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Carta abierta a los indecisos de buena fe

Nos encontramos en la cruz de los caminos. En pocos días más la Nación uruguaya decidirá si confirma y amplía la contundente victoria popular del 26 de octubre o se deja seducir por el discurso falsamente desideologizado de la buena onda, que proclama con educados modales, la existencia de un simple antagonismo de matices, escondiendo la intención estratégica de dar un golpe de timón a la década progresista, para enterrar “la desmesura izquierdista del excesivo gasto social” que llevó a la ONU a declarar que Uruguay era el país que más había avanzado en el mundo en la última década.

El pueblo uruguayo el 30 de noviembre deberá optar entre avanzar a toda máquina para alcanzar el puerto de un país desarrollado con justicia y libertad para todos sus habitantes y no sólo para una porción privilegiada de su formación social o detener la marcha de esta década ganada.

La contradicción de la coyuntura: neoliberalismo o democracia

Esta cruz de los caminos implica elegir entre el nuevo lustro de la socialdemocracia de izquierda o el lustro de la restauración conservadora de la derecha clásica. Implica elegir uno de los dos polos de la contradicción, cuya antinomia “oligarquía o pueblo”, ha dejado paso a una nueva realidad, la antítesis moderna asentada en los polos del “neoliberalismo o democracia”. He aquí la tensión de los dos polos reales entre los cuales se debate el destino de nuestro país. Neoliberalismo o democracia es la opción de hierro. Porque no otra cosa que la restauración neoliberal que devastó a nuestra Nación en las décadas pasadas es lo que se propone la presidencia de Lacalle Pou, y tampoco es otra cosa que profundizar la democracia real, lo que se propone la presidencia de Tabaré Vázquez.

Otra vez hay que elegir entre la antihistórica distopía y la utopía realizable. Entre las promesas a cumplir, que desmienten lo realizado en las dos décadas neoliberales, y las promesas progresistas probadas en las acciones de una década ganada que transformó la geografía humana de nuestra comarca. Otra vez hay que optar entre la Patria financiera y cleptocrática de los 20 años que sucedieron a la caída del despotismo y la Patria productiva e igualitaria que matrizó con responsabilidad la izquierda en sus 10 años de gobierno popular.

Es la primera vez desde que se rompieron las cadenas de la tiranía que no participo activamente en una elección o en un referéndum con los cañones mediáticos de los medios de comunicación escritos, radiales y televisivos que construí desde la década sesentista al servicio del cambio social.

Huérfano ya de esos medios, por causas que no ha llegado el momento de ser explicadas, que aportaron granitos y algunas veces toneladas de acciones e ideas durante 50 años, de 1964 a 2014, a favor de las luchas populares que permitieron el ascenso al gobierno del humanismo de izquierda, me siento hoy obligado a volver al ruedo a sumar una voz más a la legión de voces encolumnadas en el partido de la esperanza. Esta vez, dirigida a los que votaron en blanco o anularon su voto, a aquellos pocos profesionales y algunos integrantes de las capas medias que en octubre no acompañaron al Frente Amplio, a los wilsonistas y batllistas que aún quedan, arrinconados en sus propios partidos por una derecha neoliberal pura y dura que les cortó sin piedad el oxígeno de sus ideas fermentales, a los que se autodefinen como la otra izquierda, y a aquellos pequeños grupos marxistas hoy desencantados del rumbo reformista adoptado para la etapa.

Este conjunto de ciudadanos de centro, de centro izquierda, ambientalistas, marxistas que sufragaron por otras opciones en la primera vuelta, rondan, según estimaciones confiables, en las 200 mil personas, un 9% aproximado del padrón activo, sin contar wilsonistas y batllistas cuyo número es un misterio, porque no podemos caer en el simplismo reduccionista de considerar que los que aún no se fueron al Frente Amplio cuyo ideario mejor los representa, son los que actualmente dirigen los sectores minoritarios de ambos partidos tradicionales, más bien son pequeños islotes silenciosos y silenciados, sin poder de decisión alguna en el interior de los sublemas derrotados en las internas blancas y coloradas.

A ellos, a su buena fe, acerco algunas reflexiones en esta carta abierta para que participen con su voto, reventando las urnas de sufragios para otorgar legitimidad en abundancia a la aún inconclusa tarea de un Uruguay justo, libre y soberano.

Y perdónenme por escribir esta carta tan larga, es que, como diría Pascal, no tenía tiempo para escribir una breve.

A los 200 mil ciudadanos que aún faltan sumarse a la patria productiva con equidad

El 26 de octubre el Frente Amplio obtuvo la mayor votación de su historia en valores absolutos: 1.134.187 de votos válidos, aumentando 28.925 sufragios con respecto a los comicios de 2009 y superando en 9.426 votos la elección de 2004 donde triunfó en primera vuelta.

Pero como el electorado creció (2.177.009 de votos válidos en 2004, 2.240.299 en 2009 y 2.293.788 en 2014), en valores relativos el FA perdió en esta última elección un 2.17% en relación a la elección de 2004 (49.755 votos perdidos en términos porcentuales) y subió un 0.16% en relación a los comicios de 2009 (3.670 votos válidos más que la última elección).

El Frente Amplio perdió 49.775 votos en los últimos 10 años de gestión, (2.17% multiplicado por 2.293.788 de votos válidos de los comicios del 26 de octubre último, porcentaje que surge de la obtención del 51.67% en 2004 y el 49.50% de los votos válidos en 2014).

De esos 49.755 votos perdidos, 47.922, prácticamente todos, se fueron a la izquierda radical, que votó sumada esa cantidad de sufragios (UP: 26.869, PERI: 17.835 y el PO: 3.218), dado que esos tres partidos no existían en 2004 cuando el Frente Amplio obtuvo el 51.67% de los sufragios válidos.

El 96.31% de la migración frenteamplista fue hacia la extrema izquierda y sólo 1.833 votos marcharon hacia el Partido Independiente que si bien aumentó unas 16.000 voluntades, la mayor parte de ese ascenso provino de los desencantados con las fórmulas elegidas por los partidos Colorado y Nacional. No parecen los partidos tradicionales haber captado ningún voto de los escasos ciudadanos que desertaron del Frente Amplio, según el análisis de las cifras de los tres últimos comicios generales. Esa emigración electoral fue para la ultraizquierda y muy poca cosa al Partido Independiente.

Es mi explicación, discutible o no, sobre los resultados.

Aun siendo minúscula esta pérdida de voluntades en el transcurso de 10 años de gobierno, con el desgaste que el poder conlleva, es necesario identificar la montaña de prejuicios y manipulaciones que impidió un mayor ascenso de la persuasión colectiva en torno al único proyecto histórico serio y responsable, que construyó, diseñó y administró el mejor momento socioeconómico de la historia del país desde el fin de la segunda guerra mundial hasta nuestros días, sólo comparable con la bonanza batllista en los inicios del Siglo XX.

¿Será acaso la fatiga del poder o la inevitable digestión de la historia que impidió sumar un mayor número de voluntades, objetivo hoy del balotaje?

Cuando la rebelión del sentido común se produjo hace 10 años, levantando la tapadera de las marmitas donde se cocía el porvenir, pocos creíamos que una fuerza política sin experiencia alguna en la administración de un Estado colmado de adversarios en sus centros de decisión intermedios, podía obtener lo que obtuvo, asombrando a América Latina y a un mundo en crisis.

L’ancien regime, era como el Coliseo romano, se mantenía en pie pero estaba en ruinas. Las democracias producen sorpresas pero su más alta constatación es la reflexión de las sociedades civiles y fue esta reflexión colectiva, dirigida por el Frente Amplio, lo que terminó con un régimen incurable e inviable.

Y la gente comenzó a sentir que un aire puro de cambios tonificaba el alma y ráfagas de felicidad entonaban la vida.

Desde la caída de la Bastilla en 1789 donde surge el vocablo izquierda y derecha, pasando por el Manifiesto de los Iguales de Babeuf de 1797, la felicidad no era un derecho revolucionario. Fue el joven Saint Just con su grito de “la felicidad es una idea nueva” el que instalaba ese derecho en los años bautismales de la izquierda naciente.

Y fue así que en octubre de 2004 envueltos en esa sensación de felicidad y fraternidad, comenzamos a vivir todos, el nacimiento de esta década de la alegría colectiva.

El inventario de la gran catarsis nacional: no se conoce una década de mayor crecimiento con redistribución en los registros de la última centuria

Y qué cosecha, señores, qué cosecha, qué vendimia.

Los resultados de esta década progresista no tienen parangón en los últimos 100 años de historia del país.

Por primera vez en una centuria desde que José Batlle y Ordóñez culmina su segundo mandato en 1915, una formación política asume la administración del Estado, portando un proyecto nacional neodesarrollista de alta sensibilidad social con vocación apta para refundar un nuevo país productivo y solidario.

El cambio estructural de la izquierda reformista obtuvo la más alta tasa de crecimiento promedial de riqueza que registra el devenir de nuestro país. Creció en esta década un 5.9% anual promedio, aumentando en un 107% los indicadores de todo el siglo pasado, incluida la bonanza del primer batllismo y de la Segunda Guerra Mundial, que alcanzaron un promedio del 2.8% anual. Y como reconoce el semanario Búsqueda en su edición del 2 de octubre pasado, “durante la década (frentista) la economía uruguaya crecerá algo más del 68%, más de dos veces y media que el promedio histórico previo”. Superando incluso a todos los países de América Latina, desmintiendo la falacia del “viento de cola” como explicación del milagro uruguayo.

Crecimos casi el doble que la mayor potencia latinoamericana, la República Federativa del Brasil, que creció en el mismo período un 37% contra el 68% del crecimiento uruguayo.

No se conoce una década de mayor crecimiento con redistribución en los registros de la última centuria.

Los cambios en la forma de gestión, así como la innovación permanente y la inclusión social en busca del perdido Estado de Bienestar, hecho trizas por un feroz neoliberalismo, fecundaron un cambio cualitativo en la matriz productiva de nuestra Nación, derramando excelentes ganancias que multiplicaron por cuatro el producto uruguayo en sólo 10 años.

Hasta el propio Fondo Monetario Internacional tuvo que reconocer en su informe anual que nuestro país en la última década en el ranking del PBI per capita pasó a 13 países y se encuentra ubicado entre las 60 naciones más productivas del orbe, siendo en América Latina el que más avanzó en productividad.

El PBI per capita pasó a U$S16.332 por cada uruguayo que habita este país, superando incluso al PBI chileno que estaba en el primer lugar de América Latina con U$S14.911 por cada chileno con vida.

La vedette fue la exportación, pero la niña bonita fue el mercado interno y el consumo de las familias, que canceló el mito neoliberal que obligaba a optar entre exportar o rendirse ante la demanda interna

Las exportaciones uruguayas batieron todos los récords pasando de los U$S4.257 millones cuando el Frente Amplio recibió el gobierno a los U$S14.263 millones de ahora, aumentando en sólo una década un 350%.

Y no sólo este indicador asombra, sino el creciente grado de diversificación de productos y la inmensa cantidad de nuevos mercados que los negociadores frenteamplistas consiguieron abrir, convenciendo al mundo de las bondades de la producción nacional.

La vedette fue la exportación pero la niña bonita fue el mercado interno y el consumo de las familias.

En esta década la demanda interna compitió palmo a palmo con la demanda externa y hubo período donde la superó, enterrando el mito neoliberal que obligaba a optar entre el crecimiento de las exportaciones o el aumento del mercado interno.

El Estado progresista probó que la demanda interna no es insuficiente para promover el crecimiento y que se puede instalar el desarrollo con equidad sin perjudicar el consumo interno en aras de la demanda externa que tampoco se detuvo en ningún momento.

El prestigio del modelo progresista, acompañado de las máximas distinciones adoptadas por las 5 principales calificadoras de riesgo que otorgaron a Uruguay el triple BBB grado inversor ubicándolo en los primeros lugares de América Latina, fue acompañado con una tasa de inversión externa e interna como nunca antes se conoció en la historia del Uruguay.

La inversión extranjera directa desde que el presidente Lacalle dejó el poder, que se situaba en el 1.3% del PB I, aumentó casi un 400% durante la década progresista, situándose en el 5% del PBI. Y si consideramos el ingreso de capitales desde el inicio de la administración frenteamplista a nuestros días, el crecimiento se duplicó pasando del 12% del PBI hasta el 24% actual.

De ser uno de los peores países de Latinoamérica en captación de inversión, sólo comparable a Haití, pasamos a ubicarnos en los primeros lugares de América Latina en sólo 10 años.

Y siempre tomando en cuenta la calidad de la inversión. Por decreto del año 2007 el gobierno frentista puso en marcha mecanismos de política selectiva, privilegiando aquellas inversiones que generen empleo y desarrollo local.

Una incorporación tecnológica sin precedentes se derramó en el sector agropecuario y en el industrial aumentando el valor agregado que demandaban los mercados internacionales que antes nos cerraban sus puertas.

El cúmulo de inversiones brasileñas en la industria frigorífica, inversiones escandinavas en pasta de celulosa y forestación, inversiones neozelandesas en productos lácteos y muchas otras, permitieron acelerar los cambios cualitativos en la matriz productiva nacional.

La producción innovadora con un valor agregado de conocimiento convirtió en esta década a nuestro país en el mayor exportador de productos TIC per capita de América Latina

Y no se trata sólo de una revolución de la abundancia, de la cantidad, sino de la calidad. El conocimiento y la innovación fueron las características de los cambios impulsados en el campo y en la ciudad por el gobierno frenteamplista. La primarización de la economía recibió un duro golpe.

Hoy se ha agregado a la tonelada de carne o a múltiples productos que exportamos, grandes cuotas de conocimiento, de inteligencia.

Hay un valor agregado, un Iva del conocimiento, en los productos uruguayos que antes no existía, ni los gobiernos se preocupaban en invertir en ese valor.

Innovación que está también volcándose en las tecnologías de la información convirtiendo a nuestro país en el mayor exportador de productos TIC per capita de América Latina.

Producción innovadora e inteligente es la contraseña del país productivo con equidad. Y los frutos ya los estamos palpando, sintiendo, gozando.

El turismo también pasó a ser una palanca del desarrollo con equidad, convirtiéndose en una de las actividades económicas más importantes del país, pese al coyuntural descenso de turistas argentinos, afectados por medidas cambiarias de su país, que el nuestro no puede atenuar sustancialmente, más allá de ingentes esfuerzos por mitigarlas.

Con una mezcla de audacia e inteligencia, nuestro país se posicionó como destino turístico en el mundo, más allá de la región.

Se trabajó con éxito en la diversificación de mercados y en la generación de nuevos productos turísticos, lo que permitió crecer en el número de personas que llegaron y en el tipo de gasto que realizaron.  Se promovió la cohesión social mediante la expansión de los programas de Turismo Social, considerando al turismo también como un derecho humano a defender. El Estado progresista obtuvo 100.000 beneficiarios anuales  del turismo social, surgido de trabajadores urbanos y en especial rurales, empleadas domésticas, quinceañeras, adultos mayores con dificultades económicas.

Por el complejo de vacaciones del BPS, Colonia Raigón, pasan anualmente 16.000 uruguayos que pagan con el 1.5% de sus ingresos en 6 cuotas mensuales, además de la cantidad de acuerdos con importantes centros hoteleros para que vacacionen los jubilados.

Deuda soberana para un país antaño humillado por su deuda a la deriva: se redujo un 300% la deuda neta en relación al PBI

Otro de los avances destacables de esta década es la impecable reforma bancaria que determinó que el Banco de la República pasara de ser un banco totalmente fundido con la mayor cartera de morosos contumaces a ser el banco más confiable del país con una cartera totalmente saneada, dejándonos un FONDES, que garantiza al país una capacidad de inversión inusitada, siendo declarado por los organismos financieros internacionales el mejor banco de desarrollo de la región.

Las otras medidas del Frente Amplio para sanear el sector bancario destruido por el neoliberalismo fueron la reforma de la institucionalidad en el Banco Central, la nueva modalidad de los bancos públicos, la modificación de la cultura de pagos, la renovada ley del mercado de valores, la actualización de normas para el mercado de seguros y la ley de inclusión financiera, como bien describe el economista Carlos Luppi en Caras y Caretas.

Por primera vez en la historia de la deuda pública uruguaya, nuestro país debe sólo el 23% del PBI cuando al entregar el gobierno a Tabaré Vázquez, el presidente Jorge Batlle dejó una deuda neta del 70% del PBI. No sólo la deuda se redujo tres veces en relación al PBI sino que más de la mitad, un 65%, está denominada en moneda nacional, evitándose los riesgos de la variación de la cotización de la divisa y además es deuda soberana para orgullo de un país antaño humillado por su deuda a la deriva.

Otra reforma sustancial fue la construcción de una nueva institucionalidad para la administración de la deuda, a cargo por primera vez de una oficina profesional que manejó los plazos de pago, la moneda en que se pagará y todas las demás condiciones.

Se recompró la deuda pública con nuevos recursos líquidos de organismos internacionales a bajo interés y se canceló deuda cara con deuda barata. Hoy debemos mucho menos y crecemos mucho más.

Una de las causas del abatimiento de la deuda neta, fue la inteligente política de la izquierda uruguaya blindando las reservas, fenómeno que permitió compensar un endeudamiento necesario para el modelo productivo con equidad.

El próximo gobierno recibirá la herencia bendita: las arcas llenas de reservas que alcanzan el 40% del PBI, los niveles más altos de la región

El próximo gobierno recibirá, al disponer de la administración del Estado, un arca de reservas que supera todos los indicadores de la historia uruguaya. Los activos de reserva del país superan los 18 mil millones de dólares al 31 de agosto pasado, según el balance monetario del Banco Central. Las reservas uruguayas alcanzan el 40% del PBI, los niveles más altos de la región. Estas cifras permiten, como pronosticó el presidente Mujica, que el próximo gobierno pueda destinar hasta 4 mil millones de dólares en infraestructura.

Otro de los grandes aciertos del Estado progresista ha sido la consolidación definitiva de nuestra soberanía energética. Cuando pisó por primera vez el Frente Amplio las avenidas del poder, se encontró con un país climáticamente dependiente en todo el sector eléctrico, donde se desaprovechaban fuentes alternativas uruguayas, donde casi el 40% de las importaciones uruguayas provenía del petróleo y donde campeaba el desabastecimiento de gas natural.

No existía la cultura de la eficiencia energética y los sucesivos gobiernos del partido conservador debilitaron uno tras otro a los puntales del Estado en la materia, UTE y ANCAP.

Tampoco existían políticas públicas sobre energía. El candidato del progresismo, Tabaré Vázquez, declaró recientemente que “ninguna sociedad crece sin energía”, explicando que “cuando llegamos al gobierno importábamos petróleo para producir energía y hoy exportamos energía, incluso sin contar la energía que exportaremos con la regasificadora y sin contar con el gas que pudiera existir en nuestro suelo, cuya existencia estamos investigando a fondo”. Lo que no recordó en esa entrevista es que él mismo había aprobado algo sin precedentes en la historia uruguaya, una planificación energética para los próximos 25 años.

Esa política, profundizada por el presidente Mujica, permitió transformaciones energéticas de un nivel desconocido en nuestro país.

A fines del año próximo esta política conducirá a Uruguay a convertirse en el mayor país del mundo con mayor proporción de energía eólica.

Y también a fines del año próximo quedará consumada la soberanía energética, cuando el 100% de la energía eléctrica consumida por los uruguayos sea de los propios uruguayos.

Y será además, sustentable y renovable, a lo que hay que agregar que en ese lapso, internet llegará al 100% de los hogares uruguayos, la mayoría de los cuales poseerá fibra óptica.

Nueve mil millones de dólares destinó la izquierda para lograr estas transformaciones en la matriz energética obteniendo la soberanía nacional en ese sector clave del desarrollo con equidad.

Y todo esto fue posible porque existió un Estado responsable que priorizó el interés general por sobre el lucro coyuntural del interés particular. Si el partido del statu quo hubiera administrado el poder y aplicado su filosofía neoliberal y privatizadora no se hubiera podido electrificar casi el 100% de todo el territorio nacional, simplemente porque no era rentable.

Fortaleció la UTE y ANCAP como nunca antes se había hecho y comenzó una intensa y costosa búsqueda del gas escondido en nuestro lecho marítimo, para superar nuestra eterna dependencia de las fuentes emisoras de dióxido de carbono.

El Estado progresista demolió uno de los grandes mitos del neoliberalismo: no se puede crecer y distribuir al mismo tiempo

El singular éxito de esta política energética terminó con uno de los grandes mitos del neo liberalismo: no se puede crecer y distribuir al mismo tiempo. Vaya si se puede. Cesó el divorcio entre el señor solidaridad y la señora eficiencia: volvieron a contraer nupcias.

Tampoco podemos olvidarnos de los logros obtenidos en la universalización de los servicios de internet.

Antes el acceso a internet era sólo para los más pudientes. Hoy tenemos conectado a internet por fibra óptica el 70% de los hogares y en dos años más se alcanzará el 100% de los uruguayos con acceso a internet mediante esa modalidad.

Antel acaba de firmar un acuerdo con Google, Telecom de Brasil y Angola Cable, que convierte a Uruguay en proveedor de servicios de banda ancha internacional en toda la región. El acuerdo, que costó 73 millones de dólares, significó para nuestro país un ahorro de 122 millones de dólares ya que el ancho de banda en exceso que se requería tenía un costo de 195 millones de dólares. El convenio implica la colocación de un cable submarino de 10.556 kilómetros de fibra óptica, conecta la ciudad de Maldonado con la ciudad brasileña de Fortaleza y permite aumentar el ancho de banda en 64 terabits por segundo.

El éxito uruguayo es que creció un 70% en fibra óptica en este gobierno contra el 50% de crecimiento en toda América Latina en el mismo período.

Fueron las velas frenteamplistas bien atadas a las vergas: los vientos sin velas no mueven al navío

Y todo ello a pesar de la mayor crisis económica del capitalismo desde 1929 a la fecha, catapultada por EEUU en el 2008, y a pesar del terrible flagelo de la recesión europea y del aumento exponencial del precio del petróleo en un país que no produce un sólo gramo de ese bien no renovable, indispensable por ahora para el desarrollo de cualquier economía.

Este crecimiento, inesperado para las fuerzas neoliberales que pronosticaban un fracaso absoluto del Frente Amplio en el arte de gobernar, no nació de un repollo sino de una gestión y un proyecto de país posible dentro de un sistema capitalista injusto y corrupto en el que nos tocó vivir y al que la izquierda administró con realismo, penetrándolo en todos los flancos expulsores del bienestar de los excluidos que le fue posible horadar.

El apabullante desarrollo con equidad que desplegó el Frente Amplio no hubiera sido posible sin las reformas estructurales aprobadas y los cambios sustanciales en los procesos productivos que se aplicaron.

Como bien enumeran Alvez y Zunino, no hubiera sido posible sin la reforma tributaria, sin la reforma aduanera, sin la creación de la Agencia Nacional de Investigación en busca de la excelencia en las tres áreas clave del desarrollo nacional (innovación, formación e investigación), sin el proceso de modernización que según datos de la ONU, ubicó a Uruguay en el primer lugar de Latinoamérica y el 14 en el mundo en avances de gobierno electrónico, sin la reglamentación de la ley de promoción de inversiones, sin el aumento de presupuesto para educación terciaria y sus impactos en la matrícula, en la graduación y en las publicaciones de la UdelaR, sin la ley de inclusión financiera, sin la novedad de los presupuestos participativos, entre decenas de iniciativas del gobierno reformista.

El cuento del viento de cola, detenido por las grandes crisis globales de este período, como explicación del fenómeno, no explica si no es por la gestión, cómo el país frenteamplista avanzó mucho más que todos los demás de la región que también fueron acariciados por la brisa de los elevados precios de los commodities.

Un barco sin velas no avanza raudo por más viento que sople.

Fueron las nuevas velas de la izquierda progresista uruguaya lo que aprovechó ese viento coyuntural, proporcionándole al navío escorado que le tocó abordar, no sólo las velas sino las vergas a las que van atadas, las que le permitieron iniciar el histórico viaje.

Incluso cuando el viento cesó en toda la región en el 2011, el navío uruguayo siguió avanzando por los motores previsores construidos por una gestión que incluso superó todos los pronósticos de crecimiento en los últimos 3 años.

Es cierto que antes vendíamos materias primas baratas y comprábamos manufacturas caras y que de repente se despertó de una larga siesta la República China, el gigante dormido, cuyo apetito multiplicó el precio de los commodities y el valor de nuestras exportaciones aumentó.

Pero lo que importa no es el viento impulsado por China, sino cómo se usó.

Si el timonel hubiera sido el neoliberalismo blanqui-colorado, no tendríamos el país de la equidad y la redistribución que hoy podemos exhibir con orgullo.

El tema no es económico sino político. Todo depende de quién empuña el timón, todo depende de cómo interpretamos las cartas náuticas y hacia dónde conducimos la nave. Hacia el puerto de la desigualdad o hacia el enclave de la liberación del ser humano.

Índice de Desarrollo Humano de la ONU: Uruguay es el país que más avanzó en el mundo en la última década

Prosigamos con el inventario de la gran catarsis nacional.

El último reporte mundial del PNUD de Naciones Unidas sobre el Índice de Desarrollo Humano, que analiza los años de educación de la población y la esperanza de vida, ubica al Uruguay progresista entre los 50 mejores países del mundo y el que más avanzó en la última década.

Hasta la llegada frenteamplista al poder, el gasto público se volcaba mayoritariamente al pago de los intereses de la deuda, hoy el 75% del gasto público se transforma en gasto público social poniendo nuevamente de pie al Estado de Bienestar destruido por el neoliberalismo. Antes el gasto público se destinaba, como bien dice Astori “a tapar agujeros, permitiendo que quebraran los bancos pero no los banqueros”.

¡Cómo cambió esa época de la ignominia política!

Los gobiernos progresistas en América Latina habían logrado reducir drásticamente la pobreza y la indigencia pero no había sucedido lo mismo con las cifras de la desigualdad. La brecha entre ricos y pobres no se había achicado sensiblemente pese a la reducción significativa de la pobreza.

En entrevista que le realicé al presidente de Chile, Ricardo Lagos, durante varios días, donde lo acompañé por varias regiones de su país, en marzo de 2005, recién asumida la presidencia de Tabaré Vázquez, el mandatario no dudó en afirmarme que la brecha de la desigualdad no lo había conformado y era un debe que la Concertación debía superar en sus próximas administraciones.

En menos de 10 años Uruguay pasó a ser el país menos desigual de América Latina

En esta década frenteamplista Uruguay pasó a ser el país menos desigual de toda la región, reconocido por todos los organismos internacionales.

El índice Gini que mide la desigualdad reveló una caída de la desigualdad del 4% anual promedio en estos años, el mejor guarismo de América Latina.

Por su parte la Cepal reveló que la década uruguaya ganada a la desigualdad  demuestra que el 20% más rico de la población disminuyó en un 30% la diferencia que poseía a su favor frente al 20% más pobre.

Ya los ricos no eran 10 veces más ricos que los pobres, sino sólo 7 veces, y salvo que el Frente Amplio sea desalojado del poder, esa tendencia hacia la igualdad seguirá avanzando.

La reducción de la pobreza en estos 10 años no tiene precedentes.

Hoy en Uruguay hay casi un millón de pobres menos.

Pasamos de un 40% de pobres al momento de asumir la izquierda la conducción del país a un 10% y en materia de indigencia se redujo un 1000% pasando del 5% de indigentes al 0.50%.

La pobreza entre los mayores de 65 años es prácticamente inexistente en el Uruguay de hoy, 2.7% de acuerdo a las cifras oficiales del gobierno progresista que son más exigentes que las de la Cepal que reconoce sólo un 1.1% de pobres mayores de 65 años en nuestro país.

La tarea hoy pasa por hincarle el diente a la pobreza infantil que hay que llevarla en el Uruguay solidario de hoy a niveles de un solo dígito, como exige la dignidad de nuestro país y se propone hacerlo el Frente Amplio.

Lo obtenido en esta materia también es fruto de una política enfrentada al neoliberalismo de los 90, una política que creó el MIDES con la finalidad de hacer frente a la emergencia social heredada e instalar el PANES, buque insignia del proyecto frenteamplista, plan de emergencia que alivió la situación de más de 330 mil personas.

Estos históricos resultados del Estado progresista se reflejan en el último informe del índice de Inclusión Social, publicado por AmericasQuarterly, que ubicó a Uruguay en el primer lugar del continente americano desplazando a Chile y EEUU, que ocupaban hace una década los puestos líderes en ese segmento hasta que el Frente Amplio probó que la inclusión social no era incompatible con el desarrollo económico.

El discurso neoliberal siempre sostuvo que los impuestos a los ciudadanos más productivos tiene un efecto desmoralizante para ellos y ese efecto termina empobreciendo a la sociedad. El premio Nobel de Economía, Paul Krugman ya lo había anticipado: “No existe una brizna de evidencia de que la reducción de las tasas fiscales sobre los ricos impulse la economía”.

La reforma tributaria con equidad del gobierno progresista, que gravó a los ricos, no sólo provocó un hito en la redistribución de los ingresos sino que atrajo inversiones a niveles nunca conocidos en nuestro país.

En los últimos 6 años se promovieron inversiones por más de 10 mil millones de dólares con un sensible impacto en el nivel de empleo.

Solo en materia agropecuaria la inversión provocó un aumento de más del 1.000% en el precio de la tierra y de más del 500% en el precio de los tractores y de más del 200% en fertilizantes destinados al campo.

El Frente Amplio probó en estos 10 años que las políticas redistributivas potencian la eficiencia y la inversión. Otro mito caído.

La desocupación bajó del 20% al 6%, el mejor nivel de nuestra historia, terminando con el castigo infame del desempleo, de aquellos que no tenían siquiera la esperanza de ser explotados

Peguemos una rápida mirada al mundo del trabajo, donde se han producido avances impensables hace más de 10 años.

Nuestro país fue calificado en el reciente Congreso Mundial de la Confederación Sindical Internacional, en Berlín, como el mejor país de América para trabajar y uno de los 18 mejores del mundo.

La lista de conquistas sociales en el ámbito laboral es interminable.

Las mujeres se han incorporado definitivamente en ese mercado, la desregulación, el descenso de la informalidad, la educación para el trabajo y la incorporación de nuevas tecnologías en los procesos productivos, la instalación de los Consejos de Salarios arrasados en los 90, la recuperación del salario real en un alentador 48%, la desocupación que bajó del 20% al 6%, el más bajo de nuestra historia, terminando con el castigo infame del desempleo de aquellos que no tenían siquiera la esperanza de ser explotados y que ahora en el Uruguay progresista donde nunca hubo tanta gente empleada, alcanzan casi el millón setecientos mil personas los que no viven el espanto de la inactividad forzada, el aumento del 55% al 71% del porcentaje de trabajadores con empleo sin restricciones, la reducción abrupta de los accidentes a raíz de leyes que privilegian la vida por sobre la comercialización de los seres humanos.

Estas conquistas modificaron sustancialmente el panorama neoliberal de regulación y explotación que precedió esta década.

De más está destacar los avances obtenidos en la fuerza de trabajo de los peones rurales y las trabajadoras domésticas.

En cuanto al primero se abatió la pobreza rural aprobándose mejoras salariales en el sector de hasta un 60% de aumentos, la limitación de la jornada rural a 8 horas y el incremento de las posibilidades de sindicalización, algo impensable en ese mundo rural aislado donde reina y gobierna la ley feudal del patrón, con honrosas excepciones.

La instalación de la primera negociación colectiva de la historia para trabajadoras domésticas, el aumento de un 10% por sobre el salario mínimo nacional para el sector, un aumento del 300% de esos salarios en el último quinquenio, el derecho real a la sindicalización con más de 400 mil trabajadores afiliados a su central única, el Pit-Cnt, y la ratificación del Convenio de la OIT sobre trabajo doméstico, siendo Uruguay el primer país del mundo en hacerlo, constituyen otros hitos en el intento progresista de dignificar el trabajo humano frente a la fuerza del capital.

La incorporación de los jóvenes al mundo del trabajo fue otra de las grandes preocupaciones del progresismo uruguayo mediante el “Plan yo estudio y trabajo“ y la instrumentación de la ley de empleo juvenil, con una inversión de dos millones de dólares en subsidios que equivalen a 5.000 puestos de trabajo anuales. Subsidios de hasta el 15% al salario de jóvenes varones de 14 a 29 años y un subsidio del 17% si son jóvenes mujeres y hasta un 21% si provienen de un hogar en situación de vulnerabilidad y un 25% si la empresa le proporciona un curso de capacitación, a lo que deben sumarse las pasantías para egresados.

Para la izquierda lo importante son las personas, no las cosas.

La población más vulnerable es su principal preocupación y por eso florecieron decenas de programas sociales como “Jóvenes en red”, “Cercanías”, “Uruguay crece contigo” y tantos otros para hacer realidad al gobierno de la gente.

Cuando el Frente Amplio accedió al gobierno, la seguridad social era francamente insustentable y crítica

Capítulo aparte merece el desarrollo de la seguridad social abatiendo la informalidad y registrando más de 600 mil nuevos cotizantes, disminuyendo la exigencia de los años de trabajo de 35 a 30 años, habilitando el cómputo de un año de trabajo por hijo, lo que permitió que pudieran adelantar su jubilación más de 50 mil mujeres con montos de pasividad aumentados, y la promoción de 5 nuevas causales jubilatorias por edad avanzada.

La tasa de cotizantes al BPS fue en esta década la más alta de nuestra historia previsional. Los pagos a los jubilados han aumentado estos 10 años en forma ininterrumpida mucho más que la controlada inflación, pasando la jubilación mínima de $1.999 en 2004 a $6.695 este año con un aumento de casi un 350%, mientras se triplicaba el monto de las asignaciones familiares. Y simultáneamente, promoviendo la multiplicación de pequeñas y medianas empresas, se redujeron los aportes patronales a la tasa más baja de la historia, un 7%, cuando en pleno neoliberalismo noventista las empresas abonaban un 14.5%, constituyendo la actual tasa patronal la de menor monto del Mercosur, países donde las empresas aportan hasta un 20% del monto salarial.

Cuando el Frente Amplio accedió al gobierno, la seguridad social era francamente insustentable y crítica, hoy, tras una política racional y solidaria, a la que se añadieron las reformas de la Caja Bancaria y la Caja Policial, preparándose para la reforma de la Caja Militar, el sistema previsional se ha convertido en un bastión de gran solidez, impensable hace 10 años, cimentado por más de un millón y medio de cotizantes y 775.000 jubilaciones y pensiones otorgadas, cifras récord en la historia del país.

El aporte del BPS al erario público es digno de mención.

En el 2004 el organismo previsional recibía del gobierno central más de mil millones de dólares anuales. Hoy es totalmente autosuficiente: no recibe nada.

Y además amplió sus actividades en beneficio de la población: millares de operaciones de ojos, 140 mil revisaciones oculares, 40 intervenciones diarias, 32 centros de equinoterapia, subsidios para contratar asistentes personales a personas que cobran pensiones por discapacidad, apoyo a más de 100 mil hogares de ancianos, turismo social para más de 25 mil jubilados y otros segmentos etarios, y hasta entrega de pelucas y prótesis mamarias para mujeres que padecen cáncer de mama, en un inusual gesto de consideración a la siquis femenina, con escasos antecedentes en el mundo.

Nada queda ya de aquella Caja de Jubilaciones prebendaria, donde sin favor político adecuado, sin el corrupto peaje de la tarjeta de recomendación nada se podía hacer, trituradora intocable que llevó hasta el suicidio al Dr. Carlos Alfredo Viera, líder ciudadano de la cruzada de sanidad pública emprendida contra esa gran cueva de Alí Babá regenteada por los partidos tradicionales.

El gobierno progresista no dejó piedra sobre piedra en ese edificio de la inequidad, construyendo la nueva casa de la solidaridad y la eficiencia en que se ha convertido hoy la previsión social pública uruguaya, ejemplo modélico en la región.

El Sistema Nacional de Cuidados, la joya que viene preparando la orfebrería del gobierno progresista

Esta tupida red de protección social será fortalecida por la botadura de la nueva nave capitana de la izquierda nacional: el Sistema Nacional Integrado de Cuidados, (SNIC), la joya que viene preparando la orfebrería del Frente Amplio para su tercer período de gobierno.

La tarea pendiente mediante la universalización de los cuidados de los recién nacidos y niños de hasta 3 años, la atención domiciliaria de personas de edad en situación de dependencia a lo que debe añadirse la construcción de dos centros regionales de larga estadía en el interior del país.

La salud de la población fue otro de los grandes avances de esta nueva era, con la profunda reforma de la atención a pacientes, creación del Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS), y la descentralización de ASSE y la duplicación del gasto público en ese sector.

Centenares de miles de pacientes pudieron ingresar al nuevo sistema, intentando que no quedara ningún habitante del Uruguay sin cobertura médica. Se llenaron las mutualistas con nuevos pacientes.

Actualmente el 70% de los uruguayos (2.300.000) está cubierto por el Seguro Nacional de Salud (Fonasa), seguro para todos sin importar sus ingresos, incorporando a 400 mil jubilados al sistema y al 68% de los menores de 18 años al expandir la atención al núcleo  familiar.

Las cifras son elocuentes: la mortalidad infantil se redujo del 12.2% al 8.6%, una disminución histórica de más del 30% en sólo los últimos 3 años de gobierno frenteamplista.

El nuevo sistema gracias a la integralidad de los servicios de salud sexual y reproductiva, la interrupción voluntaria del embarazo, la fertilización asistida y la anticoncepción universal y de calidad, logró alcanzar el quinto de “Los 8 objetivos de Desarrollo para el Milenio”, el abatimiento de la mortalidad materna antes del 2015, aprobado por las Naciones Unidas en el año 2000. Una de las causas que incidieron en este resultado fue que en los últimos 3 años la captación de embarazos en el primer trimestre de gestación pasó del 50.6% de los casos al 64.5%, más de un 25% de aumento en tan poco tiempo.

Y cómo olvidarnos de las 50 mil operaciones de ojos gratuitas en aras del bienestar de los uruguayos, engarzadas en un tipo desinteresado de solidaridad internacional que sólo la izquierda uruguaya podía obtener.

En los últimos 5 años los uruguayos ganaron 13 meses más de vida, la esperanza de vida pasó de los 75.1 años registrados en el 2010 a 76.2 años actualmente.

El Banco Hipotecario pasó de ser una institución fundida y paralizada a líder de un mercado en competencia con criterios de austeridad y transparencia

La vivienda de los uruguayos no quedó fuera del orden de prioridades del gobierno frenteamplista.

Lo primero que se hizo fue recuperar al Banco Hipotecario del Uruguay. El BHU  pasó de ser una institución fundida y paralizada, a liderar un mercado en competencia con criterios de austeridad y transparencia.

De un BHU fundido a un BHU como motor de la vivienda social.

Una nueva institucionalidad realista y solidaria se apoderó del sector.

Tras reformar el BHU, se creó la Agencia Nacional de Vivienda y se modificaron los esquemas de incentivos y el régimen de vivienda social.

Se estableció el “Plan Juntos” como foco de las políticas sociales. Se amplió el acceso a la vivienda de los sectores de ingresos medios y bajos y se terminó con prácticas clientelísticas en la materia. Se diseñaron 38.000 soluciones habitacionales para las familias más vulnerables.

Se aprobó el Programa Nacional de Relocalizaciones que tiene como objetivo trasladar a familias que viven en predios inundables o contaminados. Fueron elegidas 2.000 familias para ser relocalizadas, garantizándoles una  vivienda adecuada además de mejorar sus condiciones de inserción e inclusión socio-laboral y educativa.

Se identificaron 51.000 viviendas desocupadas y se designó un equipo interinstitucional para estudiar si legalmente pueden ser incorporadas para abatir el déficit que existe en el sector. Ya se recuperaron para los uruguayos 12 edificios cuyos esqueletos constructivos fueron abandonados.

En esta década se triplicó la inversión para eliminar los asentamientos. Sólo el plan “Mejora de Barrios” volcó U$S87.000.000 para sustituirlos mientras el Fondo Nacional de Vivienda aumentó de $2.042 millones a $5.000 millones los recursos para combatir esa indignidad social. Fueron miles los que vivían en ranchos inhabitables de asentamientos y hoy habitan en casas de material de dos pisos conectados a todos los servicios.

Se apoyó como nunca antes a las cooperativas de vivienda. Hoy existen 4.200 viviendas en obra de 129 cooperativas a lo que hay que sumarle 2.700 viviendas ya terminadas dentro del sistema de ayuda mutua y ahorro previo.

Todos estos avances en todos los órdenes de la vida nacional tuvo como eje la descentralización.

Como bien declaró Danilo Astori en el acto final de su sector, “todos hablaron de descentralización, pero nosotros la practicamos, nunca el Congreso de Intendentes tuvo tanto poder e importancia institucional y política”, desafiando a quien quisiera negarlo que “nunca las intendencias de todo el país y de todos los colores partidarios tuvieron tantos recursos y pagados puntualmente como en estos 10 años, eso es descentralización, eso es democracia”.

Esta década frenteamplista terminó con la política de premio y castigo a las intendencias que no eran del mismo color que el gobierno central.

Eso explica porqué las intendencias blancas y coloradas trataron con respeto y reconocimiento al gobierno frentista, que no las discriminó en ningún momento, y finalmente aceptaron terminar con la guerra de las patentes por primera vez en décadas de severas confrontaciones regionales.

La mezquindad del Partido Conservador que convirtió a Uruguay en el único país latinoamericano que impide votar a sus ciudadanos que viven en el exterior

Y qué decir de la lucha contra la infamia del destierro. De la expulsión masiva de los uruguayos de su terruño, diezmado por un neoliberalismo implacable que devora como Saturno a sus propios hijos.

La izquierda uruguaya no se olvidó de ellos, creó el Departamento 20 dentro de la Cancillería, se instrumentaron políticas focalizadas para atender el fenómeno migratorio fortaleciendo el vínculo con los compatriotas en el exterior y facilitando su retorno, se impulsó la ley para que puedan seguir participando con su voto de la vida ciudadana, mitigando parcialmente el desarraigo forzado por la coyuntura.

Las fuerzas del Partido Conservador le negaron a nuestros emigrantes el pan y la sal del sufragio. Uruguay se convirtió en el único país latinoamericano que impide votar a los ciudadanos que viven en el exterior. Y todo por la mezquindad de un erróneo cálculo electoral que teme no contar con la simpatía de la mayoría de los expulsados.

Las políticas retornistas del exilio económico dieron su fruto. Por primera vez en 45 años llegan a la patria más uruguayos de los que se fueron. Desde que gobierna el Frente Amplio retornan al país más de 5.000 uruguayos por año.

Se atenuaron los peligrosos dispositivos de inhibición intelectual y ética que aplastaban los niveles inferiores e intermedios de las FFAA

No podemos olvidar en este significativo inventario del cambio económico, social y político del nuevo Uruguay, la política desplegada por el gobierno del Frente Amplio en el seno de las Fuerzas Armadas por los distintos secretarios de Estado que asumieron su conducción y con la impronta personal del actual ministro de Defensa, Eleuterio Fernández Huidobro, un obsesionado por la integración a la comunidad, de unas Fuerzas Armadas cuyas jerarquías ocuparon vilmente por la fuerza el Estado y la sociedad cometiendo los más infames latrocinios.

Una política firme y pedagógica hacia los integrantes de las tres armas aplicada en esta década, modificó los peligrosos dispositivos de inhibición intelectual y ética que aplastaban los niveles inferiores e intermedios de la estructura militar.

Esa hábil y tenaz política pedagógica buscó democratizar las bases sobre las que se asientan los cuerpos armados, de obediencia, disciplina, espíritu de cuerpo, verticalidad de los mandos, respeto a las jerarquías, conceptos estos que venían siendo trabajados antes del triunfo frenteamplista, para impedir todo juicio reflexivo, mutilando intelectualmente al subordinado para generar un formidable poder en la cúspide de la institución castrense.

La subordinación al poder civil en esta década ha sido total y los prejuicios militares contra la izquierda nacional han disminuido sensiblemente, merced a una política de diálogo y persuasión con respeto entre todas las partes.

Muy enterradas han quedado las conductas ilícitas de los mandos militares encerrando en cajas fuertes las citaciones judiciales o participando en el crimen por encargo del chileno Berríos u otros ilícitos e insubordinaciones aceptadas por los gobiernos anteriores al ingreso de la izquierda al poder civil.

Fue diseñada sin titubeos una política de Defensa Nacional en las antípodas de la Doctrina de Seguridad Nacional que EEUU intentó con éxito aplicar en nuestra América, la pobre, siendo esa doctrina el pulmón de los golpes de Estado que asolaron nuestras tierras.

La supremacía de los organismos de inteligencia en la órbita civil modificando el poder de los centros de inteligencia militar que se entrometían en los campos de seguridad interior y orden público que competen al Ministerio del Interior, así como los recortes de jurisdicción de la justicia militar fueron tareas de este gobierno donde las carteras de Defensa e Interior actuaron coordinadamente y con especial consenso.

En coordinación con la Cancillería progresista, el Ministerio de Defensa fortaleció los vínculos latinoamericanos impulsando el ideario artiguista de la Patria Grande, ajeno a la visión del sistema militar panamericano impuesto por la principal potencia militar del mundo.

The Economist: Uruguay, el país del año…, una pequeña joya oculta en América del Sur

La política exterior independiente en el mundo unipolar que nos rodea, trazada por el primer gobierno frenteamplista de Tabaré Vázquez, tuvo un impulso singular en la segunda administración de la izquierda uruguaya, con los sorprendentes éxitos internacionales del presidente Mujica en sus intervenciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la Cumbre de Río+20, en las reuniones del BRICS, en la UNASUR, en las del MERCOSUR, en la visita oficial a los EEUU inaugurando una diplomacia presidencial que ubicó a Uruguay en un lugar de relevancia ética y política en el concierto internacional.

El boom de popularidad global de Mujica puso a nuestro país de moda. Decenas de entrevistas en los más importantes diarios y revistas y cadenas de televisión del planeta al presidente “más pobre y coherente del mundo” llevaron el año pasado al influyente The Economist británico a designar a Uruguay como “el país del año 2013”, al tiempo que el popular diario inglés DailyMirror calificaba a nuestro país como “una pequeña joya oculta en América del Sur”.

Esta década ganada en política internacional con los 200 cambios y logros en política exterior hicieron más eficiente a nuestra Cancillería, estrecharon el vínculo con los uruguayos extramuros, aumentaron el comercio exterior y ayudaron a la formidable entrada de inversiones externas, procurando en todos estos años la integración regional de nuestro país.

En estos 10 años se impulsó como nunca antes la Patria Grande y el mundo multipolar contra el mundo unipolar que hoy rige el destino de nuestro planeta.

Nuestro gobierno no transigió con su política de autodeterminación de los pueblos y no injerencia en los asuntos internos de otros Estados, pero no le tembló la mano para ser un activo protagonista de la paz, condenando todo acto belicista y cualquier forma de terrorismo, alzando su voz humanitaria y valiente para detener la masacre en la Franja de Gaza.

El desarrollo de la cultura y su extensión a los sectores más postergados de la población fue otra de las constantes de esta década.

Durante los gobiernos del Frente Amplio se recuperó una cantidad importante de la infraestructura cultural de nuestro país.

Se redinamizaron instituciones como el Teatro Solís y el SODRE, abandonadas por los gobiernos anteriores, produciendo fenómenos de repercusión internacional como el desarrollo de la danza, bajo la batuta del genio de Julio Bocca, y también del arte operístico donde por primera vez, sectores excluidos de la población asistían con gozo a las salas llenas de nuestra capital.

Se crearon más de 120 Centros MEC en todo el país, se generaron fondos concursables para la cultura y se reconocieron los derechos de los trabajadores en las áreas culturales.

El deporte tampoco fue descuidado en esta década. Se univerzalizó la Educación Física en Enseñanza Primaria, pasando del 17% en el 2004 al 100% en el 2014. Se obtuvo la certificación internacional IASS a nuestra pista de atletismo, se pusieron en funcionamiento innumerables piscinas cerradas y climatizadas y gimnasios completos, recuperándose más del 70% de las plazas de deporte en todo el país.

Este gobierno hizo honor a la lucha del hombre contra la impunidad, a la lucha de la memoria contra el olvido

La agenda de los nuevos derechos basados en la libertad e igualdad de todos los habitantes de nuestro solar es innumerable y ha sido puesta como ejemplo a imitar en otras regiones.

Ya han sido sancionadas la ley del matrimonio igualitario, la ley de salud sexual y reproductiva, la ley de interrupción voluntaria del embarazo, la ley de identidad de género, la ley de regulación de la venta de marihuana, la ley del nuevo estatuto del trabajador rural, la ley de trabajo doméstico, la ley de participación política, la ley de acceso a la información, y decenas de leyes más, todas con el identikit de la libertad y la igualdad de los seres humanos. Estas leyes son parte de la construcción de la democracia, cuyo pilar ha sido la defensa irrestricta de los derechos humanos como jamás antes se había realizado.

Estas políticas terminaron con la impunidad tolerada por los gobiernos anteriores, que algún día deberán hacer un acto público de contricción por la complicidad que desplegaron cerrando a cal y canto toda posibilidad de investigación y hallazgo de los ciudadanos ejecutados y desaparecidos.

Se avanzó sensiblemente en la búsqueda de verdad y justicia ante las atroces violaciones a los derechos humanos cometidas por el gobierno de facto en la docena trágica. Se revocaron los actos administrativos de los gobiernos que precedieron al del Frente Amplio. Se comprometió públicamente el Estado en la búsqueda de los hijos y de los restos de los desaparecidos y se aprobó una ley restableciendo la pretensión punitiva del Estado, anulando la infame ley de caducidad.

Hoy hay numerosos asesinos y torturadores golpistas en la cárcel y se han encontrado en esta década restos de algunos desaparecidos, e hijos, que fueron secuestrados después de matar a sus padres.

Este gobierno hizo honor a la lucha del hombre contra la impunidad, a la lucha de la memoria contra el olvido.

Escuchó el grito de los desaparecidos que sigue siendo la conciencia desgarrada de nuestro pueblo en busca de justicia y actuó en consecuencia.

Y el candidato de la fuerza mayoritaria de nuestro país, el Dr. Tabaré Vázquez, volvió a comprometerse a no cejar en la búsqueda de nuestros patriotas supliciados y enterrados en fosas ocultas.

El gobierno progresista les probó a los gobiernos que lo precedieron que los crímenes no se entierran. Que estaban equivocados: los sobreviven.

Las capas medias se han convencido de que no hay mejor futuro que cuidar este presente

Hemos enumerado los más importantes avances del Estado progresista en esta década donde comenzó la construcción de la utopía uruguaya y donde el Frente Amplio no dejó cuerda sin templar.

Nunca antes, por lo menos en los últimos 70 años, nuestro pueblo había conocido un Estado de Bienestar con estos avances en todos los órdenes de nuestra cotidianeidad.

Sin embargo, más allá de la formidable pueblada sufragista de octubre, que derrotó a las encuestas y a la maledicencia, aún persisten dudas en pequeños segmentos de capas medias y profesionales con niveles terciarios.

¿Están viviendo acaso un apagón intelectual o una jibarización cerebral que les impide ver la realidad más notoria? ¿O añoran la patria farandulera que ya no tiene nexos con el poder?

Cambió el perfume de época pero es claro que las placas tectónicas de un cambio como el producido en esta década continúan cimbrando, y ese epifenómeno puede confundir a una parte de la población, tímida y carente de audacia. Pero eso no lo explica todo.

Analicemos la dudas de un sector de la opinión pública tan incrédulo de todo como proclive a creer las mayores desmesuras, dispuesto a ser atrapado por la hegemonía  de la mentira.

No caigamos en el simplismo de un perezoso reduccionismo.

La inteligencia de izquierda ha sido siempre la locomotora del pensamiento crítico. Apliquémoslo en este análisis.

Porque si logramos cruzar hace 10 años el difícil tránsito de los mitos a la historia, cuando la guillotina de las urnas cortó de cuajo la alternancia conservadora, también debemos intentar la persuasión cultural en esos sectores desconfiados, superando una incredulidad que carece de sustento razonable.

El modelo progresista no contiene a la alta burguesía ni al gran capital, más allá de pactos para impulsar el desarrollo sostenible con distribución igualitaria, pero sí, incluye, arropa, apapacha como dicen los mexicanos, a la pequeña burguesía, a las capas medias, con las que cuenta para la gran catarsis nacional, aun pendiente, que espera su consumación.

Los comicios de octubre destrozaron la mentira del alejamiento de las capas medias, aliada en su mayoría de un Frente Amplio que defendió sus intereses y su dignidad frente a los sectores más opulentos y sus engañosos cantos de sirenas.

Pese a ello, hay porciones de esas franjas sociales muy permeables a la ofensiva mediática de los mass media cuyos propietarios detentan el poder económico hegemónico y han desplegado una campaña contra la memoria en sectores de alta fragilidad emocional.

Campaña que ha tratado de tender velos sobre el pasado, sobre el país que los gobiernos de Sanguinetti, Lacalle y Batlle entregaron a la administración frenteamplista.

El país del desempleo, de las ollas populares, del millón de pobres, del 10% de indigentes, del 40% de informalidad laboral, de centenares de miles de uruguayos sin acceso a la salud, de los hospitales de las camas sin sábanas y las camillas en los pasillos, de internet sólo para los ricos, de niños pobres sin computadoras, de emigrantes en el aeropuerto, de policías ganando $4.000 y sin los medios necesarios para enfrentar el delito, donde todos pagaban impuestos a los sueldos, pobres y ricos sin diferencia alguna, sin consejos de salarios, sin negociación colectiva, sin inversiones, con una impunidad infame, donde desde la cúpula del poder se protegían los crímenes de lesa humanidad, con una corrupción desde arriba que infectaba a la sociedad, con niños que se alimentaban con pasto…

Viva el olvido, muera la comparación, era la idea fuerza de los mensajes que modelaban las conciencias de los indecisos.

Pero el truco no dio el resultado esperado en octubre.

Sin embargo, siempre algo queda de la hipnosis colectiva.

Es nuestra tarea convencer a las capas medias que no hay mejor futuro que cuidar este presente.

El dime quién te vota y te diré quién eres, debe ser muy tenido en cuenta en esta oportunidad por sectores medios que el Frente Amplio ha protegido estratégicamente.

Veamos entonces cuáles son los temores inoculados en esos sectores.

Deduzco que pueden ser cinco las principales razones de sus dudas: la reforma tributaria, la inseguridad, la educación, el aumento de los funcionarios públicos y falsos indicios de corrupción en un gobierno genéticamente incorruptible.

Analicemos una por una la racionalidad de estos asertos.

CEPAL: “La reforma tributaria uruguaya es un ejemplo de equidad y de promoción inteligente de las inversiones”

Lo primero que tenemos que hacer sobre el cuco de la reforma tributaria es desnudar la falsedad del aserto de los perjuicios que esta iniciativa ocasionó a la clase media.

Cuando la oposición conservadora habla de la rebelión de la clase media contra el gobierno frentista, aserto del que los comicios de octubre probaron su falsedad, se está refiriendo a los inexistentes perjuicios económicos que el Estado progresista presuntamente habría infringido a las capas medias.

Es lo que intentaremos desmontar.

Nos referiremos al centro social económico no al centro político de la opinión, a aquella opinión que no es de izquierda, que se ubica moderadamente entre la izquierda y la derecha. Ese centrismo, no económico sino político, queda fuera de nuestro análisis.

Al grano. La directora de CEPAL, Alicia Bárcenas, no dudó en calificar la reforma tributaria del Frente Amplio como “un ejemplo de equidad y de promoción inteligente de las inversiones”.

Cuando el Frente Amplio llegó al gobierno, la imposición al consumo alcanzaba la cifra de 26.7% (IVA 23% más el Cofis), sin contar el IRP, un inocultable impuesto a los sueldos.

El gobierno progresista consideró que la imposición indirecta, llámese IVA, perjudica siempre a los más débiles que consumen la totalidad de sus ingresos. Para ello privilegió la imposición directa. Eliminó 10 impuestos menores, redujo el Iva del 14% al 10% en la tasa mínima y del 23% al 22% en la tasa general, eliminó el Cofis del 3% adicional e impidió que las clases medias recibieran más carga impositiva total que antes de la reforma tributaria, sin por ello dejar de obtener el objetivo del impuesto con equidad. También exoneró totalmente el pago del Iva, llevándolo a tasa cero a todos los alimentos y artículos de limpieza adquiridos con la tarjeta “Uruguay social” que entrega el MIDES. Recientemente volvió a bajar el Iva para aquellas compras que se realicen con medios de pago electrónicos, quedando de esta manera la tasa básica de Iva en 18% y la tasa mínima en 6% para esas compras.

En pocas palabras, del 26.7% de Iva vigente en el 2005, el gobierno progresista lo redujo hasta un mínimo del 6% en numerosos casos y de un 0% para determinados productos, cumpliendo con su promesa de reducir los impuestos indirectos y sustituirlos progresivamente por la imposición directa.

Pero hay más. Los salarios menores a $26.000 no pagan impuesto de la reforma tributaria, cuando antes los trabajadores pagaban impuestos a partir de los $5.000 de salario. Para que se tenga una idea de cómo no fue afectada la clase media por el IRPF, basta indicar que sólo el 10% de los sueldos más altos paga el 80% del IRPF.

Una gráfica presentada por Juan Pablo Labat, prueba cómo la clase media se ha beneficiado con la reforma tributaria progresista. Tomando como base un hogar tipo integrado por dos personas adultas con ingresos en el sector privado y dos menores dependientes a su cargo, llega a la siguiente conclusión: solo los hogares con ingresos que perciben $170.000 mensuales pagan un 3.1% más que antes, los que perciben $180.000 mensuales pagan 3.9% más que antes y  así sucesivamente.

Pero así como los hogares con ingresos de $160.000 prácticamente pagan lo mismo que antes, los hogares con ingresos de $80.000 pagan un 3.9% menos que antes, y los de menos de $60.000 pagan un 7.7% menos que antes.

Abundando en el tema, el director de la DGI, Pablo Ferreri, probó con cifras contundentes que “el 68% de los que tienen renta gravada por el impuesto, finalmente no tienen que pagarlo y el 6% restante paga menos de $200, con esto estamos diciendo que el Irpf no es un impuesto pagado por la clase media sino por los dos más altos deciles, que son los que albergan a los sectores de altos ingresos y que están muy lejos de la clase media”.

¿Cómo se puede afirmar entonces que el IRPF destruyó a la clase media, si fue todo lo contrario?

Basta, si existiere alguna duda, tomar papel y lápiz, apuntar los ingresos del núcleo familiar, aplicar la multitud de impuestos que antes del 2005 debían abonarse y compararlos con los que se pagan ahora, y no habrá jingle o propaganda alguna que tuerza la realidad, que como decía Aristóteles, es la única verdad.

Las inversiones que modificaron la geografía humana de nuestro país, reconstruyendo la destruida red de protección social, no fue financiada por la reforma tributaria

En esa misma intervención se destruye otra de las falacias difundidas por la dominación neoliberal: que la impresionante inversión social frenteamplista que destinaba un 75% al gasto público social, fue financiada por la reforma tributaria, en especial el IRPF.

No ha sido así, la política tributaria buscó acortar la diferencia bajo el axioma de que pague más quien más posee, pero no fue la fuente del gasto social.

Esas inmensas inversiones que modificaron la geografía humana de nuestra formación social reconstruyendo la destruida red de protección social, no manaron  de las fuentes del IRPF, provinieron de la reducción del peso de la deuda en el presupuesto nacional, que bajó del 66% del PBI al 23% del PBI dejando disponible cerca de un 3% del PBI para aumentar el bienestar de la población. Otro aporte del gasto social se originó en la disminución de la informalidad de la economía, que se redujo del 40% al 20%, y a la reducción de la evasión impositiva del Iva del 40% al 13%, junto con otros importantes aportes surgidos de los exitosos indicadores anteriormente señalados.

La reducción de la desigualdad no afectó a la clase media, la benefició. Mientras los deciles de menores ingresos (1 y 2) duplicaban sus recursos, los deciles correspondientes a la clase media (5 y 6) aumentaban un 60% en el período a razón de una tasa del 7% anual, superior al promedio.

Pero entonces, ¿quiénes se perjudicaron por la reducción de la desigualdad?

Obviamente no puede existir una reducción de la desigualdad sin redistribución del aporte impositivo.

Pero ¿a qué llamamos perjuicio?

Los deciles más ricos (9 y 10) también vieron aumentados sus ingresos, no en el mismo porcentaje que los sectores más pobres o el de las capas medias, pero también gozaron de la bonanza frenteamplista. El opulento decil 9 aumentó sus ingresos un 36% en los últimos 10 años, a razón de un 4.5% anual y el decil más rico de todos, el 10, también aumentó sus ingresos, un 16%, a razón del 2.1% anual.

¿Dónde está esa reforma impositiva ensañada con la clase media?

Una clase media que según el resultado de una encuesta de la empresa Opción publicada por el diario El País el 13 de agosto de 2012, ocho de cada diez encuestados respondieron que “se sentían felices con su situación de vida en la actualidad”.

Una clase media que según el libro “Polarización y clase media” de los académicos Fernando Borraz, Nicolás González y Máximo Rossi, había descendido notoriamente en la década de 1995 al 2005 y que en la década frenteamplista ascendió sensiblemente en cantidad de componentes y en la calidad de vida.

No se puede confundir clase media con las 120 familias uruguayas que acumulan una fortuna de 17 mil millones de dólares, según la investigación difundida por Leandro Grille.

Esa invectiva, que ubicaba al gobierno progresista como enemigo de la clase media, es hija de la desmesura de un discurso conservador que se niega a la equidad largamente demandada por una sociedad desigual que pugna por una tierra de ciudadanos iguales. Y se deshace no bien la razón y los porfiados hechos salen de la oscuridad a la que fueron confinados.

Y en cuanto a la acusación que presenta al gobierno frenteamplista como un gran Moloch sediento de impuestos, sólo cabe señalar que Brasil, inmenso en una problemática social mucho más grave que la nuestra, posee una presión fiscal del 35%, mientras que Uruguay no supera el 29%.

Y no hablemos de la presión fiscal en otras latitudes más desarrolladas, porque nuestro país queda varias veces por debajo de los impuestos que aplican esas naciones a sus habitantes.

El FA fue el gran acelerador de las demandas y cuanto más rescata de la alienación a la gente, más genera nuevas áreas de demandas

Culminando con esta objeción o duda de las capas medias, me parece importante definir que el exceso de demandas actuales, no sólo de ese sector social sino del sector asalariado, de los pobres que dejaron de serlo, de la población toda, entraña una conducta que está inscrita en la lógica de las políticas de la izquierda en el gobierno,

No tengo dudas de que el Frente Amplio fue el gran acelerador de las demandas de la gente y cuanto más rescata de la alienación al pueblo uruguayo, más genera nuevas áreas de demandas. Es el precio que el gobierno progresista debe pagar por el camino de la emancipación elegido para su pueblo.

Como decía el senador Enrique Rubio “los sobrevivientes de ayer, son los demandantes de hoy”.

En la década colorada -1995 al 2005- las rapiñas aumentaron un 297%, en la década progresista, aumentaron un 82%

Veamos la segunda duda inoculada mediáticamente: la inseguridad.

Cuando el Frente Amplio llega al gobierno se encuentra con un sistema policial cuya estructura administrativa era la misma de 70 años atrás y una tecnología obsoleta con más de medio siglo de antigüedad.

El personal que debía custodiar la seguridad de la población ganaba salarios de $4.500 mensuales, con las cárceles abarrotadas y transformadas en ollas a presión a punto de estallar.

En los últimos 50 años mientras la población uruguaya subía un 20%, la población carcelaria crecía un 700%. Las cárceles eran la principal escuela del delito.

Las rapiñas y los homicidios continuaban aumentando sin parar.

Los 10 años anteriores a la administración frentista, durante los gobiernos de Sanguinetti y Batlle, las rapiñas subieron un 297%, de 3.072 rapiñas anuales en1994 a 9.142 rapiñas en el 2004, siendo el delito test que se registra para aumentar o disminuir los índices de seguridad pública. Ese aumento de la inseguridad de un 297% en sólo 10 años, nunca fue superado hasta nuestros días. Durante el gobierno de Lacalle las rapiñas crecieron en 5 años un 56% aunque aún no había explotado el fenómeno de la pasta base, surgido en el 2002, que le estalló en pleno rostro al gobierno de Jorge Batlle durante los últimos 2 años de su gestión, y es la mochila más gruesa de la inseguridad que heredó el gobierno frenteamplista.

El ex presidente de la Junta Nacional de Drogas, Alberto Scavarelli, describe la epidemia: “Con la crisis de 2002 se produce una porosidad en la estructura social, el fenómeno del ingreso de la pasta base, que sumado a los efectos de expansión del Plan Colombia determinó que ingresara al país, muy rápidamente y en volúmenes muy importantes, a un precio que realmente generó un enorme mercado y que nos produjo todas las consecuencias que vinieron después”. Luego añadió que “la experiencia fundamentalmente peruana que habíamos vivido en la OEA, nos llevó a la conclusión de que después de 3 años de consumo de pasta base en una comunidad, se produce un núcleo duro de delincuencia que hay que tener en cuenta que iba a gestarse un cambio enorme en el perfil de la situación del delito, apareciendo el agravante de alevosías impensadas, violencia indebida para la aplicación por encima de un estándar esperado en la ejecución de cualquier delito”.

Aun con este hándicap negativo, la década frenteamplista en materia de rapiñas es tres veces y media menor que la década colorada registrando un 82% de aumento de las rapiñas en 10 años contra el 297% de las dos administraciones anteriores. También es menor el índice de rapiñas registrado en el gobierno de izquierda, comparado con la administración blanca del Dr. Lacalle. Su gobierno registró en 5 años un aumento del 56% de rapiñas contra el 82% registrado en 10 años por el gobierno frentista. Basta con llevar esos guarismos de 10 años a sólo 5, para comprender el aserto y desvirtuar la tergiversación del poder mediático, internalizando en la mente de nuestra formación social la idea fuerza de que nos encontramos prisioneros de la delincuencia sin capacidad de respuesta alguna, cuando en los tiempos donde reinaban los blancos y colorados la delincuencia no existía. Nada más falso y contrario a las porfiadas cifras.

Lo cierto es que nunca descendió el guarismo de las rapiñas, sigue en aumento, aunque mucho menos proporcionalmente que antes pese al flagelo de la pasta base.

La población manipulada por una campaña mediática muy bien orquestada sólo percibe que hay más rapiñas, no que aumentan menos que antes. Cuando lo que tendría que preguntarse para juzgar responsablemente es qué está haciendo el gobierno progresista para combatirla.

Uruguay hoy es el país con los más altos guarismos de seguridad, aunque siga la curva ascendente mundial del delito

En todo el mundo suben las rapiñas, crecen los delitos, aumentan los homicidios. Está escrito en la lógica del sistema capitalista que vivimos.

El capitalismo, cuyo eje es el individualismo egosintónico, la rapacidad, el consumismo ininterrumpido, la maximización de las utilidades, la comercialización de los seres humanos, la explotación del hombre por el hombre, es el mayor productor del delito en la historia de la humanidad.

Uruguay no es la excepción.

Ante el aumento incesante de la ola delictiva en el segundo gobierno del presidente Sanguinetti, su ministro del Interior encargó a la encuestadora Equipos Mori la realización de la “Primera encuesta de opinión pública sobre seguridad ciudadana”. Era tal el pánico de ese momento en la sociedad, que el 48% de la población encuestada se manifestó partidario de la pena de muerte. Ya en aquellas épocas se cocían las habas de la sensación térmica delictiva, que después se aplicaría masivamente contra el gobierno del Frente Amplio, aunque en este caso la mitad de la población no pide la pena de muerte, vota al gobierno del cambio.

Porque nuestro país en este momento histórico es el país de América Latina con los más altos guarismos de seguridad, aunque siga la curva ascendente mundial del delito.

Mientras en numerosos países se registran 90 homicidios cada 100.000 habitantes, en Uruguay nos situamos con 8 homicidios cada 100.000 habitantes.

Lo cierto es que el gobierno frenteamplista abrió las puertas del poder y se encontró con el colapso del sistema de seguridad.

Recibía la banda presidencial de un gobierno conservador, desconcertado ante la irrupción geométrica de la epidemia de la pasta base, que tendía a transformarse en pandemia.

Los gobiernos blancos y colorados no conocían otra fórmula para enfrentar el fenómeno que la represión. Era la vieja escuela represiva la que habían mamado durante décadas, sin pasta base en el horizonte, y la única respuesta que conocían para enfrentarla era la represión.

Ignoraba la clase dominante uruguaya que esa metodología había fracasado en todo el mundo y que nuevas estrategias y nuevas tácticas, más inteligentes, se abrían paso tanto en la academia como en las instituciones de seguridad pública.

Bien lo dijo el presidente de la Corte Suprema de Argentina, el experto catedrático en Derecho Penal, Raúl Zaffaroni: “Las penas nunca eliminan el delito”.

Así opinó el 26 de octubre la mayoría del pueblo uruguayo que derrotó en las urnas la demagogia punitiva lanzada con una suerte de pegajosa elasticidad moral envuelta en un movimiento esencialmente cosmético por los dos candidatos de la reacción, que intentaban rebajar la edad de la imputabilidad a los jóvenes, a contrapelo de las experiencias en el mundo.

El dislate retórico del populismo penal fue enterrado en las urnas de octubre. No hubiera resuelto nada. Hubiera ahondado el problema.

Los impulsores de la línea dura contra el delito ignoraron las enseñanzas de nuestra propia historia.

Cuando la Banda Oriental aún integraba las Provincias Unidas del Río de la Plata, el gobernador de la capital del Virreinato, ante la ola imparable de delitos, promulgó en 1820 la denominada “ley severa” que ordenaba que “todo el que fuere aprehendido robando o con prendas robadas será fusilado en el instante y colgado”. Cuando un delincuente caía en manos de la policía se lo ejecutaba en 60 minutos, fusilándolo en Retiro o en Plazo de Mayo y el cadáver se colgaba durante días de un farol como macabra advertencia. El delito aumentó. En 1840 se dictó otra ley que condenaba a muerte al que lesionara a otro ciudadano, aunque las heridas fueran leves. La severidad volvió a fracasar. Recién en 1853, según cuenta Rodolfo Terragno, “al organizarse la Nación, los constituyentes cambiaron de criterio, abolieron tormentos y azotes, aseguraron los derechos de los procesados, imaginaron cárceles sanas y limpias y comenzó una época de seguridad y calma”.

Las leyes severas no detienen el delito. Las leyes racionales sí.

Jorge Larrañaga: “Bonomi fue el mejor ministro del Interior que tuvo el país en los últimos tiempos”

El Dr. Tabaré Vázquez puso al frente de la cartera encargada de la seguridad pública, a un político de lujo, don José Díaz, humanista, socialista, intelectual de la praxis en el arte de lo posible. Intentó lo correcto en un sistema incorrecto. La oposición conservadora y la inmensa mayoría de los medios de masas en su poder, se ensañaron con su intachable gestión. Querían sangre no rehabilitación, castigo no métodos inteligentes.

Los ministros que le sucedieron tampoco lograron satisfacer las demandas de una oposición que reclamaba políticas represivas de derecha a un gobierno probadamente de izquierda.

El presidente Mujica eligió a un guerrillero para el erizado cargo. Un verdadero Gólgota para cualquier secretario de Estado.

Eduardo Bonomi, respetando las políticas de sus antecesores, le añadió la pizca personal del expertizaje aprendido en las cárceles de la dictadura y en los enfrentamientos con los aparatos de seguridad del Estado y en la cultura de la ruptura social, en fin, la pizca inteligente de la visión no tradicional de la vida.

Contó con el apoyo invalorable del hermano del primer presidente de izquierda del Uruguay. Jorge Vázquez pulsó, durante todo el período, las mismas cuerdas templadas por Bonomi.

Al decir del ese entonces último candidato presidencial del Partido Nacional, el senador Jorge Larrañaga, “Bonomi fue el mejor ministro del Interior que tuvo el país en los últimos tiempos”.

También lo acompañó en su gestión un policía de la nueva guardia, Julio Guarteche, quizás junto con Roberto Rivero, destituido por Sanguinetti por enfrentarse al poder mediático de la época, los dos mejores policías en la historia del país.

La gestión Bonomi tomó el toro por las astas y comenzó la tarea de construcción de un nuevo modelo policial.

Profesionalización, presupuesto, salarios, formación de recursos humanos, tecnología, armamento, transporte,comunicaciones, leyes orgánicas, reestructuras, rehabilitación, densidad carcelaria, unidades de respuesta, zonas operativas, patrulleros, flota vehicular, vehículos blindados, helicópteros, drones, visores nocturnos, intercambio informativo, rastros genéticos, registros electrónicos de huellas digitales, videovigilancia, policía comunitaria, acercamiento y empatía con la población, asuntos internos, lucha contra la corrupción policial y decenas de áreas donde el escalpelo progresista fue usado sin titubeos, compatibilizando los derechos humanos con la seguridad de la población, nada de esto quedó fuera del nuevo orden del día de la gestión del Ministerio del Interior.

Fue así como Bonomi dio la batalla presupuestal. En el 2004 el presupuesto policial era de U$S180 millones, hoy se cuadruplicó ascendiendo a U$S776 millones. Los sueldos de un policía rondaban los $4.500, hoy cobra $21.000, un aumento del 466%. Nunca antes se invirtió tanto en tecnología y equipamiento policial. En los últimos 4 años se aumentó un 34% la flota vehicular que hoy cuenta con 4.363 unidades, además de los tres vehículos blindados y carros de bomberos para incendios en las alturas. A la sustitución de revólveres por pistolas Glock, 9 milímetros, le siguieron las importantes compras de chalecos antibala, equipos antimotines, simuladores de tiro.

El plan de cámaras digitales que han disminuido el delito en las zonas de instalación, abarca en Montevideo: Centro, Ciudad Vieja, la Unión y Paso Molino.

Otro de los avances exitosos fue la geo localización y geo referenciación de los policías mediante la creación del sistema Tetra.

Estos avances llevaron a la conformación del Sistema de Gestión de Seguridad Pública, el Monitor de Gestión Ministerial, el Sistema de Gestión Carcelaria, el sistema de Denuncia en línea, el de Movimientos de Armas y Equipos Policiales, el intercambio de información con los puestos migratorios de Argentina y Brasil y el Registro Informático de Huéspedes y Pasajeros. Hay que destacar además la creación de un banco de rastros genéticos y el registro electrónico de huellas digitales, así como la creación de 4 zonas operativas y la puesta en marcha de las unidades de respuesta inmediata y un nuevo sistema de información para mapear el delito y diseñar el patrullaje dinámico, evitando la rotación de efectivos.

Se bajó la reincidencia del 70% al 53% en sólo 4 años de gestión; en España esa reducción llevó más de 25 años

La creación de la Dirección General contra el crimen organizado y la duplicación de los efectivos de la Guardia Republicana que alcanzó el récord de 1.500 funcionarios son otros de los avances de la gestión frenteamplista. La reestructura de la Jefatura de Montevideo implicó un nuevo modelo de gestión de seccionales policiales, más adecuado a las nuevas realidades, donde el Centro de Comando Unificado, el 911, el Plan 7 Zonas desplegado sobre barrios con altas tasas de vulnerabilidad, la policía comunitaria y las estructuras de convivencia, cumplieron un rol imprescindible.

El cliché del Partido Conservador reclamando que el poder retorne a los comisarios es anacrónico, no toma en cuenta las nuevas realidades y lo único que obtiene es desprofesionalizar a la policía, llevarla al reino de la no investigación, de la no especialización.

El delito cada vez es más profesional. La policía no puede quedar atrás en la batalla de la inteligencia por la seguridad pública. La nueva policía no puede tener una gestión que no esté basada en el conocimiento y la inteligencia aplicada.

La inminente aprobación de la nueva ley orgánica policial completa este cuadro de gestión.

En cuanto a uno de los temas críticos del sistema, la densidad carcelaria, esta administración creó el Instituto Nacional de Rehabilitación, incorporando personal civil y sacando paulatinamente de las cárceles la estructura policial.

El gobierno progresista recibió en 2005 de los gobiernos conservadores una densidad carcelaria del 181%, es decir que de cada 181 presos había un faltante de 81 plazas. Hoy, después de 10 años, la izquierda uruguaya bajó la densidad carcelaria al 106%. Ahora sólo 6 convictos de cada 106 presos carecen de plazas para cumplir su rehabilitación.

Hoy la población carcelaria es de 9.786 personas y las plazas alcanzan para 9.195 reclusos.

Este déficit carcelario deja a nuestro país en un nivel aceptable en la región y en el mundo, aunque la izquierda se ha propuesto eliminar ese 6% mediante el aumento de nuevas plazas.

Estos avances notorios contra el hacinamiento carcelario fueron posibles al construir el gobierno frenteamplista, sólo en 4 años, más de 5.000 nuevas plazas carcelarias.

Este inusual esfuerzo para eliminar uno de los factores productores del delito y contrario a la rehabilitación sólo es comparable, según palabras del propio asesor de Lacalle Pou, el ex comisionado parlamentario para las Cárceles Alvaro Garcé, “a lo de 120 años atrás cuando se construyeron Miguelete, Punta Carretas y las cárceles departamentales, superando incluso las 2.000 plazas construidas durante los 12 años de la dictadura, si sumamos el Comcar y las cárceles departamentales”.

Otro éxito de esta nueva política ha sido el seguimiento de la situación de los liberados. Las cifras son elocuentes. El gobierno presidido por Mujica ha logrado bajar la reincidencia del 70% al 53%. En España esa baja se logró en 25 años y en Uruguay en sólo 4 años de gestión al servicio del pueblo y su seguridad. Y si se mide a los liberados que participan en los convenios de trabajo del Patronato, la reincidencia bajó a sólo el 6%. Todo un récord.

La Policía no es del Estado, es de la sociedad civil: el gran salto del milico prepotente al policía solidario y protector

El acercamiento del instituto policial al pueblo, al vecino, al ciudadano, fue otro de los objetivos del gobierno de izquierda.

La creación de la policía comunitaria, constructora eficiente de seguridad pública, rescatando la imagen del viejo guardia civil en contacto con la gente y las familias fue un acierto de esta gestión.

Hoy se está dando el gran salto del milico prepotente al policía solidario y protector.

El gobierno de la izquierda uruguaya está logrando lentamente  el objetivo estratégico cultural de internalizar una idea fuerza central: la Policía no es del Estado, es de la sociedad civil.

Estos avances se complementan con las Mesas Locales de Convivencia y Seguridad Ciudadana, así como el Centro de Asistencia a Víctimas del Delito.

Esta política de recursos humanos, respetando el salario policial, sus derechos previsionales, está modificando la vieja cultura policial, basada en una disciplina por temor y no por convencimiento, como se está obteniendo en estos años fermentales.

Una de las consecuencias de esta política basada en la dignidad policial, es que se terminaron las huelgas policiales espontáneas, detonadas en las épocas de los ministros blancos y colorados, Ramírez y Marchesano. Y eso que la izquierda admitió la sindicalización de los policías, que por primera vez en la historia del instituto, forman parte de la organización única de trabajadores, el Pit-Cnt. Nos referimos a la Coordinadora Nacional de Sindicatos Policiales (CONASIP).

Pero dejemos hablar a dos expertos extranjeros, insospechables de haber sido contaminados por el virus izquierdista.

Escuchemos a John Sane, experto en políticas policiales y justicia criminal de los EEUU en su reciente paso por Montevideo: “Las políticas desarrolladas por el Frente Amplio uruguayo para la policía son similares a las de la ciudad de Nueva York, ciudad que logró que el último año tuviera el más bajo índice de homicidios desde que los Beatles llegaran a EEUU”.

Por su parte Lawrence Sherman, jefe de la unidad de criminología de la Universidad de Cambridge y miembro del equipo del alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani, alma mater de la tolerancia cero, declaró recientemente que el plan piloto uruguayo desarrollado en la principal avenida de Montevideo, 18 de Julio, y en la avenida 8 de Octubre, obtuvo en sólo 4 semanas una reducción del 90% de los delitos en ambas zonas. Y acto seguido, ante la seriedad de las nuevas políticas de nuestro país en materia de seguridad pública, propuso a Uruguay como sede de la Escuela de Criminología que tendrá alcance regional. “Es el país ideal” enfatizó el experto norteamericano. Quien para que no hubiera dudas al respecto declaró al irse del país: “suelo trabajar con distintos gobiernos y autoridades policiales de todo el mundo y he trabajado con las policías de 6 países sudamericanos y de estos últimos, Uruguay es el que ha realizado el mayor progreso en los últimos años”.

Las preguntas que invito a formularse a los destinatarios de las dudas sembradas con maledicencia ante la encrucijada electoral, no es si el delito aumenta o disminuye, sino quién ha llevado a cabo una política responsable y permanente para combatirlo, aislarlo, contenerlo, recuperando a los infractores, política que no tiene precedentes en toda la historia de la seguridad pública de nuestro país.

Yo personalmente, creo que la seguridad del pueblo uruguayo, jaqueado por la pasta base y sus agentes delictivos, está en las mejores manos posibles. Sólo la izquierda puede garantizar esa seguridad, combatiendo las causas y los agentes que conspiran contra ese derecho, con honestidad, energía e inteligencia.

Tras 20 años de achicamiento de la inversión educativa, el FA la cuadruplicó, llevándola de U$S13 mil millones a U$S55 mil millones

Pasemos a contestar ahora la tercera duda implantada en algunos sectores sociales: el presunto fracaso frentista en el área educacional.

Para la izquierda la educación fue siempre una de sus grandes prioridades. La educación era el arma revolucionaria que despertaría a las masas para que pudieran identificar el grado de alienación a la que eran sometidas por quienes también detentaban el monopolio del conocimiento.

La formación del capital humano era la llave de la izquierda para luchar por la emancipación de los seres humanos.

Sabía nuestra izquierda que el problema de la educación es el problema del mundo y que la acumulación más difícil de la historia, no es la acumulación de la riqueza, sino la acumulación de la inteligencia ética.

“La educación es el pan del alma”, confiaba a sus alumnos en Roma, Giuseppe Mazzini allá por 1855.

El Partido Conservador, al igual que lo hizo con la seguridad pública y con la reforma tributaria, aprovechándose de los índices de repetición en la enseñanza secundaria y las dificultades de la enseñanza pública, intentó transformar la virtud en vicio, ignoró las causas del problema, distorsionó los indicadores y ocultó dolosamente los avances de la gestión frenteamplista.

¡Qué tupé!, el de una oposición cuyos gobernantes en el 2005 pagaban a un maestro  $6.000 mensuales y, al arribar el Frente Amplio al gobierno nacional, votaron en contra el aumento del 4.5% del producto bruto interno para el presupuesto nacional educativo.

¿Qué encontró el Frente Amplio al abrir las ciudadelas de la educación para cumplir con la obligación estatal de una instrucción inclusiva, laica, gratuita y obligatoria?   Encontró como dijo recientemente el presidente Mujica, “un profesorado muerto de hambre, cobrando un sueldo que daba risa, generando la deserción de maestros y profesores, lo que afectó al sistema educativo”.

El Uruguay, al 1º de marzo de 2005, era uno de los países con menos inversión en educación en la región. En 2005 la inversión de todos los niveles educativos del país no alcanzaba los 13 mil millones de dólares. Fueron 20 años de achicamiento ininterrumpido de la inversión en educación.

Lo primero que hizo el Estado progresista fue cuadruplicar la inversión en educación, que de 13.000 millones de dólares pasó a 55.000 millones, aumentando sensiblemente la cantidad de escuelas y liceos, resolviendo los problemas edilicios de los centros educativos públicos que se venían abajo, obteniendo como resultado que este año haya veinte veces menos escuelas y liceos con problemas edilicios que cuando se recibió el gobierno en 2005.

De inmediato, en el primer gobierno de izquierda el presupuesto educacional, pasa del 3.15% del 2005 al 4.65% del PBI, cifra que es la que se mantiene en la actualidad.

Los sueldos de los educadores aumentaron sostenidamente durante la década progresista, intentando evitar la deserción docente que afectó a todo el sistema.

Los resultados no se hicieron esperar. La Universidad de la República aumentó su matrícula de 70.000 a 131.000 estudiantes desde el inicio del gobierno frentista hasta el año pasado. Se aumentó un 50% el total de horas docentes en los últimos 7 años y se crearon 38 nuevas carreras universitarias. El desatendido interior del país recibió 70 carreras universitarias nuevas, que usufructuaron unos 10.000 estudiantes que ya no tenían que venir a vivir en Montevideo. Se creó una segunda universidad pública, la Universidad Tecnológica (UTEC), que ya ofrece dos nuevas licenciaturas y planea abrir dos Centros Tecnológicos Regionales, uno en Fray Bentos y otro en Durazno.

El cambio ha sido tan notorio que los propios intendentes no frenteamplistas del interior han destacado la modificación de la geografía humana en sus departamentos, impulsados por la energía de miles de estudiantes universitarios que llegan desde todos los rincones del país.

“M’hijo el dotor” se hace realidad en el Uruguay de la equidad: el 52% de los universitarios que se reciben al fin de esta década son hijos de padres que no fueron universitarios

Y lo más importante, el gobierno de izquierda logró el sueño esquivo de nuestro gran Florencio Sánchez: el 52% de los universitarios que se reciben hoy son hijos de padres que no fueron universitarios. “M’hijo el dotor” se hace realidad en el Uruguay de la equidad.

La reciente declaración pública firmada por centenares de científicos uruguayos afirmando que “a raíz de las políticas y las cuantiosas inversiones aplicadas durante los últimos 10 años se ha podido construir un sólido Sistema Nacional de Investigación, registrándose un marcado incremento en el número de investigadores y en la producción científica, tanto básica como aplicada, en las más diversas áreas del saber”. Explicando que “esas políticas favorecieron la articulación de la creación de conocimiento con los objetivos estratégicos nacionales de impulso a la innovación, la productividad y el valor agregado del conocimiento en las cadenas productivas, conduciendo esta trayectoria al país hacia un futuro de desarrollo que beneficia a toda la ciudadanía y nos acerca a la plena soberanía que estamos construyendo”.

Se triplicaron las escuelas de tiempo completo y de tiempo extendido.

Actúan en todo el país 124 Centros MEC en los cuales participan ciudadanos de 177 localidades en más de 10.000 actividades socio culturales y educativas. Se estableció el boleto gratuito para los estudiantes en todo el país.

Hay 220 docentes trabajando en el Plan de Alfabetización Digital a través del cual casi 60.000 adultos aprendieron a usar la computadora.

El Plan Ceibal, garantía de que todos los alumnos posean una lap-top, es motivo de asombro mundial y vienen de todas partes a estudiar su implementación.

Es digno de destaque el “Plan Ceibal en inglés” que cuenta ya con 2.000 grupos de participantes del programa que alcanza a 50.000 alumnos, previéndose para el año próximo una cobertura de 100.000 niños participantes.

Las clases de inglés en la enseñanza primaria estatal uruguaya, donde profesores británicos dictan sus clases por videoconferencia, es pionera en el mundo. El profesor Paul Wood del British Council declaró que “hasta donde yo sé, se trata de la primera vez en el mundo que se usa la tecnología de la telepresencia para enseñar inglés a clases numerosas de alumnos de primaria en el sistema estatal y este plan uruguayo podría ser modelo para la enseñanza de inglés en países como África, que no cuentan con profesores”.

Más de 7.000 niños participantes del Plan Ceibal en inglés fueron evaluados en comprensión lectora y composición escrita por el Instituto de Estadística de la Facultad de Ciencias Económicas y los departamentos de Monitoreo y Evaluación y de Inglés del Plan Ceibal. La conclusión fue que gracias a este sistema los niños pobres pueden también aprender inglés con el mismo nivel que los niños provenientes de familias pudientes, ya que ambas clases sociales provenientes de distintos contextos socioculturales, en este caso específico obtuvieron similares resultados. Otro éxito educacional inclusivo de las políticas de esta década.

Se universalizó la enseñanza primaria a partir de los 4 años de edad tanto para niñas como para varones. En Uruguay la universalización es 50% varones y 50% mujeres, mientras que en muchos países se universalizó para el 80% de los varones y sólo un 20% de las mujeres.

La propia UNESCO ha reconocido los avances de los dos gobiernos frenteamplistas en el nivel primario, donde el promedio de niños por maestro se redujo a 23.5 alumnos por cada maestro, cuando en 2005 cada maestro debía atender a 28 educandos.

El “Programa Luces para Aprender” logró hace pocos días sus objetivos al conectar energía a la escuela 37 de Paso de las Carretas en el extremo norte de Tacuarembó, alcanzándose de esta manera la conexión eléctrica universal en todas las escuelas del país. Con la conexión eléctrica de la totalidad de las escuelas rurales, todos los centros de enseñanza primaria de Uruguay cuentan con este servicio y con conectividad a Internet. Uruguay es el primer país latinoamericano en alcanzar esta meta que consagra el derecho de nuestros niños y la integración social.

El nivel educativo que otorga el pasaporte para circular por la sociedad sólo era obtenido por una minoría: esa época feneció

Ante los innegables avances en los niveles primarios y terciarios y la reconstrucción masiva de la infraestructura en el nivel secundario y la recuperación de la dignidad salarial de los profesores, el Partido Conservador le hinca el diente al aumento de los niveles de repetición en la enseñanza secundaria.

No dice la oposición que esos niveles aumentaron en todo el mundo y especialmente en América Latina, por causas de la globalidad imperante, el alejamiento de la lectura y escritura ante la oferta televisiva, el imán de las redes sociales, el tuiteo, Facebook, la degradación del vocabulario, el consumismo irracional, el sistema de vida capitalista y otras causas que vienen siendo estudiadas por la pedagogía internacional.

También ocultan que los ingentes esfuerzos que el gobierno progresista viene realizando para paliar esta crisis, comienzan a dar resultados, incluso en los niveles de repetición. No informan, por ejemplo, que en el 2011 repitieron el ciclo básico el 33.1% de los liceales, mientras que el año pasado esa cifra de repetición se redujo al 30.9%, lo que significa una reducción del 7% en dos años y se estima que este año continuará el descenso.

Y sobre todo no explican que el gran logro democrático de la izquierda uruguaya, de reducir la brecha entre la educación de los más ricos y los más pobres, y convencer a los sectores más pauperizados de la población para que se eduquen y accedan por tanto a mejores puestos de trabajo, ha generado un lógico aumento de la repetición.

Pasarán muchos años para que esta política inclusiva e igualitaria se derrame sobre hijos y nietos de los estudiantes más pobres que están ahora accediendo con orgullo por primera vez a la educación secundaria y terciaria. Ese tiempo llegará y la cifra de repetición se emparejará y llegará a sus niveles habituales.

Bien vale el costo de la repetición, la experiencia inclusiva en forma masiva en la educación secundaria, dirigida por el Estado progresista.

Decir que la década progresista fracasó en la enseñanza es otra prueba de la hegemonía de la mentira, que repetida mil veces pretende imponerse sobre la realidad. Las cifras sobre los esfuerzos realizados y los objetivos de corto plazo cumplidos, y las semillas sembradas para el mediano y largo plazo, hablan por sí solas y dejan sobrando las palabras.

Y además, como bien dice el senador Daniel Martínez: “¿Tiene autoridad moral la oposición para criticar con mezquindad, cuando fueron ellos quienes permitieron que llegara esta situación y nunca invirtieron ni priorizaron la educación cuando eran gobierno?”.

En esta tercera duda de los bienintencionados que no acompañaron en octubre con su voto al Frente Amplio, termino con la advertencia del presidente Mujica: “Lo más importante que ha hecho la derecha es hacer que el canto de sirena se cuele en el pensamiento de la izquierda, llegando a hacernos creer que todo está mal en el campo de la educación, cuando se mejoraron los salarios, se construyeron y recuperaron escuelas y liceos, se multiplicó el número de niños y niñas en la educación prescolar, se aumentó notoriamente el número de estudiantes que terminan 3º de liceo y gracias a diferentes programas se ha ido reduciendo la brecha entre la educación de los más ricos y los más pobres”.

Esta década ha terminado con la hegemonía de los capitalistas del conocimiento enfrentados a los marginales de la educación. Antes una minoría acumulaba 20 años de estudios mientras la mayoría no alcanzaba los niveles superiores del conocimiento. La sociedad se dividía entre educados por un lado y subeducados o ineducados por el otro. El nivel educativo que otorga el pasaporte indispensable para circular por la sociedad sólo era obtenido por una minoría. Las cifras prueban que esa época feneció.

La burocracia comenzó a ser una palanca al servicio del Uruguay productivo y solidario, dejando de ser un palo en la rueda del desarrollo con equidad

Pasemos ahora a la cuarta duda de los objetores: el aumento de la cantidad de funcionarios públicos y su grado de eficiencia.

Otro rubro donde es imposible afirmar con honestidad intelectual que no se ha hecho nada.

La reforma del Estado, considerada la madre de todas las batallas, si bien no logró cumplir sus objetivos, fue echada a andar, cuando antes del 2005 estaba absolutamente paralizada por gobiernos prebendarios que utilizaban la burocracia como coto de caza privado.

Es entendible que un gobierno progresista que sustituye a una clase dirigente con una centuria en el poder y con un funcionariado público con un alto porcentaje de  colaboradores designados por ese poder mediante la aplicación de políticas clientelísticas, tuviera que apelar a la designación de nuevos cargos, imprescindibles para llegar a cabo la transformación de la sociedad. Sobre todo teniendo en cuenta la inamovilidad del funcionario público.

Es cierto que se aumentó el número de funcionarios públicos, pero lo importante no es el número sino ¿para qué sirvió ese aumento, qué hicieron los nuevos ingresados, qué productividad se obtuvo? ¿Fue acaso sólo un aumento de cantidad o un aumento de calidad?

Debiéndose aclarar, además, que esas designaciones se hicieron en la mayoría de los casos, mediante la mecánica del concurso público y del control jurisdiccional, terminando con el “dedazo y el amiguismo”.

Se creó la ventanilla única para el ingreso a la administración pública y se reglamentó por primera vez el régimen de concursos.

Los objetores de hoy, campeones en el pasado de las contrataciones discrecionales, se olvidan de decirle a la ciudadanía que en el reciente informe de la Oficina Nacional de Servicio Civil (ONSC), publicado por el diario El Observador, se hace visible el ranking de las contrataciones de funcionarios públicos en forma directa, sin concurso, en los últimos 3 años. Ese ranking revela que en los primeros cuatro lugares del país donde se contrata sin concurso alguno, figuran las cuatro intendencias blancas de Soriano, Río Negro, Durazno y Lavalleja. Y le sigue en el quinto lugar la Intendencia colorada de Salto. Recién en el noveno lugar aparece una intendencia del Frente Amplio, la de Artigas. La Administración Central se destaca por utilizar la vía del concurso y las veces que por razones fundadas no lo ha hecho son excepcionales, no llegan al tercio de las contrataciones sin concurso, discrecionales, en forma directa, llevadas a cabo por los gobiernos departamentales blancos y colorados.

Completado el equipo público de colaboradores, el gobierno progresista lo primero que intentó hacer fue cambiar la imagen del funcionario público. La transformación del empleado público en un auténtico servidor público. Y lo está logrando. La lucha contra la burocracia, tumba de las mejores intenciones, es larga y es dura, pero los avances de esta década pueden ya comenzar a sentirse.

Se han mejorado muchísimos aspectos de la gestión en todas sus dimensiones y también se ha mejorado la coordinación interinstitucional, uno de los históricos problemas de la administración pública. Se creó el tercer nivel de gobierno y se articularon con eficiencia las políticas públicas nacionales con los gobiernos departamentales. Se instalaron más de 100 locales compartidos de organismos públicos en las localidades más pequeñas del país, para atender más cerca y mejor a la población. Se mejoró sensiblemente la gestión del Estado a través del gobierno digital, generalizando el expediente electrónico y haciendo posible que el 100% de los trámites se pueda realizar a través de internet. Los trámites que requieren presencia de una persona o gestores se han simplificado de manera notoria, reduciéndose en muchos casos más de un 80%, el tiempo destinado a su realización. Ya se encuentra a punto de completar el pago del 100% de los servicios públicos con billetera electrónica o a través de mecanismos financieros digitales alternativos.

También está decidida la creación de Centros Cívicos en todo el territorio nacional con énfasis en regiones más alejadas para reunir de manera eficiente los servicios de atención al público de diversas unidades.

El Sistema de Compras Públicas está siendo ampliado permanentemente e incluirá a toda la Administración Central, empresas públicas y gobiernos departamentales y municipales, convirtiéndolo en un instrumento de desarrollo productivo y social.

La modernización de la administración pública se siente en todos los niveles.

La burocracia comienza a ser una palanca al servicio del Uruguay productivo y solidario, deja de ser un palo en la rueda del desarrollo con equidad.

El FA rompió el mundo de las complicidades, estableció un modelo transparente de rendición de las cuentas públicas, hizo lo público cada vez más público y lo privado cada vez más privado

Abordemos ahora la quinta duda de los indecisos del 30 de noviembre, que están por votar en blanco, anulado, por Lacalle o por Tabaré.

Nos referimos a los falsos indicios de corrupción en un gobierno por definición y vocación, esencialmente incorruptible.

Voy a destinar poca tinta a esta invectiva, la más falaz de todas las que han lanzado los catedráticos de la estulticia, que se lanzaron como mastines ante verdaderos héroes que privilegiaron el bien común antes que su bienestar personal.

Qué desparpajo exhibe el aparato corleónico, ingenieros de las enormes redes capilares de la corrupción que permearon las últimas décadas de la vida del país, en tiempos de dictadura y en tiempos de democracia, al acusar a gobiernos de izquierda que pueden cometer errores, y los han cometido, pero sin contaminación de dolo alguno, con alguna aislada excepción que confirma la regla.

Los escasos procesamientos dictados admiten, incluso en sus autos, la ausencia completa de inmoralidad alguna, de enriquecimiento o intento de enriquecimiento personal.

En los recientes procesamientos sin prisión del ministro Fernando Lorenzo y del presidente del BROU Fernando Calloia, el propio acusador, el fiscal Gómez, confiesa en su dictamen que “en el curso de toda la investigación cumplida no emergen siquiera indicios de que las diversas conductas cumplidas por esos funcionarios públicos, estuvieran motivadas en propósitos espurios o en la búsqueda de provechos indebidos…”.

¿Dónde está entonces la corrupción denunciada por los mentirosos seriales?

Esos dos probos y eficientes hombres públicos actuaron de acuerdo a su conciencia para, como servidores del Estado, desprenderse de la herencia maldita de los gobiernos conservadores que pilotearon 60 años de fracasos de PLUNA, la aerolínea nacional que entregaron en ruinas tras signar un esperpéntico acuerdo con Varig, que impidió cualquier salida futura en el marco de la racionalidad.

Podían haber optado por la salida cómoda del “laissez faire, laissez passé”, pero decidieron entrar en riesgo optando por una difícil subasta que no pudo resolver el problema por factores imprevistos.

El error de la imprevisión es una cosa y el dolo es otra.

No hubo dolo, no hubo corrupción, hubo un acto patriótico en beneficio de la Nación. E injustamente fueron sancionados por un Poder Judicial que, en aras de la decencia y el Derecho, acaba de reconsiderar su decisión de primera instancia.

¿Qué otros casos de falsa corrupción de izquierda indican los truhanes de la política?

¿Acaso el de aquel director de Turismo de la Intendencia de Montevideo, que impaciente por acelerar gestiones que servían a la comunidad, puso la plata de su bolsillo, cometiendo el absurdo “abuso de su función” al sustituir personalmente la obligación del Estado? Otro acto heroico de un servidor público que se equivocó ejerciendo el delito de “impaciencia solidaria” en beneficio de la comunidad y cuya generosidad determinó que perdiera el cargo.

Aun en el polémico caso del director de Casinos Juan Carlos Bengoa, apoyado por Danilo Astori, un hombre del cual nunca fue puesta en duda su honestidad, quien aún sigue creyendo en la inocencia de su correligionario, es muy discutible la existencia de dolo.

El caso tiene todas las características de un verdadero “garrón” producto de errores ajenos a la mala intención. Y si realmente no fuera inocente, se trataría de una excepción que confirma la regla.

Esta década proba honra la conducta de una izquierda cuyo blasón principal ha sido la honestidad pública.

No voy a afirmar que la izquierda esté vacunada contra el virus de la corrupción, hija putativa del neoliberalismo. Su único antídoto son sus propios genes.

Concibo a la izquierda como un modelo educado en hacer el bien a los demás y a la derecha en hacer el bien a sí mismo.

Para la izquierda la corrupción es una traición a su mandato de vida, para la derecha es una anécdota sólo condenable por la pérdida de imagen del corruptor o el corrompido.

Los hay en ambos bandos de la vida, pero lo que en la izquierda ha sido una excepción, en la derecha muchas veces se ha convertido en regla. Basta con comparar la aguja en el pajar de hogaño con el elefante en el bazar de antaño.

El neoliberalismo fundó un sistema patrimonialista sostenido por una red de complicidades que protegió intereses creados, desdibujando la frontera entre el uso del patrimonio público y el patrimonio privado.

El gobierno frenteamplista rompió el mundo de las complicidades, estableció un nuevo sistema transparente de rendición de las cuentas públicas, hizo lo público cada vez más público y lo privado cada vez más privado, no toleró los actos de corrupción ni los errores dolosos y finalmente la sociedad hastiada pudo recuperar parcialmente  la virginidad de su mirada. Es un activo ético de la década ganada.

El 30 de noviembre los 73.379 sufragantes del Partido Independiente tendrán la oportunidad de probar si son de izquierda o no lo son

Apelaremos ahora a la conciencia de aquellos ciudadanos que se dicen de izquierda marxista o de izquierda ambientalista o de izquierda liberal y no acompañaron con su voto al Frente Amplio. O votaron en blanco o anulado, o votaron a la Unidad Popular, o al Partido de los Trabajadores o al PERI o al Partido Independiente y hoy tienen que optar por la fórmula de la derecha, Lacalle-Bordaberry, que unieron explícitamente sus fuerzas, o la fórmula de la izquierda progresista Vázquez-Sendic, o por ninguna de las dos.

Comencemos por los 73.379 ciudadanos que votaron al Partido Independiente.

Sus dirigentes decidieron no inclinarse por la fórmula de la izquierda ni por la fórmula de la derecha. Dejaron a sus seguidores en libertad de acción. Es un caso curioso que una organización que se dice la “otra izquierda” (la otra mano que hay es la derecha, no hay otra mano, salvo en partos degenerativos) le dé lo mismo que gane la derecha más rancia, Lacalle-Bordaberry, que una izquierda que obtuvo el 49.5% de los votos válidos y que precisamente el Partido Independiente es el único de los que no tienen chance en la segunda vuelta, que no puede objetarle al Frente Amplio su condición de izquierda.

Puede sí objetarle, a diferencia de las críticas de los tres partidos radicales AP, PERI y PT, que el FA se pasa de izquierdoso, que apoya demasiado a los sindicatos, que ve con buenos ojos al movimiento  gremial y combativo de los estudiantes, que exagera con el matrimonio igualitario, la legalización de la marihuana, la despenalización del aborto y múltiples banderas más de la izquierda tradicional. Pero lo que no puede hacer es decirles a sus votantes que le da lo mismo el joven neoliberal Lacalle Pou que el experimentado militante socialista Tabaré Vázquez.

¿O acaso los líderes del Partido Independiente están deseando y no lo pueden confesar, porque negarían su condición de “otra izquierda”, que triunfe en el balotaje la derecha pura y dura de la fórmula Lacalle-Bordaberry, para que el voto 16 del Senado quede en manos de la restauración, perdiendo el Frente Amplio la mayoría parlamentaria en el Senado, convirtiéndose el Partido Independiente en el fiel de la balanza?

Me niego a considerar tamaña mezquindad y renuncia a los principios fundacionales de esa formación política que se proclama de izquierda, y que en su fórmula incorporó a Conrado Ramos, un ciudadano que procede de las entrañas del pensamiento socialista y que, estoy seguro, entre Lacalle y Vázquez no dudará ni un instante. Como tampoco dudarán muchos millares de esa autodenominada “otra  izquierda”.

Personalmente creo que el Partido Independiente no es un partido de izquierda. No se plantea en su orden del día la transformación de las estructuras de la injusticia y la desigualdad, ni el orden económico que las sustenta. Desconfía del Estado, único bastión que en manos de la izquierda puede poner límites a la hegemonía del capital. No se siente cómodo combatiendo el neoliberalismo, ni con el crecimiento de un movimiento sindical que cree que la fuerza de trabajo incorpora más valor que la fuerza del dinero. Minimiza la realidad de la alienación social. Descree de la realidad de la oposición de intereses de clases. Se opone a la ley de medios porque no entiende la diferencia entre noticia bien social o noticia mera mercancía y confunde, a veces deliberadamente para no enfrentarse al poder mediático, libertad de prensa con  libertad de empresa. El antimperialismo le suena a eslogan vacío de contenido y la política exterior de la izquierda frenteamplista, aliada a los gobiernos que hoy están construyendo la Patria Grande contra la balcanización a que fuimos sometidos, no es de su agrado.

Al Partido Independiente lo identifico más cerca de la socialdemocracia conservadora, a la que en el pasado se definía como sajona, enfrentada a la socialdemocracia mediterránea situada más a la izquierda del espectro.

No veo al Partido Independiente cercano a las posiciones de aquella socialdemocracia  austríaca conducida por Bruno Kreisky, la socialpartnerschaft, que cuestionaba el camino antimarxista seguido por sus marxófobos camaradas alemanes, ingleses, suecos y holandeses. Lo veo muy cerca de la socialdemocracia alemana que en 1959 en BadGodesberg, en menos de 15 minutos de discusión impuso su resonante “adiós al marxismo”, borrando de sus estatutos el temido vocablo que alumbró las transformaciones sociales del siglo pasado.

Los padres fundadores de la socialdemocracia del Siglo XIX, el revisionista Eduard Bernstein o los del “camino intermedio”, Karl Kautsky y Jean Jaures, que bregaban por la transformación gradual del capitalismo en socialismo no se sentirían nada cómodos con las posiciones antifrentistas del Partido Independiente.

Su reciente decisión de considerar que es lo mismo elegir en este balotaje a la socialdemocracia de izquierda o al neoliberalismo de derecha, los deja afuera de la matriz fundacional de la socialdemocracia histórica que por momentos, como lo definió Michael Harrington, intentaba la utopía imposible del capitalismo socialista.

El 30 de noviembre sus sufragantes tienen la oportunidad de probar si son de izquierda o no lo son. La ética de la responsabilidad se los demandará.

Estamos viviendo una etapa de capitalismo de Estado, un neodesarrollismo de izquierda, engarzado en la tradición emancipatoria de los fundadores del Frente Amplio

Analicemos ahora la situación de los 26.869 votos de la Unidad Popular (el seispuntista 26 de Marzo como pulmón del grupo testimonial) y los 3.218  sufragios del Partido de los Trabajadores, ambos de clara definición marxista-leninista.

No sumamos a esos dos grupos al Partido Ecologista Radical Intransigente porque su máximo dirigente ha proclamado que no son ni de izquierda ni de derecha, sino de la tierra. Sobre ese grupo, también testimonial que no obtuvo curul alguno en la Cámara Baja, registrando 17.835 votos, hablaremos separadamente.

En esta reflexión debemos sumar también a buena parte de los 44.688 sufragios emitidos en blanco y los 33.410 votos anulados, engrosados con ciudadanos de izquierda, votantes tradicionales del Frente Amplio desencantados por la política reformista y no anticapitalista del gobierno progresista y que decidieron no acompañar tampoco a los partidos testimoniales de la ultraizquierda o al ecologismo radical, optando por el voto inútil, en blanco o anulado, como forma de manifestar su disenso.

Uno de esos ciudadanos frenteamplistas cobró recientemente notoriedad al hacer pública su decisión de votar en blanco ante la política reformista del gobierno progresista. Lo citamos como un símbolo de frentistas desencantados, que no están de acuerdo en sumar sus voluntades a la “extreme gauche” y, sin embargo, prefieren anular su voto.

Nos referimos a Hoenir Sarthou, una persona a quien respeto intelectual y humanamente, hijo de un político íntegro, Helios Sarthou, con quien compartí en la Agrupación Nuevas Bases, cantera del revisionismo histórico y usina de la incorporación del nacionalismo popular al Frente Amplio, la fatigosa travesía del populismo al socialismo. A Hoenir y a los hijos del desencanto también van dirigidas estas reflexiones.

Lo primero que hay que decirles a los desencantados de izquierda, es que los programas del Frente Amplio, aprobados en congresos legítimos y transparentes, en los cuales ellos mismos participaron, no proponen al socialismo como objetivo de la etapa, ni siquiera como objetivo del período. Su proyecto no es anticapitalista, en el sentido de la sustitución de un sistema por otro.

Es un programa de liberación nacional, emancipador, antimperialista, enfrentado al neoliberalismo, que busca cortar de raíz las perversiones inhumanas del capitalismo financiero, sin apartarse de ese modo de producción hegemónico en el mundo globalizado, acercándose más al keynesianismo y a una especie de capitalismo de Estado.

Sus metas son el desarrollismo nacional distribucionista en las fronteras del capitalismo dependiente periférico, con las armas de la participación popular, la solidaridad social, la equidad distributiva y la honradez administrativa.

No deben por tanto asombrarse los desencantados de izquierda por descubrir que no es un proyecto anticapitalista. Aunque notoriamente el programa progresista busca desarmar las aristas predadoras de ese sistema y aproximarse todo lo que la realidad permita al humanismo socialista, al que aún no le ha llegado su hora como forma definitiva de organización de la familia humana.

No es un programa socialista, no es anticapitalista, pero camina hacia un nuevo sistema, un nuevo paradigma que, garantizando la plena libertad, termine con la explotación del hombre por el hombre. Creo que fue Daniel Olesker quien lo definió como protosocialista.

Hoy el gobierno frentista pasa por una etapa de capitalismo de Estado, que podríamos definir como neodesarrollismo de izquierda, sin desertar de la tradición emancipatoria de sus padres fundadores.

Y con ese programa la década frentista inició las cinco reformas que se había propuesto: la reforma productiva, la reforma distributiva, la reforma social, la reforma del Estado y la reforma institucional, en un camino erizado de dificultades culturales que ha venido superando lenta pero eficazmente.

¿O acaso no perciben los desencantados lo que se ha avanzado en la lógica anticapitalista de la igualdad?

La lógica de la igualdad nada tiene que ver con el capitalismo. La lógica del lucro y la desigualdad es la del capital. Esta década exhibió al polo de la igualdad y la solidaridad enfrentándose contra la desigualdad y el lucro como motor de la vida.

Norberto Bobbio explicaba en sus escritos que la esencia de la izquierda es el igualitarismo, no como la utopía de una sociedad donde todos son iguales en todo sino como tendencia a exaltar lo que convierte a los hombres en iguales respecto a lo que los convierte en desiguales.

¿Creen los desencantados que esta década no exhibió una política tendiente a convertir en más iguales a los desiguales? ¿No fue acaso cercada la patria financiera y especuladora por la patria productiva e inclusiva? ¿No volvió la izquierda uruguaya a poner de pie al Estado erigiéndolo como escudo de los débiles, alejándose de aquel Estado conservador, hegemonía acorazada de los fuertes? ¿No estiman que algún kilómetro se recorrió en el largo y sinuoso camino hacia una forma superior de democracia, enriqueciendo a la democracia representativa con los efluvios de la democracia participativa, cuyo horizonte utópico viene siendo tenazmente reclamado en un mundo implacablemente globalizado?

Llegamos al gobierno tras décadas de paciente y penoso trabajo social, intelectual y espiritual, en las fronteras de lo que parecía posible, alimentados por la energía moral del sesentismo. Y nos encontramos con un mundo distinto. Llegamos cargados de respuestas, pero nos habían cambiado las preguntas. Y lo primero que debimos hacer fue, más que obrar como hombres de pensamiento, pensar como hombres de acción.

La política no es una ciencia abstracta sino ferozmente concreta. Cambiar la realidad, iniciar las transformaciones en un clima cultural adverso, en un mundo unipolar, era imposible sin políticas realistas, sin aliados que no pensaban exactamente igual, sin gradualismo, sin paciencia franciscana.

Las transformaciones tenían que venir por etapas. La breva no estaba madura para arrancarla de un tirón.

Mucho bien les haría repasar la historia.

La Revolución Francesa no fue el asalto a la Bastilla. Antes tuvieron que caer bastillas sociológicas y patrones de conducta mucho más profundos. La Revolución Francesa estuvo precedida de enormes cambios en la conducta social. Alguna enseñanza nos dejó.

La izquierda uruguaya al acceder al  poder dando un golpe de timón a 150 años de historia conservadora tuvo que salir del enclaustramiento de la cultura de oposición para pasar a la cultura de gobierno. Ghetto testimonial y confortable al que parecen extrañar algunos desencantados.

Y cuando hablamos de desencantados nos referimos a los que emigraron del Frente, no a los desencantados que inteligentemente se quedaron con la crítica de la razón en sus mentes, dando la batalla interna, empujando más hacia la izquierda a la única herramienta posible: el Frente Amplio, llave maestra con capacidad de abrir la puerta para pasar de una sociedad a otra.

Los 77.000 votos de “Casa Grande”, flamante agrupación política liderada por Constanza Moreira, desencantada con algunas políticas mayoritarias del Frente Amplio, quien obtuvo la proeza impensable de retener la banca que le había sido adjudicada generosamente por el MPP, saltando al vacío sin red de protección, exhibe la virtud de la crítica interna fraterna frente al vicio de la deserción impaciente.

Había que elegir entre el radicalismo verbal que no conduce a nada y la acción política moderada que realizara cosas radicales

Y así se llegó al 1º de marzo de 2005, en medio de las fanfarrias de la obertura, intentando descifrar el cómo del porqué.

Había que elegir entre el radicalismo verbal que no conduce a nada y la acción política moderada que realizara cosas radicales. Se optó por lo segundo. Fue necesario conceder lo secundario para preservar lo principal. El precio fue pagado en cuotas y con creces fueron los resultados que constituyen un haber nada despreciable, como base de sustento de las nuevas etapas de transformaciones que se avecinan.

Personalmente no me incluyo entre los que consideran a la UP, al PERI, al PT, traidores izquierdistas que le hacen el juego a la derecha y mucho menos adopto ese juicio para los que emigraron hacia el voto en blanco o anulado.

Siempre es bueno tener un tábano para mantener despierto al noble bruto.

Con esos sectores discrepo con su nihilismo, con su adscripción a la vieja escuela uruguaya del escepticismo seguidora de Pirrón el amargo, con su implacable encono parricida con el Frente Amplio, con su ausencia de un proyecto posible y realizable, con su estrabismo político, con su decisión de no dar la pelea en el lugar que incide, con su apelación al voto anulado, y con que aún no hayan podido pasar del estado de secta a partido, instalándose en la complacencia sectaria y maniquea que observa todo desde la admirable farsa simplificadora de lo negro y lo blanco.

No han sabido leer aún que las sociedades no se suicidan, saben reconocer la diferencia entre lo extraordinario y lo imposible. Lo extraordinario es el Frente Amplio en el poder, lo imposible sus propuestas sin destino.

Todo esto dicho sin que por un instante pretenda acusarlos de infiltrados de derecha en el campo popular, disfrazados de lo que no son.

Lenin tampoco los acusaba de traidores. En su ensayo contra el ultraizquierdismo, “Enfermedad infantil del comunismo”, no consideraba ese fenómeno un pecado, sino una enfermedad, tan infantil como contagiosa, como podrían ser las paperas o el sarampión. También es cierto que Vladimir Illich sostenía que sería beneficioso contagiarse la enfermedad una sola vez en la adolescencia de la vida porque “esa dolencia no implica ningún peligro y una vez superada, el organismo se vuelve más robusto”.

El padre del socialismo soviético consideraba esa desviación política una peligrosa  falta de madurez combinada con un deseo impaciente de pasar por alto las etapas intermedias del proceso gradual de crecimiento y desarrollo, saltando de un brinco hasta la última fase proyectada, según describe Bruno Bosteels en sus tesis.

No se puede galopar hacia la revolución sin tener, como decía Plejanov, “herradas las cuatro patas”

O como amonestaba Plejanov, a los socialistas ingleses que querían galopar hacia la revolución proletaria sin tener “herradas las cuatro patas”, según su expresión favorita, recordada por Lenin.

Creo que a la extrema izquierda uruguaya, después de una década de experiencias y desaciertos, la adolescencia ya le quedó atrás y no ha habido ninguna vacuna que la cure.

No dudo que es gente de izquierda, en origen, en historia, en sus luchas y en sus utopías. Siempre creí que las marmitas del futuro también se calientan con el fuego de los sueños. No me voy a desmentir ahora.

Creen que el socialismo sigue siendo el horizonte insuperable de nuestro tiempo. Yo también.

Que no es otra cosa más que el ascenso del hombre del reino de la necesidad al reino de la libertad. Yo también lo creo.

Sostienen que la izquierda debe querer transformar al mundo, no administrarlo y que si no, no es izquierda. Yo también lo sostengo.

¿Cuál es entonces la diferencia? Ellos carecen de una alternativa real y posible a lo que se critica. El Frente Amplio la tiene. Ellos no la poseen y por eso se fueron en lugar de bregar por la antítesis que culminara en una nueva síntesis dialéctica. Por pequeña que fuera la síntesis resultante, estaría justificada su existencia. Hoy la síntesis que obtuvieron es sólo degustable en cenáculos cuasi secretos donde el pueblo no tiene participación alguna.

No se puede criticar si no se posee una alternativa real a lo que se critica.

Es una lástima que habiendo sido compañeros que sembraron, junto a los mejores hombres y mujeres del Frente Amplio, aquellas semillas sesentistas, cuando todo parecía una brega de eternidad, integrando fuerzas minoritarias, arrinconadas, marginales, y tras una tenaz construcción durante largos años de desierto, sin recibir ni el pan ni la sal de la hegemonía, cuando finalmente se alcanza la tierra prometida, y hay que arremangarse y meter las manos en la masa de la árida gestión, respirando el aire viciado de la realidad, cuando estamos obligados a aplicar la ética de la responsabilidad, toman la decisión de retornar al desierto anacoreta de la nada.

Por momentos se refugian en un consignismo sin destino. Cuando gritan “abajo la globalización” me recuerdan el sabio apunte de Fidel Castro en sus escritos docentes: “Eso es como gritar abajo la ley de gravedad”.

Cuando el radicalismo se convierte en mera gimnasia para desarrollar los músculos, pierde sentido el pensamiento pero también la acción. Se parece a ese telegrama, que comentaba Alfaro en “La vereda del sol”: “Adherimos huelga, manden motivos”. Es el radicalismo, no como medio sino como fin en sí mismo.

Pero cuando objetan con razones y propuestas, como cuando cuestionan la renuncia fiscal a las megainversiones extranjeras que entienden están subsidiadas, o critican la pesificación de la deuda en unidades indexadas, o el modelo de fronteras abiertas, o la bancarización obligatoria de las transacciones monetarias o lo que definen como “dictadura del equilibrio fiscal”, en fin, las claves de la política económica seguida en esta época progresista, ahí sí, más allá del desacierto de sus planteos, adquiere legitimidad su discurso para obligar al debate. Debate al que los dos gobiernos de izquierda nunca se negaron y que se lleva a cabo todos los días en el ejercicio del arte y la obligación de gobernar en el seno de la sociedad civil y política.

Coincidimos con todos los objetores de izquierda en que aún no pasamos del reino de la necesidad al reino de la libertad. Coincidimos en que aún hay mucho paño por cortar. Que la emancipación no se ha logrado.

Pero si detenemos un instante la marcha y miramos para atrás, y actuamos con honestidad intelectual, no podemos dejar de admitir que hemos caminado con botas de 7 leguas que dejaron lejos en el horizonte las fronteras del Uruguay desigual.

Hoy la democracia progresista uruguaya es cien veces más justa que la democracia conservadora que la precedió, pero aun es injusta

¿Quién puede dudarlo? Lo que no dudamos es el desacierto del camino desertor elegido por los objetores de izquierda.

Las contradicciones en la izquierda existen y seguirán existiendo pero se resuelven dialécticamente. Toda tesis genera su antítesis, así se construye la síntesis.

No se construye optando por la huida hacia adelante, sino participando en las instancias de un debate honesto sobre las contradicciones que pesan en la izquierda, porque la búsqueda del nuevo paradigma conlleva fraternal confrontación ideológica, superación dialéctica de las diferencias, ensayo y error permanente, avanzar dos pasos y saber retroceder uno, sin rasgarse las vestiduras ante la primera duda cual puras vestales de un templo teórico que no transforma ninguna realidad.

Y en ese debate legítimo, que se han negado a dar institucionalmente, optando por la deserción, lógico es que se dirima finalmente de acuerdo a la opinión de las mayorías. No podría ser de otra manera.

Pero la existencia de una minoría que empuja hacia la izquierda nunca es inútil, sino necesaria para la construcción del nuevo paradigma que nuestra civilización requiere.

El problema de estos grupos testimoniales no es que sean minorías. Todas las mayorías comenzaron siendo minorías. El Frente Amplio es el mejor ejemplo de una minoría cuyas semillas se transformaron en poderosos robles.

Estos grupos testimoniales no están disputando ideológicamente con enemigos de clase, sino con dirigentes que portan en sus alforjas toda una vida de luchas y conductas libertarias y socialistas, que en muchos casos, abonaron con años de prisión, torturas, vejaciones y suplicios por no renegar de lo que pensaban, y hoy en el poder hacen lo mejor que pueden y les permite la correlación de fuerzas, en aras de la emancipación de su pueblo, sin buscar ningún rédito personal, salvo la gratificación de sus conciencias.

Pero no olvidemos la finalidad de esta reflexión. No es la vuelta del hijo pródigo, que hoy no parece ser ni pródigo ni hijo. Es apelar a lo profundo de sus conciencias para que reconsideren su insensata decisión de creer la misma cosa el pueblo en marcha emancipadora, representado por la fórmula frentista, y al neoliberalismo que se resiste a ceder posiciones, engarzado en los pliegues de la fórmula thermidoriana del Partido Conservador representada por Lacalle-Bordaberry.

Sumar sus votos en el balotaje al Frente Amplio, cuando ellos no compiten por nada propio, sólo implica reconocer que el reformismo de izquierda no es lo mismo que la reacción de derecha.

Y salvo que hayan adherido a la política del “tanto peor, tanto mejor”, no tienen otro camino posible que dignificar su voto contra la fórmula de la derecha, si son de verdad marxistas y creen en la ley del desarrollo de la historia humana, descubierta por el genio de Tréveris.

El 30 de noviembre piensen, por lo menos, que están votando por un país que en esta década se transformó en el menos desigual de todo el continente y que debe enfrentarse a la santa alianza de los dos partidos fundacionales, al poder económico en manos de la oligarquía y al poder mediático cuasi monopólico que le sirve de intelectual orgánico, difusor de ideas y manipulación de las conciencias.

Piensen si las diferencias con el Frente Amplio les autorizan a ser meros espectadores de la lucha que la mitad de la población que se manifestó en octubre por la fórmula progresista mantiene contra el peligro neoliberal, cuyas exequias aún no se han celebrado, ni en el mundo ni en nuestro país.

Un peligro nacido en abril de 1947 a las faldas del MontPélerin, en los Alpes suizos, cuando Milton Friedman, Friedrich von Hayek y Karl Popper fundaron la secta neoliberal con el objeto coyuntural de destruir la hegemonía keynesiana, maniatar al Estado igualitario -“destructor de la libertad de los ciudadanos y de la vitalidad de la competencia, dos factores de los cuales depende la prosperidad general”- e instalar en el mundo, como bien lo explica Marco Antonio Moreno, la idea fuerza de la desigualdad como el valor positivo del cual requieren las sociedades para avanzar y crecer: “Esto no es otra cosa que la tesis del salvajismo y la selección natural de Spencer, en la cual sólo las especies más idóneas logran adaptarse y sobrevivir a los cambios”.

El neoliberalismo, fase final postrera del capitalismo, ya probó su poder de fuego en los 90. De las ruinas humeantes que dejó en nuestras sociedades surgieron en América, la pobre, las banderas del progresismo de izquierda. Pero, aún es fecundo el vientre que parió a la bestia. Está agazapado y adopta mil formas. ¿Quién podía pensar que en el Uruguay del Siglo XXI, tras una década de izquierda, la fórmula que se opondría al progresismo estaría formada por los sectores más neoliberales de los dos partidos tradicionales?

¿Es posible ser neutral y dormir tranquilo en esta coyuntura erizada de peligros, donde sólo existe una fuerza real y mayoritaria que los detenga?

La justicia social y la justicia ambiental deben constituir un matrimonio perfecto pero hoy duermen en camas separadas

Sólo nos resta, para culminar esta carta abierta, referirnos a la rebelión ambientalista que se llevó 17.835 votos del Frente Amplio (el 0.77% de los votos válidos) al conjuro de la defensa sin concesiones de la ecología en peligro.

El sayo de los conceptos que anteriormente señalé para la extrema izquierda, bien le pueden caer a este movimiento, ya que no existe mejor espacio político para defender los derechos ambientales que el programa del Frente Amplio, pionero en estos postulados desde hace 45 años, cuando se entrometió en la vida de una sociedad a la que le cambió su destino.

Sin embargo es cierto que al alcanzar el gobierno se produjo una contradicción, que aún no ha sido resuelta satisfactoriamente, y su solución es centro de intensos debates y figura en los principales órdenes del día de la gran coalición.

En la defensa del medio ambiente, la izquierda uruguaya y su instrumento de masas, no puede ceder el lugar de vanguardia a nadie.

Ningún frentista tiene dudas de que 200 años de capitalismo, de desarrollo y crecimiento ad infinitum, de consumismo desenfrenado e irracional, están destruyendo el fundamento natural de nuestra existencia como especie.

Rudolf Bahro no titubea en el diagnóstico de la tragedia: “Estamos en camino de herir mortalmente la vida en la Tierra, es decir, la biósfera que nos ha generado evolutivamente. Nuestro éxito acarrea que las plantas y los animales se mueran, no como individuos sino como especies. Envenenamos la atmósfera, la calentamos hasta el punto que, no sólo local sino globalmente, la autorregulación del clima se pierde. Lanzamos millones de sustancias químicas sobre seres humanos, animales, plantas, tierra y mar, sin poder calcular las consecuencias”.

La destrucción de la naturaleza por la acumulación industrial en el Primer Mundo, al que se unen ahora China y la India, parece ser el principal jinete del apocalipsis bíblico. Se trata de una tragedia civilizatoria.

El consumismo internalizado por los gerentes del modo de producción hegemónico, en el corazón de las masas, lo han convertido en sinónimo de la felicidad humana. A la felicidad sólo se puede acceder a través  del consumo. Compro luego existo parece ser la piedra filosofal de la época. Si los 7.500 millones de seres humanos consumiéramos en igualdad de condiciones, no alcanzarían varios planetas para satisfacer esa demanda igualitaria. El hogar del ser humano no lo resistiría.

La izquierda debe recuperar las fuentes clásicas del Siglo XIX, la fuente libertaria basada en el individuo, la fuente socialista centrada en la sociedad, a la que hoy en el Siglo XXI es necesario agregar la tercera fuente que completa la tríada de la liberación humana: la fuente ecológica.

Pero si todo es tan claro, por qué aparecen los PERI, acusando a la década progresista de ignorar la cuestión ambiental, de no proteger la tierra, de no limitar el consumismo, de no impedir los avances extractivistas, de no prohibir la minería de cielo abierto, de no proteger los acuíferos amenazados por gigantescas montañas madereras.

Porque en este tema, el perezoso reduccionismo del problema, o blanco o negro, o ambientalismo o destructivismo, no resuelve nada.

Para un país inmerso en el capitalismo dependiente, país periférico de las economías centrales, como el nuestro, es imposible no considerar las cuestiones ambientales como trabas al crecimiento económico.

Creo que la justicia social y la justicia ambiental deben constituir un matrimonio perfecto. Pero hoy duermen en camas separadas.

Quieren que el sacrificio de la defensa ecológica, enlenteciendo el desarrollo industrial, esté a cargo de los países pobres para que los países ricos sigan creciendo

La izquierda uruguaya en el poder, así como los gobiernos progresistas que hoy administran la mayor parte de nuestro continente, han utilizado el nacionalismo extractivista para obtener buena parte de los ingresos necesarios en la lucha contra la desigualdad, la pobreza, y la construcción del bienestar de sus pueblos.

Los grandes países industrializados, con EEUU el predador número uno a la cabeza, exhortan a los países dependientes a que reduzcan sus emisiones de dióxido de carbono, cuya acumulación recibida por la atmósfera es la más alta desde hace 2 millones de años, mientras ellos aprietan el acelerador de la producción ilimitada y el consumo irracional en un mundo regido por la plusvalía y la desmesura.

En otras palabras, el sacrificio de la defensa ecológica, enlenteciendo el desarrollo industrial, debe estar a cargo de los países pobres, para que los países ricos sigan creciendo.

Hay incluso campañas de publicidad nacidas en los países industrializados, dirigidas a los países en vías de desarrollo, exhibiendo las bondades de los productos ecológicos. Es que el enemigo predador es astuto e intenta convertir a la ecología en el nuevo chiche de la sociedad de consumo. Hasta la onda “Greenpeace” les sirve para desviar la atención de las esencialidades.

Lo mismo pasa con los llamados Mecanismos del desarrollo limpio, inventados por los países industrializados, que al decir del biólogo Sergio Federovisky, “en buen romance supone que los EEUU pueden comprar el derecho a seguir contaminando la atmósfera, con sólo prometer que destinarán algunos millones de dólares a proteger un tramo de la selva de la frontera noroccidental de la isla de Borneo, en donde vive una especie de ornitorrinco zurdo”.

En esa trampa los gobiernos progresistas, inmersos en economías dependientes, no pueden caer y al mismo tiempo están obligados ante su pueblo a defender su tierra, su suelo, su agua, su aire, el medio ambiente.

El gobierno frentista es el único que podrá resolver la contradicción entre gasto social y defensa ecológica, entre justicia social y justicia ambiental y es el único porque su razón de existir es hacer realidad el sueño milenario de justicia, igualdad y libertad en una tierra protegida y emancipada.

El presidente Mujica, criticado por algunos sectores ecologistas por no someter sus políticas a la voluntad ambientalista, creo que ha actuado privilegiando las urgencias de su pueblo, ganando tiempo para dirimir la contradicción, al mismo tiempo que se convirtió en uno de los más elocuentes profetas del anticonsumismo, desnudando la patología de la oniomanía (ya los griegos la definían como locura por las compras) que enferma a la par que empobrece al adicto y compulsivo consumidor.

Está convencido de que la sociedad de consumo es la multiplicación de las necesidades innecesarias, y esto también es defensa de la ecología.

Sus reflexiones semanales en las ondas radiales nos hacen pensar que no debemos perder la batalla cultural contra el modo individualista de un consumo impulsado por la propaganda, la filosofía del éxito personal a cualquier costo, la dictadura del mercado y el imán de los shopping, paradojalmente convertidos en centros de aislación y desmovilización.

En Uruguay no existen los grupos terapéuticos de “compradores anónimos”, pero sería bueno que se instalaran pronto si creemos en lo que dice el director de la Fundación Manantiales, Pablo Rossi, citado por el diario El País: “La adicción a las compras es más ardua de vencer que la adicción a la cocaína”.

Tanto Vázquez como Mujica piensan, con razón, que los que trajeron la enfermedad y se benefician con ella, deben aportar los remedios y no exigírselos a los países que se encuentran en una fase de justicia social atrasada y requieren destinar esos recursos, no a los remedios del mal, sino al gasto social demandado por sus expoliados pueblos.

De todos modos, el presidente Mujica y el candidato del Frente Amplio Tabaré Vázquez, han asumido el compromiso de resolver la contradicción contemplando todas las piezas del rompecabezas, con la mira puesta en el bienestar del pueblo y la protección del solar de la patria.

Los 17.835  votos del PERI, deberán optar entre el neoliberalismo predador o el instrumento que mejor defiende los derechos de la gente a vivir en una tierra protegida del ataque ilimitado al medio ambiente.

Voten, súbanse a los corceles, y sientan el trepidar de los cascos de la historia, esta vez con las herraduras puestas

Hemos llegado de esta manera al fin de esta carta, para persuadir a los que quedaron fuera del juego de que no sean meros espectadores y pasen a ser protagonistas de la historia del nuevo quinquenio de crecimiento con equidad.

El domingo 30 de noviembre un joven abogado de 41 años, procedente de una familia donde se respiró siempre el zoom politikon, sin experiencia en el manejo de las riendas de un país, desafía a la izquierda uruguaya representada por el veterano oncólogo Tabaré Vázquez, de amplio protagonismo en la administración del Estado, quien dirigió la capital del país durante 5 intensos años y la Presidencia de la República en el primer gobierno progresista de la historia uruguaya.

El objetivo del Frente Amplio es obtener la mejor votación de todos los tiempos, para que la inmensa mayoría de su pueblo lo acompañe en la nueva y tercera etapa transformadora.

Para ello, no sólo es necesario persuadir en los días que faltan a 200 mil ciudadanos, del centro y de la izquierda del espectro político que no acompañaron en la primera vuelta al candidato de las mayorías progresistas, sino que es necesario no subestimar ni denigrar al representante de un neoliberalismo “por la positiva”.

Luis Lacalle Pou tuvo el coraje de arriesgarse, sin experiencia alguna, a defender una causa indefendible, la de la derecha neoliberal, disfrazándola con los ropajes marquetineros del eslogan “por la positiva”, cuando esa filosofía de positivo no tiene nada y de predación tiene todo.

Al elegir una de las vocaciones más nobles del ser humano, cual es la acción política, denostada por décadas de democracias prebendarias, abandonando el confortable refugio de una vida sin zozobras, para elegir el implacable juicio colectivo de sus ciudadanos, merece todo nuestro respeto.

No confundamos a Luis Lacalle Pou y su postura “positiva”, que busca negar los antagonismos, intentando mimetizarse con los logros progresistas, con un invertebrado ideológico, una ameba, alguien que carece de espina dorsal.

Es portador de una sólida columna vertebral -no me refiero a la que le permitió realizar el show de la bandera- sostenida a su vez por los órganos internos de la derecha política y el neoliberalismo económico.

Es un enemigo en el verdadero sentido del término. Enemigo de nuestras ideas. Enemigo digno, respetuoso y respetado, pero enemigo al fin.

No confundamos los términos, hoy que está tan en boga hablar de adversarios para disimular la entidad de la confrontación que divide nuestras ideas. Adversarios son los integrantes de dos equipos de fútbol, que se enfrentan para ganar una copa. No son enemigos. Lo importante es competir. El objetivo es el deporte. Cuando el objetivo es la felicidad de los pueblos y se enfrentan dos ideas radicalmente opuestas, donde una plantea la sumisión y la otra la emancipación, esas ideas no son adversarias, son enemigas. Dejemos los eufemismos a un lado, que la política no es una ciencia abstracta sino concreta y encarnada en la vida.

Queda mejor hablar de adversario. Oculta más los antagonismos, pero sin precisarlos es imposible construir hegemonía y construir persuasión.

Las luchas políticas se ganan si existen antagonistas. Idea contra idea es la fórmula. Idea contra idea, sin maquillaje ni disimulos y sin creer que se trata sólo de matices. Es la manera en que debe plantearse la confrontación a un candidato que optó inteligentemente por negar los antagonismos, porque no le sirve la comparación.

Hemos escrito esta larga misiva saltando el muro de los conceptos para bajar a la tierra de las palabras que los explican y les dan vida.

Intentamos con estas reflexiones envasar un antídoto contra la seducción de la neutralidad. No comulgamos ni con Pirro ni con Pilatos. Para seguir cambiando hay que poner el sufragio, para abstenerse basta poner excusas.

El 30 de noviembre hay que derrotar la pereza intelectual, que es la madre de todas las abstenciones.

Las luchas políticas se ganan también con narraciones y, como apunta Gabriel Delacoste, con identidades, entusiasmo, enemigos, proyectos y trascendencia y estas construcciones subjetivas se deben pensar y articular estratégicamente.

En esta gran aventura de la transformación los invitamos a buscar el domingo 30, con su voto, la verdad más que la aprobación, la esencia más que la conformidad, el honor más que la condecoración, el servicio más que el ascenso y el bienestar del pueblo más que el poder.

Voten, súbanse a los corceles y sientan el trepidar de los cascos de la historia, esta vez con las herraduras puestas.

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