Homenaje a Pérez Aguirre
El acto, organizado por la Red de Amigos de Pérez Aguirre, tendrá el objetivo de reflexionar sobre su pensamiento al cumplirse dos años de su fallecimiento.
El prelado, conocido popularmente como «Perico», nació el 22 de abril de 1941. Perteneciente a la orden jesuita, recibió su ordenación a los 29 años, el 4 de julio de 1970. Inicialmente se abocó al trabajo pastoral entre estudiantes universitarios pero posteriormente se dedicó a realizar obras sociales, inicialmente ayudando a las mujeres que ejercen la prostitución en las calles de Montevideo.
En la década del setenta se trasladó al Hogar La Huella, ubicado en Las Piedras, donde convivió hasta el fin de su vida con los niños sin familia.
Constante censura
Pérez Aguirre fue autor de numerosos ensayos en humanidades, teología y derechos humanos y fue cofundador del Servicio Paz y Justicia-Uruguay (Serpaj). Sus obras le valieron numerosas sanciones de la Iglesia Católica como consecuencia de su espíritu crítico. En 1993 las autoridades eclesiásticas le prohibieron realizar comentarios públicos sobre su libro «La Iglesia increíble», que trataba de asuntos «privados» de la comunidad católica uruguaya. Este libro fue completado con las obras «Anticonfesiones de un cristiano» y «La opción entrañable». En 1995 la Iglesia le exigió que cambiara un capítulo de su libro «La condición femenina» en el que se refería al aborto.
Integró la Coordinación Latinoamericana de Serpaj-América Latina, fue su delegado durante varios años ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Nueva York y Ginebra, y trabajó como experto para la División Derechos Humanos de la Unesco.
Por su lucha en defensa de los derechos humanos recibió numerosos premios internacionales y distinciones, entre ellos el que otorga el gobierno francés: Libertades y Derechos Humanos (1986). Ese gobierno también le confirió la Orden Nacional de la Legión de Honor en Grado de Oficial (1985).
El trabajo en educación para los derechos humanos y la publicación de importantes materiales pedagógicos (entre ellos, «Derechos Humanos. Pautas para una Educación Liberadora») le hicieron merecedor del Premio Unesco de Educación para la Paz. En diciembre de 1989 recibió el Premio de la Paz, conferido por Pax Christi Internacional.
«Perico» y el perdón
En los últimos meses de su vida, Pérez Aguirre integró la Comisión para la Paz instalada por el presidente Jorge Batlle en representación de Serpaj, desde agosto de 2000. Firme defensor de la búsqueda de una solución para el tema de los detenidos desaparecidos, Pérez Aguirre no cesó de reclamar la verdad.
En ese marco, el 7 de enero de 2001 fue el responsable de dar la extrema unción a María «Tota» Almeida de Quinteros y aseguró haberle dicho «la verdad sobre Elena» apenas unas horas antes de que la anciana muriera.
Apenas veinte días más tarde «Perico», de 59 años, perdió la vida en un accidente de tránsito cuando fue embestido por un ómnibus mientras circulaba en su bicicleta en Costa Azul.
Al despedir sus restos el coordinador de Serpaj, Raúl Martínez, recordó: «En aquellos años de miedos y silencios impuestos por la dictadura, cuando cada gesto por la verdad y la justicia podía costar la cárcel, la tortura o la muerte, predicó con la palabra y el ejemplo la causa de los derechos humanos. En esa lucha no podía olvidarse a las personas que un día fueron hundidas en la oscuridad de la desaparición, víctimas del odio irracional que se padeció durante los años de la dictadura. Hasta el último día de su vida trabajó por esa verdad que se nos pretende ocultar. Por eso puede comprenderse que hoy, al saber de su muerte, tanta gente se conmueva, se acongoje y se indigne ante su ausencia».
Pocos días antes de su muerte, el 12 de enero de 2001, «Perico» entregó a los Familiares de Detenidos Desaparecidos una serie de artículos con sus últimas reflexiones sobre el tema. Allí expresaba: «La lucha por encontrar a los desaparecidos se ha transformado en el símbolo de la lucha por los derechos elementales: es la lucha para que sea reconocida por lo menos la existencia del hombre, de la mujer y el niño arrebatados, vencidos, sospechados, abandonados en la cuneta de la historia».
El sacerdote enfatizaba en sus documentos que la paz sin perdón «no se logrará» y concluía: «No existe acto más sublime ni heroico que ofrecer el perdón a quien debería haberlo pedido y no lo ha hecho». *
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