"Hoy no podemos dar de almorzar a un niño con seis pesos, cuando hace dos años teníamos 5,06 pesos"
–Después de la crisis de agosto pasado, muchos sectores comenzaron a hablar de la necesidad de refundar nuestra sociedad. Es así que se habla de todo menos de educación y de enseñanza. ¿Usted tiene la misma sensación?
–Aparentemente la crisis financiera transformó los discursos sociales, productivos, educativos, pedagógicos, en una preocupación central que es el tema de los bancos y de los banqueros. Basta con ver los informativos de la televisión para encontrarnos con ese discurso reiterado de un tema que es importante, pero que no es todo. En cambio en estos meses hay una postergación del resto de los problemas, de lo que podríamos llamar una nueva deuda social. Hoy atendemos los problemas financieros y cuando nos despertemos nos vamos a dar cuenta de que generamos una brecha social, una deuda social, que nos obligará a volver a pensar cómo se atiende a la niñez en situaciones gravísimas de riesgo, con escuelas y comedores escolares sin recursos, sin personal, en medio de una matrícula creciente, con falta de maestros, con grupos superpoblados, con falta de cursos de capacitación… Se está acumulando una verdadera bomba de tiempo porque parecería que hoy por hoy lo único urgente es arreglar el problema financiero.
–Siempre creí que Uruguay tuvo la virtud o la suerte de que en medio de grandes crisis lograba por lo menos avances en grandes sectores. En época de José Pedro Varela la situación del país no era la ideal, incluso se vivía una dictadura, durante la crisis de los cincuenta surge la ley Orgánica de la Universidad, durante la década de los cuarenta y la guerra surgen propuestas educativas…
–Se funda la Federación Uruguaya del Magisterio en 1945.
–Eso mismo. En el marco de la crisis de hoy, ¿no hay posibilidades de plantear con fuerza el tema de la enseñanza? ¿En qué está la FUM?
–En Uruguay hay 2.370 escuelas. No hay ninguna otra red institucional, ni de servicios, que tenga similitud con lo que es la red escolar. La diversidad de servicios que se atienden desde la escuela es inmensa: colonias escolares, internados rurales, campaña de vacunación, comedores, ahora el Verano Feliz y Solidario, prevención de salud, campañas odontológicas, médicos en las escuelas, etcétera. Esta red tiene que tener centralidad en las preocupaciones de la gente. Si perdemos esto, perdemos el tiempo que va a comprometer a las generaciones futuras.
En los último tres años ha habido un trasiego de la educación privada a la pública por la caída del ingreso de las familias, pero también quedó demostrado que no es verdad que se aprende más en la privada. Hoy lo determinante no es si es pública o privada, sino la situación social del niño. Un niño de clase media instruida aprende más que un niño que no tiene estímulos en la familia. El diferencial no es el pagar, sino el hogar. Y esto es así porque la escuela pública tiene un cuerpo de docentes seleccionado por pruebas de actitud y no por cooptación o amiguismo, a la vez que es una garantía de laicidad, de respeto y de tolerancia. También hay que destacar que a partir de la reforma de Rama aparecieron nuevas opciones en educación pública: se expandió el tiempo completo y se universalizó la educación inicial, provocando una boca de entrada muy grande desde abajo. Hoy, éstos y otros factores llevaron a que la escuela pública tenga 425 mil alumnos y creo que va a llegar a los 430 mil. Estos cuarenta mil alumnos ganados en los últimos cuatro años es lo mismo que le costó a la escuela pública ganar en los años anteriores.
–¿Es un cambio cualitativo?
–Es un gran valor. Tenemos una institución que forma el carácter cívico de sus ciudadanos a partir de valores consensuados, universales, compartidos por toda la sociedad. El riesgo que tenemos es que no sepamos qué hacer con estos cuarenta mil niños nuevos; si los sentamos al fondo del salón, si pedimos un banco a la clase del costado, si ponemos otro turno en el comedor. En tiempos de crisis y de recortes, ¿recortamos el instrumento de democratización social y de compensación? ¿Recortamos en educación pública más de lo que ya se recortó? ¿Las 2.370 escuelas pueden seguir funcionando con un presupuesto que a partir del valor dólar se ha reducido en cuarenta por ciento? Si bien hay costos que se pesificaron, también hay un inflación no prevista. Un solo ejemplo: el comedor escolar funciona con 6,04 pesos por día y por niño. Esto es lo que tiene un director para darle de almorzar a un niño, cuando se paga, porque ahora hay meses de atraso. Hace dos años eran 5,06 pesos. Hoy no podemos dar de almorzar por seis pesos. El costo mínimo de uno de los menús recomendados por Primaria, pensando en un comedor de 200 niños donde los costos son menores, es de 8,80.
–Así la escuela queda cuestionada.
–Algo más grave: es impensable la democracia en Uruguay sin la historia de la escuela uruguaya, de Varela para adelante. En un seminario organizado por el Ministerio de Relaciones Exteriores y la OEA señalamos algunos riesgos que tiene la escuela pública uruguaya. El primero es el tema de los avatares de la política. La escuela tiene que ser un ámbito donde la partidización quede afuera, donde cada cambio de gobierno no suponga cambiar objetivos. Para que eso no ocurra hay que generar espacios de participación y de gestión ciudadana. También tenemos que encarar los aprendizajes de los alumnos pobres. La escuela uruguaya está pensada también como una agencia de bienestar social. El Estado uruguayo diseña desde la escuela y aplica desde ella políticas compensatorias. Esto hay que mantenerlo y fortalecerlo. Otro tema complejo es la marginalidad y la complementación educativa. Hoy la marginalidad está generando verdaderos guetos de pobreza y la escuela es el único lugar donde se encuentran el hijo del excluido con el hijo del trabajador y esto no se puede perder. No puede haber escuelas pobres para niños pobres y escuelas de clase media para la clase media.
–Antes Uruguay era más parejo desde el punto de vista social, ¿cómo se soluciona eso desde el punto de vista de los contenidos?
–Con una oferta educativa de calidad.
–¿Cómo se logra?
–Que la escuela sea tan buena, tan buena, que nadie se imagine irse de la escuela pública: porque la escuela de la esquina de su casa es importante, tiene un profesor de educación física, tiene un espacio de recreación, tiene maestros actualizados (maestros que tienen un Instituto Magisterial Superior).
–Pero eso hoy no pasa.
–No. Es una de las deudas grandes que tenemos. Claro que la solución pasa por leyes presupuestales que destinen más recursos a la escuela pública. Hoy los grupos de presión son los empresarios, sean de estaciones de servicio, de camioneros, sean ganaderos, los dueños de los medios de producción. Pero quienes tienen la parte más dura de la crisis, los que no están perdiendo el lujo sino el plato de sopa, tienen una escasa capacidad para hacer oír sus demandas. A esto hay que agregarle que hay un muy débil reconocimiento profesional del maestro. No se puede mejorar la educación y después ver qué hacer con los maestros. Eso no existe, eso fue una ilusión cuando se hablaba de la enseñanza programada. Modas que pasaron muy rápido pero que hicieron mal.
–¿Estos son puntos a debatir?
–Sin duda. Teniendo en cuenta, además, que la escuela es un instrumento de redistribución de la riqueza. El 99 por ciento de los hogares más pobres envía sus hijos a la escuela pública. El veinte por ciento de esos hogares retiene el cuarenta por ciento del gasto educativo. Esto es así porque ese
veinte por ciento está en escuelas con servicios complementarios, con comedores, copa de leche y en algunos casos tiempo completo.
–Del punto de vista de los contenidos ¿hacia donde tiene que ir Primaria?
–Hay que generar espacios de discusión mucho más permanentes y mucho más abiertos, con una injerencia de los padres más permanente.
–Dos o tres ideas para una nueva enseñanza escolar en un Uruguay que tiene que renacer.
–Hay que hacer una revisión con aires que vengan de afuera. Por ejemplo, no podemos seguir pensando que lo importante es aprender a dividir entre cuatro cifras cuando hay calculadoras, cuando hay decisiones cotidianas que se rigen por la probabilidad, por la estadística. Hay que actuar con cabeza abierta, convocando a otras disciplinas. Lo otro que hay que hacer es escuchar la demanda social, hay que tener muy claro lo que los padres quieren. Un contraejemplo de lo que es la demanda social, es el inglés, el bilingüismo que propone el actual presidente del Codicen, Javier Bonilla. Propone el inglés en sectores de extrema pobreza: de mañana español, de tarde inglés. Creo que por mejor buena voluntad que tenga Bonilla, pensando que dándole a los hijos de recolectores cierto manejo del inglés, en Uruguay no se generan oportunidades laborales para esos sectores. No es verdad, no es verdad, porque en este país para entrar al mercado laboral funciona más el capital social (que yo sea conocido tuyo y de aquel empresario) que el inglés.
–O un buen matrimonio.
–¡Un bueno matrimonio mucho más! (Se ríe.) Yo sé que no es función de la escuela conseguir buenos matrimonios, pero tampoco puede ser vender ilusiones de que haciendo escuelas bilingües en sectores de extrema pobreza se va a conseguir movilidad social.
Hay que escuchar más a la comunidad para tener una permanente actitud de revisión. Nosotros tenemos el programa de hace 45 años, del año 1957, aggiornado en 1986. La revisión del programa debe ser permanente. A la vez debemos revisar la relación con Secundaria y con UTU para establecer la continuidad de los contenidos. A la vez hay que ir a mayor vinculación con el mundo del trabajo, no para formar trabajadores en la escuela primaria, sino para formar el respeto y el gusto por la disciplina del trabajo. Porque el que tiene la capacidad de producir con las manos, es también un tipo capaz de crear, de tener una autoestima muy importante. Si el niño calcula o redacta a partir de la producción de un canasto de mimbre, sabe que si la cestería es motivante y socialmente relevante, también hay otras actividades tradicionales –lengua o matemática– que son necesarias para hacer cestería.
–Uno tiene la sensación de que en la enseñanza hay sectores muy apegados a lo que ya fue o sectores plegados a las novelerías. ¿Hoy el sector educativo es conservador?
–Los colectivos profesionales representan a los que están en ese hacer, que es el hacer que saben hacer. Por ello, en general, defienden seguir haciendo ese hacer que saben hacer. Para generar una cultura de revisión permanente habrá que recorrer caminos de participación. Transformar a la escuela en un referente social y cultural de cambio y de avance para las comunidades, pasa porque las escuela mantengan su función y sentido social. Las escuelas no se pensaron para los maestros, sino para los niños, para los barrios y para los vecinos. En este espacio hay que ir generando las posibilidades de intercambio con los padres y con los vecinos. Hay que generar formas de comunicación con la gente, con las organizaciones sociales para que nos ayuden a romper la rutina, para avanzar en una escuela cada vez más democrática y con contenidos que respondan más a las demandas de los uruguayos. *
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