Así fueron burlados los Servicios de Inteligencia

La historia secreta de cómo el presidente de Fucvam llegó a la plaza de Punta del Este

Seis y cincuenta del jueves 16 que, a juzgar por la temprana temperatura, promete ser una jornada de calor agobiante. Somnoliento aún por el madrugón, me separo del grupo de caminantes apostados frente a la sede de la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (Fucvam), ubicada en Víctor Haedo 2219. Chequeo si en la mochila traigo los elementos de trabajo necesarios para la tarea que me aguarda. Grabador, una casete, dos lapiceras Bic y una libreta de anotaciones. Caigo en la cuenta de que me quedé sin cigarillos. La jornada promete ser larga y agotadora. Decido separarme del centenar de personas que aguardan aún la llegada del resto para iniciar su peregrinaje, y voy por mi dosis diaria de nicotina. Por Haedo, entre Paullier y Requena, una Traffic blanca estacionada en sentido a la sede de los cooperativistas me llama la atención. Disminuyo el paso y, casi ya frente al vehículo, me detengo. Reviso mis bolsillos en busca de algún imaginario objeto extraviado. La jugada me da tiempo suficiente para observar a los dos hombres apostados en la Traffic.

El que está al volante tiene una camisa blanca de mangas cortas y usa lentes negros. El acompañante un buzo claro. Y fuma. En silencio. Atentos observan al grupo de personas y banderas que se encuentran a unos ochenta metros. Vuelvo a observar mi reloj: 7.15. La anécdota es apenas una muestra de las tantas ocurridas durante la marcha que se extendió durante tres jornadas hacia el balneario puntaesteño en reclamo de vivienda y en exigencia que los cien millones de dólares, recaudados durante el 2002 a través del impuesto Fondo Nacional para Viviendas –y aprobado por el Parlamento–, se destine con el fin para el cual fue creado. En realidad, desconociendo al Poder Legislativo, el Ejecutivo lo volcó a Rentas Generales. Esa especie de agujero negro donde lo que en este caso debía ser invertido para paliar el déficit habitacional de la población, fue destinado a reducir el déficit fiscal

Durante el trayecto, primero por avenida Italia, pasando por avenida Giannattasio y la ruta Interbalnearia, la sucesión e intercambio de autos, nunca más de dos a la vez, con efectivos de Inteligencia apostados a lo largo del camino, fue moneda corriente. Incluso dentro de la marcha no fue difícil detectar algunos de ellos, sudando y sufriendo al astro rey a la par de sus «compañeros» de ruta.

Es más, cuando los manifestantes hicieron un alto para almorzar, cenar y reponer energías en los tres campamentos previstos, los efectivos de los Servicios de Inteligencia allí estuvieron. En realidad, si no fuera por lo preocupante de la situación –un grupo de ciudadanos libres manifestando pacíficamente en un Estado de Derecho siendo objeto de una operativo de Inteligencia–, llamaría a la risa.

En momentos que los principales dirigentes de Fucvam decidían concurrir a los baños químicos dispuestos en los campamentos, los muchachos se acercaban, reconozco que no muy sutilmente, a las cabinas. No vaya a ser que, so pretexto de necesidades fisiológicas, organizaran y coordinaran a través de sus celulares el copamiento del balneario más fashion de Argentina. Como si el recorrido, los horarios y los puntos de descanso hubieran sido pergeñados secretamente por un comando terrorista. A ver si todavía el canciller Didier Opertti tiene que mediar ante un posible conflicto internacional por invadir territorio extranjero.

Hubiera bastado con encender la radio, la televisión o leer los diarios, pero, se sabe, en algo hay que entretener la mano de obra desocupada. ¡Ah! La década del setenta. Eso sí que era otra cosa. Nada de achicharrarse bajo el sol acompañando al cascarriaje. Ahí sí que te acompañaban. La diferencia radicaba en que el viaje era sólo de ida.

Vuelvo al tema. Lo absurdo y cómico del hecho bien podría integrar Cuentos de soldados de Ambrose Bierce o algunos de los libros de Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido en el mundo literario con el seudónimo de Saki, a quien Graham Greene llegó a definir como el mayor humorista en lengua inglesa del siglo XX. Personalmente, me inclino por este último. Creo que en su libro Cuentos de humor y horror (Anagrama, 1980), la situación hubiese encajado perfectamente.

El acceso del presidente de los cooperativistas, Víctor Fernández, a la plaza Artigas –el lugar prohibido por Batlle para la realización del acto–, ameritaría, por sí solo, un nuevo relato del genial inglés. Veámoslo.

A la altura de camino Lussich y Ruta 39 se encontraba el vallado metálico dispuesto por el Ministerio del Interior, centenares de efectivos policiales fernandinos y miembros de la Guardia Republicana y Granaderos. Similar escena ocurría en la Parada 24, lugar donde se encuentra la plaza Artigas.

En el último alto de los manifestantes, ya en el campamento de Pan de Azúcar (madrugada del domingo 19), Fernández, junto a otros cooperativistas, emprende en una camioneta el regreso a Montevideo, donde el dirigente permanece en su domicilio aproximadamente hasta las 15.00 horas.

Otro cooperativista, esta vez en un Volkswagen Amazón con vidrios polarizados (lugar común: Al que hierro mata…), lo recoge en la puerta de su casa a plena luz del día y se trasladan por la Ruta 9 hacia Maldonado. Desde ahí, directo a la plaza Artigas.

Son las 17.00 horas. El monumento al prócer está rodeado de policías, vestidos de policías, y de miembros de los Servicios de Inteligencia vestidos, obviamente, de civiles. El automóvil estaciona frente a la plaza. Fernández desciende y recorre la plaza, a propósito: muy linda la feria artesanal allí instalada. Comienza a llover. El dirigente decide regresar al interior del Amazón y enciende la radio. Cuando el secretario general de la federación, Gustavo González, dice al aire por los medios radiales que cubrían la manifestación «estoy esperando la llamada del presidente de Fucvam», éste desciende nuevamente del vehículo y enfila hacia el monumento. Saca su celular. Marca el número de González y es interceptado, momentáneamente, por efectivos policiales.

El regreso del cooperativista también merece ser incluido en una antología de relatos de humor. Fernández finaliza de hablar por su celular. Regresa al auto, que toma por la rambla hasta Gorlero, camino al vallado donde se encontraban los manifestantes. En un punto de Gorlero el tránsito se entorpece. Los minutos corren y el acto no espera. Junto a su acompañante, decide aparcar el auto –a esta altura supuestamente requerido por Jefatura– frente a Casapueblo, precisamente al lado de un piquete policial.

El también requerido Fernández camina tranquilamente por la ruta Interbalnearia y atraviesa, en sentido contrario al acto, todo los cordones policiales, esquivando los coches lanza agua y los móviles celulares. Ya del lado de los suyos, y una vez finalizado el acto, vuelve a traspasar el vallado metálico donde, esta vez sí, es detenido. Digno de Ripley.

A propósito, en la plaza Artigas me encontré con un miembro de Inteligencia que, a esta altura, creo que debe estar viviendo en una cooperativa. Digo, porque como siempre está presente en las marchas de Fucvam. Debo reconocerlo. Si algo caracteriza al hombre, es la constancia. Iba con su mujer, de la mano, y en su hombro llevaba colgada una matera. La frutilla de la torta. Sólo falta que se deje la barba. Al momento de cruzamos, se me ocurrió cantar bajito «Tirá, tirá para arriba, tirá», el estribillo de aquella canción de Miguel Mateo y Zas, convertida en hit a mediados de la década de los años ochenta. Pero opté por no hacerlo. Estos tipos no suelen tener sentido del humor. Si no, pregúntenle al colega Alberto Silva. *

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