"Si tuviéramos más argentinos dispuestos a no soportar lo insoportable, el cuento sería otro"
–Desde aquí, desde este lado del charco, notamos una gran preocupación de los argentinos por descubrirse a sí mismos en medio de la crisis. Uno escucha en la televisión preguntas como ¿quiénes somos los argentinos? ¿por qué nos pasó esto? Me pregunto y le pregunto: ¿hay un problema argentino?
–Si hubiera un problema argentino, posiblemente habría soluciones argentinas. El asunto es que todavía no está el problema argentino como tal. Tenemos el drama argentino, la complicación argentina, nuestras angustias, la desesperación a veces motivadas y a veces inmotivadas, pero sin entrar en una cuestión sociológica puedo decir lo que ha pasado en mi consultorio en los últimos meses.
La crisis tomó, según mi experiencia, distintas formas de acuerdo a cada uno. Hay que pensar que las crisis caen en un terreno propicio para algunas cosas o para otras. Me refiero a las neurosis o a la psicosis, que es la estructura que hay en cada uno. Comentando con mis colegas, les decía que me transformé en sicólogo de barrio, porque había que responder a la urgencia, a la desesperación, al momento de desestabilización que se producía en la realidad cotidiana. La gente se encontró con que gran parte de lo que creía que tenía, ya no lo tenía. Digo que creían que tenían porque los argendólares fueron una especie de falso semblante y después se demostró que era así. El mundo se le cambió a todos los argentinos, se les cambió la realidad cotidiana. Cuando cambia la realidad cotidiana, el imaginario –lo que arma nuestra escena en el mundo– produce efectos en lo subjetivo que va desde la indiferencia a la locura y a la desesperación. Por eso decía que depende de en qué terreno cae. En algunos casos he dicho que estábamos ante una crisis más de las que hemos tenido los argentinos, aun sabiendo que no es así. Yo sabía que se estaba produciendo algo más catastrófico que lo que había sido la hiperinflación, que para mucha gente había sido lo más terrible que le había pasado en su vida. También se agregan a este cuadro complejo, aquellos que se creían los nuevos ricos y que terminaron siendo los nuevos pobres. Esto, por cierto, es un fenómeno muy desestabilizante. Cuando las identificaciones caen se produce un vacío que es terriblemente angustiante; una de las grandes enseñanzas de Lacan es que a la angustia hay que dosificarla. Esto quiere decir que en algunos sujetos en que no aparece la angustia hay que tratar de que aparezca y que en otros sujetos, cuando aparece en demasía, hay que bajarla. Por eso sostuve que hubo otras crisis de las cuales se pudo salir.
–¿Usted estaba abriendo una perspectiva de futuro?
–Estaba diciendo que el mundo no terminaba ahí. También tuve que tener intervenciones muy puntuales, como fue el caso de una persona que había casi enloquecido y con razón. Esta persona tenía un dinero que había heredado de su padre. Era una mujer que amaba enormemente a su padre y que al quedar despojada de su dinero, sentía que era despojada de lo que le quedaba de su padre. No era solamente un valor material, sino también un gran valor afectivo. Ella hizo como una locura bancaria, en medio de una situación en que sólo se podía sacar de los bancos cierto dinero para después transformarlo en dólares. Esta persona abrió como diez cuentas bancarias y se iba de un banco al otro. Casi no trabajaba, casi vivía solamente para hacer colas en los bancos hasta que en un momento le tuve que decir, con firmeza, que no podía ir más a los bancos. Y en ese momento paró efectivamente esa locura. Después fuimos viendo de qué manera ella podía no perder su dinero. En términos lacaniamos estaba gozando, era un goce bancario.
–¿Aumentó el número de pacientes en medio de la crisis?
–Sí, aumentó el número de personas en mi consultorio. Pero en general la gente que recurría a los sicoanalistas por un tiempo dejó de ir, por temor a no poder pagar o porque no tenía más el dinero. Quiero destacar, igualmente, que las respuestas de los colegas fueron impresionantemente solidarias, a favor de continuar los sicoanálisis. Yo sobre esto tenía experiencia, porque en la época de la hiperinflación me pasó de sentirme muy atado a la indexación. Una vez voy a mi supervisor, el analista que uno consulta, y le dije que yo no podía seguir dependiendo de la indexación. Me dijo: «No indexe más», lo que era un contrasentido, porque si no indexaba me moría de hambre. Pero eso que me dijo me sirvió para liberarme de lo que aparecía como el discurso amo de la sociedad argentina, que era la indexación. Ahora el significante amo es «corralón» (se ríe).
–Los que iban al consultorio, ¿buscaban también salidas colectivas?
–Al principio lo colectivo, en este primer momento de crisis, no tenía una forma. Algunos se juntaban con los cacerolazos, otros tenían una posición muy crítica al cacerolazo porque podía llamar a lo peor, a los dioses oscuros. Algunos temían el retorno al fascismo. No hubo un modo muy colectivo y todavía no lo hay. Hoy un amigo uruguayo me decía que en este país se ha logrado un pacto entre los políticos, que puede ser que no sea muy duradero. Yo le dije que el amor es eterno mientras dura (se ríe). Pero en la sociedad argentina, lamentablemente, no existe el pacto, más bien existen fuerzas que se oponen y que impiden algún trabajo colectivo. Creo, igualmente, que se está avizorando algo diferente. Pero el sicoanálisis tiene de interesante que cada uno pueda captar lo mejor de sí, en la medida que eso lo pueda hacer también con otros.
Los síntomas contemporáneos, como las adicciones, los reality shows, la anorexia, todo tiene que ver con cierto goce autoerótico: el sujeto consigo mismo, ya que su cuerpo está ahí para gozar y gozar de sí mismo, y ¿para qué necesito del otro? Esto es «yo conmigo mismo y gozo solo». El sicoanálisis apunta a ver de qué manera ese goce autista o autoerótico pasa por el otro. Por eso cuando uno llega al final del recorrido analítico hay que preguntarse de qué se ha curado. Una posibilidad, que es la que más me convence, es que cada uno pueda identificar a su síntoma. Esto no es que yo tengo el síntoma y me resigno a él. Es que ese síntoma que ha sido analizado durante todo esos años de la experiencia analítica llega a un punto irreductible. El síntoma al mismo tiempo se presenta como un mensaje dirigido al otro, también es goce autoerótico, es la satisfacción sustitutiva de una pulsión. Por eso cuando llegamos al final del análisis el sujeto se encuentra de otra manera ubicado con relación al deseo, al goce y al amor. Una de las tantas definiciones que da Lacan del final del análisis: se está ante él cuando el sujeto puede tomar las cosas por el lado adecuado. No significa la adecuación a la realidad, pero tampoco es el rechazo a la realidad. Significa que el sujeto puede adecuarse relativamente a la realidad y puede decir que sí, pero también puede decir que no (levanta la voz). Que hay cosas a las que puede y debe decir que no. Por eso me parece que hoy en día, en el futuro problema argentino, si nosotros tuviéramos más personas dispuestas a decir que no, el cuento sería otro.
–Para usted ese decir que no es una fuerza positiva.
–Es decir que no a soportar lo insoportable, porque aquellos que han pasado por vivencias insoportables saben que siempre se puede soportar más y que hay un momento que hay que decir basta. Tampoco es cuestión de decir basta de la peor manera, es decir basta de la mejor manera. Para que eso lleve a algo que a la gente le permita vivir mejor.
–A partir de eso se encuentran energías para el futuro.
–De eso estoy seguro. No digo que toda la sociedad deba sicoanalizarse, pero con más sujetos en esta posición se soportaría menos lo insoportable.
–¿Esto trae consecuencias en el plano ético?
–Sí, me parece que sí. El sicoanálisis lacaniano abreva en la ética y en la lógica. Es que hay tres aspectos que van juntos en el sicoanálisis: el saber epistémico, el político y el clínico. El político es la dimensión del deseo, que siempre implica la insatisfacción: «yo deseo porque algo no tengo, o porque no soy algo que querría ser». También quiere decir que el deseo puede realizarse sin que eso implique angustia para el individuo. La cuestión política con un deseo que se pueda realizar en términos individuales, pero que también se pueda realizar en forma colectiva, sería más que óptimo.
–En Uruguay estamos viviendo un transcurrir de la crisis, donde no ha llegado a mostrar lo peor. Por eso siento que la sociedad quiere detener el tiempo, porque le teme al mañana y le teme porque lo que viene es peor. En el caso de Argentina, ¿la situación es distinta? ¿Los argentinos comienzan a pensar que el mañana puede ser un poquito mejor?
–Me gusta eso, porque me permite hablar de la erótica del tiempo.
–Bueno, acabo de descubrir algo.
–El espacio y el tiempo son libidinales, pero dependen del deseo, del amor y del goce del sujeto. Por ejemplo el goce sexual está muy ligado al tiempo; también el amor. Es que siempre el tiempo está relacionado con factores libidinales. En la sicopatología vemos cómo hay variaciones en el tiempo, por ejemplo la melancolía, que es cuando el sujeto no se tolera a sí mismo, se reprocha. El tiempo en la melancolía no pasa. Lo contrario es el tiempo-maníaco, que es cuando el tiempo no alcanza. Esos sujetos no duermen, viven corriendo de la mañana a la noche. Incluso los estupefacientes se han puesto al servicio de hacer más veloz el cuerpo y el pensamiento, para mejorar el rendimiento en el pensamiento y en el goce. Y no hablo solo del Viagra (se ríe).
–¿La sociedad argentina está saliendo de la melancolía?
–Me parece que estamos en un tiempo de espera, que también es un factor libidinal temporal.
–¿Es más lento salir de la angustia que entrar en ella? ¿Qué consecuencias anímicas pueden quedar en los argentinos?
–No lo sé, me gustaría saberlo. Aunque veo que la gente se está reponiendo. Los que han salido de la desesperación porque tenían cómo salir, su ánimo ha mejorado. Pero para mucha gente su condición de vida ha empeorado sustancialmente y por eso llegan a la resignación, que es lo peor que le puede pasar a un sujeto, o están cada vez peor. No me siento calificado para generalizar, pero puedo decir que así como algunos están saliendo, hay otros que están cada vez peor. Me gustaría saber qué va a pasar con esta gente, dentro de cuatro o cinco años.
–La historia de Argentina no ha sido sencilla. Tampoco aburrida. Están viviendo la crisis más grave, pero sigue siendo una sociedad con gente de alto nivel, de gran capacidad. Las chiquilinas del hockey, en medio de la crisis, salieron campeonas del mundo. Es una sociedad con condiciones para estar viviendo otro tiempo. ¿Metieron la pata tan grande como para haber perdido todas las posibilidades que tenían? Y si metieron la pata, ¿cómo salen?
–En este momento me gustaría cambiar de asiento contigo y hacerte esa pregunta. Ser yo el entrevistador. Pero igualmente creo que en tus palabras hay una verdad irrefutable: hemos metido la pata.
–Pero si una persona va a su consultorio y le dice «metí la pata», ¿qué le dice?
–Para poder iniciar cualquier análisis, el sujeto se tiene que hacer responsable de lo que dice, de lo que se queja y de aquello de que se queja. Yo no digo que no haya víctimas: hay víctimas de abuso, hay víctimas de un poderoso que se aprovecha del más débil, pero en el terreno del sicoanálisis no hay que pensar tanto en que el sujeto es víctima del otro, sino en que cada sujeto se pregunte «qué he hecho yo para merecer esto, para llegar a este punto o qué he dejado de hacer». Por eso es esencial la toma de responsabilidad de cada uno. ¿Por qué pensar siempre que hay otro gozador que se está aprovechando de mí y no pensar que el otro es un tonto? Esto es una sutileza, pero es mejor entender que aquel sobre el que protestamos no es otro tan consistente, porque si no lo hacemos nosotros consistente.
–¿Dónde están las fuerzas, las energías, desde donde Argentina y usted pueden encontrar una zona por donde se puede comenzar a caminar?
–En la cultura. A pesar de la crisis la gente ha seguido trabajando. Allí hay una gran fuerza, como también lo hay en los profesionales. Mis colegas, los jóvenes que están en los hospitales, han mantenido su práctica a pesar de las innumerables dificultades que tienen. Lo hacen para formarse, para crecer, pero también porque entienden que hay un futuro. *
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