Editó un libro con datos reveladores sobre el asesinato del ex presidente brasileño

Foch Díaz insiste: La muerte de Goulart es un crimen perfecto

Todo parece indicar que para aclarar las circunstancias en que murió el ex presidente brasileño Joao Goulart aún hay mucha tela para cortar. Por lo menos eso se desprende de un libro aparecido el pasado miércoles, que fue entregado a LA REPUBLICA por sus autores: el ex apoderado de Goulart, Enrique Foch Díaz, y su abogado, Rafael Barla.

Más que en su presentación o estilo literario, el valor intrínseco de la publicación reside en su carácter documental sobre circunstancias que Foch Díaz conoce de primera mano. Por estas horas Brasil asiste a la resucitación del caso Goulart en el marco de las investigaciones que sobre las secuelas del Plan Cóndor realiza la prensa norteña.

En su introducción, el libro refleja lo que ocurrió en el entorno del asilado ex presidente apenas se conoció la noticia de su muerte y en qué condiciones fue sepultado. Era diciembre de 1976. En Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay gobernaban dictaduras militares y ya habían sido asesinados Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, los generales Carlos Prats y Juan José Torres, Orlando Letelier, además de varios miles de ciudadanos de esas naciones. Pocos años atrás recién se supo de la existencia de una conspiración militar supranacional que, por su origen chileno, se denominó Plan Cóndor. Ahora el autor no deja margen a dudas: para él, Goulart fue asesinado por una mujer ambiciosa y enceguecida que se complotó con quienes querían quedarse con su fortuna y los dictadores brasileños, a quienes esa muerte venía como anillo al dedo. Si todas las partes resultaron satisfechas en sus aspiraciones, sólo una confesión podría revelar la verdad. Eso es lo que se reclama al final del libro: «Enrique Foch Díaz presentó denuncia penal en Argentina (juzgado de Curuzu Cuatiá) a efectos de que se investigue la muerte de Goulart ocurrida en el año 1982. Allí se plantea la muerte dudosa del mismo. También ha denunciado en Uruguay a Claudio Braga e Ivo Magalhaes por el hurto de valores millonarios del ex presidente. Actualmente voces de la familia como la de Leonel Brizola y el hijo de Goulart –Vicente– coinciden con lo que Díaz viene denunciando desde hace más de 20 años. Quizás ahora sea tarde y quede solamente una esperanza:

El comienzo de esta historia

«El teléfono sonó con insistencia y Percy Penalvo, aún dormido, descolgó el auricular para oír la voz nerviosa y apresurada de ‘El Peruano», que lo llamaba desde Mercedes (Argentina). En la madrugada del día 6 de diciembre de 1976 llegó así la noticia a la estancia de Tacuarembó y Penalvo no perdió tiempo para tomar las primeras decisiones que reclamaba la muerte del doctor. Confundido por la misma sorpresa que todavía hoy no consigue olvidar, pidió una comunicación con Londres para hablar con Vicente (hijo mayor del muerto), quien, de inmediato, interrumpiría sus estudios en la capital de Inglaterra. Por su parte, Pinocho Perossio recibió de Percy una llamada similar en la ciudad de Tacuarembó para que bajara en el avión hasta Montevideo a buscar a los familiares de Goulart, es decir a su hermana y a su cuñado Leonel Brizola. Una vez más, el avión particular de Goulart emprendía vuelo, aunque esta vez, a diferencia de tantas otras, pondría rumbo hacia la tragedia y el dolor. Momentos tensos en los que Leonel Brizola ya en Tacuarembó con su esposa debe plegarse a los consejos de Penalvo y desistir de ir con ellos a San Borja. Contrariado pero consciente de la posibilidad de una detención al violar un principio básico en su condición de asilado político, Brizola permanece en «El Rincón’ para volver desde allí a Montevideo. El reducido grupo parte sin él y en Paso de los Libres debe aguardar la llegada del cortejo que desde Mercedes viene acompañando el cuerpo de Goulart. Una caravana casi modesta, encabezada por el furgón ambulancia, abrió la marcha de la fúnebre procesión. Sin alharacas de ningún tipo, sin manifestaciones populares, a lo más algún atisbo de curiosidad, el cortejo atravesó Paso de los Libres ante muchos ojos que veían, sin saberlo, el último tránsito de un ex presidente hacia el camposanto.

Todo se había realizado con sorprendente celeridad ; los complicados trámites burocráticos, las rigurosas exigencias aduaneras para permitir el traslado de un muerto de un país a otro, todo había sido cumplido bajo el signo de una inusitada rapidez. El lógico embalsamamiento del cuerpo, requisito ineludible en estos casos, fue sustituido por una simple inyección que tan sólo conservaría los restos apenas alguna hora más. No tantas, sin embargo, como para afrontar dignamente el largo recorrido bajo el intenso sol y los caminos tambaleantes. Una oportuna llamada telefónica al brasileño Mario della Vechia, en Uruguayana, había allanado por sus contactos oficiosos la entrada a territorio brasileño del (cadáver del) ex primer mandatario y su comitiva. Una incongruente paradoja para quien en vida se aprestaba a retornar a Brasil con redoble de campanas, acorde a la trascendencia indiscutida que su figura había tenido en el algún momento. El cuerpo entró al fin en San Borja. Sostenidos reclamos por la muerte del líder y contra el régimen militar de Brasil se adueñaron del silencio del lugar. Una caravana que, sorprendentemente, superó los quinientos automóviles enfrentó con voz airada a la respetuosa pasividad de los cordones policiales que flanqueaban el camino al cementerio.

Dentro de un féretro convencional, sin alardes el cuerpo de Goulart llegó a la iglesia local y la curiosidad , o el homenaje público, desfilaron ante él, descubriendo a través de un pequeño visor sus facciones ya un tanto desfiguradas. Se había decidido esperar la llegada de Vicente desde Londres antes de proceder al entierro. Quizás la única demora que se permitieron quienes tuvieron a su cargo las disposiciones necesarias para el funeral. En la estrechez sofocante de la iglesia de San Borja, un marco austero pero intransferiblemente ‘gaúcho’, fue donde Goulart aguardó su descanso definitivo. Pocos familiares acompañaron: María Thereza, su hija Denisse, las dos hermanas, Claudio Braga, el hombre que frente al ataúd de su ex patrón dijera a la hija Denisse: «Ahora yo seré un padre para ti», Manuel Soares Leais, Pinocho (el piloto), algunos sobrinos, parientes más lejanos afincados en la localidad, escasos políticos sin mayor relevancia y el pueblo suyo de San Borja. Un pueblo que tuvo que aceptar en silencio la inaudita ignorancia con que Brasil todo vio cómo su ex presidente entraba en la eternidad. Por fin, con el arribo de Vicente, el cortejo emprendió la última marcha, y el cementerio de San Borja abrió entonces sus puertas para recibir a un hijo dilecto de esas tierras. En medio del recogimiento ahora silencioso, sin mayor ceremonia ni liturgia, como queriendo reafirmar hasta el final aquella vieja, entrañable sencillez que delineó toda su vida, el cuerpo del doctor Goulart se encontró con su tierra tan querida.

Vuelto a su seno, después de tantos avatares, la tierra generosa en la que se había moldeado, se confundía definitivamente con esa otra, tan noble a la que él había amado. Una vez más el ciclo vital de un hombre se cerraba para siempre. Un hombre que tuvo mucho de excepcional pero que fue, por encima de todo, profundamente humano.

Brizola y Goulart. el líder político brasileño abrió también una investigación.

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