas cuentas le permiten retirar fondos. Esas reservas que, también casi a diario, su marido completa girándole, o como sea, desde Tacuarembó, desde Punta del Este, desde cualquier estancia en la que él esté viviendo. Hoy irán ella y Tito, el mayordomo-cocinero y confidente, en el taxi que ha sido llamado previamente para retirar el dinero que necesita para las compras; aunque, esta tarde necesita algo más porque tiene que entregarle a Jorge lo prometido para instalar esa boutique para hombres con la que él tanto sueña».
La mujer es descripta como dueña de un carácter extraño e imprevisible «generosa al extremo de regalar un automóvil; pero con la misma facilidad que se desabrocha la cadena de oro que lleva al cuello y se la obsequia al mozo que le sirve un cóctel en un lugar nocturno, al día siguiente se mostrará recalcitrante hasta la avaricia en el pago de los sueldos al personal doméstico, o empeñada en un tenaz regateo, al momento de saldar la cuenta del vidriero o el carpintero, sin percatarse que ha dado su conformidad a la misma de antemano y por escrito. Sonriente y simpática con los amigos, compartirá con ellos las horas, derrochará buen humor, y les confiará sus secretos, pero mañana fingirá no conocerlos: sin explicaciones les negará el saludo».
Cansado de sus caprichos, Goulart empezó a regatear el dinero que antes fluía a raudales. Entonces ella comenzó a empeñar sus joyas. «En la Caja Nacional de Préstamos Pignoraticios, en Montevideo, aún hoy se recuerda la tarde en que una se presentó ante las ventanillas para realizar el trámite de empeño de un magnífico collar de brillantes, avaluado en varias decenas de miles de dólares. El empleado que la atendió, bastante sorprendido por el contraste entre la valiosa joya y el aspecto francamento humilde y desaliñado de la mujer, resolvió llamar a la policía, sospechando un robo. La pobre mujer, chilena de origen , se vio entonces obligada a relatar que la joya en realidad pertenecía a la señora de Goulart, y que ella, en calidad de doméstica, por encargo de su empleadora debía empeñarla. La policía la liberó, pero Maria Thereza se sintió humillada y la despidió».
Poco antes el propio Goulart había llegado a su residencia de la calle Canning y la encontró vacía. «Así se enteró que los acreedores habían llegado allí, a su propia casa, con la firme resolución de ejercer el derecho que les conferían las cuentas adeudadas: retirar los muebles, los adornos, los cuadros, que la señora había olvidado pagar. Por supuesto también María Thereza brillaba por su ausencia».
Foch asegura que «seguramente Goulart también lo comprendió a medida que los distanciamientos se hacían cada vez mas prolongados, las ausencias, mas punzantes, y lo que es más lamentable, las apariciones y fugaces reconciliaciones siempre signadas por una inalterable necesidad de búsqueda de fondos. Claro que en este punto, quizá avisado por comentarios de los que nunca faltan, Goulart llegó a la decisión de ajustar más firmemente los cordeles de la bolsa, pero el remedio fue peor, según varios testigos, porque los empeños de alhajas y los líos de María Thereza para conseguir dinero arreciaban con fuerza». Los mismos testigos también reconocen que «al final ella siempre conseguía lo que quería».
«Pinocho» Perossio –el último piloto de Goulart– señaló que «no es ninguna tonta. Aunque había separación de bienes, a ella no le convenía divorciarse».
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