"Batlle ha sido una verdadera máquina de meter la pata: el acuerdo de comercio con Estados Unidos no existió nunca"

 

–¿Cómo surgió la invitación del Departamento de Estado?

–Es en el marco de un programa de visitas organizadas por el Departamento de Estado. Se invita a políticos de distintos países con el fin de establecer intercambios políticos y culturales. Esta vez nos entrevistamos con autoridades de gobierno del Consejo de Seguridad del propio Departamento de Estado, con el Departamento de Comercio, el Departamento de Agricultura y con representantes de Estados Unidos en la ONU. También estuvimos con el presidente del BID, el compatriota Enrique Iglesias, y otros economistas de este organismo de crédito multinacional.

–Por encima de los contenidos de esas conversaciones, ¿qué significa hablar con los dueños del poder mundial? ¿Cómo son en el diálogo: directos, sencillos, maniobreros?

–Tienen la franqueza tradicional anglosajona: dicen las cosas más duras, las más dolorosas, de frente. Es un estilo absolutamente franco y directo.

–¿Cómo se manifiesta ese estilo anglosajón?

–Nosotros encaramos todas las conversaciones poniendo el acento en el acceso al mercado, en la necesidad de transferencia de ciencia y tecnología, en la posibilidad de inversiones y sobre las actitudes que ellos tienen proclamando el libre comercio y negando el libre comercio para ellos. Un ejemplo concreto: el problema del arroz. Le dijimos a la encargada de Comercio para el cono sur que Estados Unidos, el año pasado, votó un incremento de los subsidios agrícolas de 175 mil millones de dólares. Una parte importante de esa cifra fue para el cultivo del arroz. Eso determinó que Estados Unidos obtuviera una cosecha récord de arroz, muy superior a la de 1987 que fue la más grande de la historia. Eso le permite que vuelque el arroz a precios ruinosos al mercado mundial. Con esta política, dijimos en Estados Unidos, no sólo no nos dejan entrar a su mercado, sino que nos están liquidando del mercado sudafricano, de Ecuador, de Perú, y están a punto de sacarnos del mercado brasilero. Con mecanismos desleales como éstos inundando los mercados a precios de ruina, nos están liquidando un sector fundamental de las exportaciones de nuestro país.

–¿Y ellos qué decían?

–Respondían con idéntica franqueza nuestro planteo: «Nosotros tenemos, igual que ustedes, multiplicado por un millón, la misma situación de productores y de molineros». Y agregaban: «Lo que estamos haciendo es defenderlos». En resumen, nos decían «tienen razón, pero marchen presos». Este es el estilo franco y directo con el que nos encontramos en Estados Unidos. Estilo que es bueno conocer con total claridad.

La sensación de gigantismo de ellos y la pequeñez que le viene a uno mirando el poder y la riqueza de la sociedad estadounidense, me lleva a pensar, como decía el viejo y querido Artigas: «Nada tenemos que esperar, sino de nosotros mismos» y de lo que podamos hacer en nuestra vieja y sufrida América Latina. A la vez le digo que el acuerdo bilateral de libre comercio de Uruguay con Estados Unidos no existió nunca…

–¿Cómo que no existió nunca?

–Fue una expectativa casi pueril que alentó el presidente Jorge Batlle, idea que creo que ya abandonó él mismo. Este acuerdo jamás estuvo en el horizonte de las posibilidades concretas, por lo menos por parte del gobierno de Estados Unidos.

–¿Está diciendo que el Presidente mintió?

–El Presidente creó una de las tantas falsas expectativas que ha esgrimido en su política internacional, que ha sido un verdadero caos. Yo he calificado a la construcción de la política exterior uruguaya como una conducción errática, absolutamente contradictoria y caótica. El doctor Jorge Batlle ha sido una verdadera máquina de meter la pata. Tiene una fenomenal capacidad para meter la pata en todos los temas: o alentando falsas expectativas o generando dificultades donde no las había o aumentando las dificultades que ya teníamos. Sobre todo haciendo un daño tremendo a la ya compleja situación del Mercosur, que pasa por momentos particularmente difíciles. Hoy tenemos a un Presidente de la República que ratifica, cuando se reúne con Lula, la importancia de afirmar el Mercosur. Pero el problema que tenemos es que eso es lo que nos dijo ayer, porque no sabemos lo que va a decir mañana. Hay una necesidad imperiosa de que Uruguay reafirme esa política regional para poder negociar con el resto del mundo desde una posición de fuerza, las mejores posibilidades dentro de un mundo hostil y salvaje. Pero el doctor Batlle ha alentado falsas expectativas y ha impreso una línea muy poco consistente de conducción, que entre otras cosas se manifiesta en esto. No hay ninguna realidad en el acuerdo bilateral con Estados Unidos y no lo hubo nunca.

–También el EP-FA se jugó al Mercosur y el acuerdo fracasó. Ustedes proponen reconstruir o refundar Uruguay, pero también hay que reconstruir el Mercosur. Lula no nos viene a visitar, no habla con la izquierda uruguaya o ustedes no hablan con él, va a Argentina, va a Chile… ¿Usted cree que con Lula vamos a cambiar esto?

–Esto es una batería de preguntas.

–Lo entiendo, son demasiadas…

–Son varias juntas, pero combinadas e importantes. En primer lugar, el Mercosur que hasta ahora hemos tenido ha adolecido de una de las carencias más claras que siempre ha señalado el Frente Amplio. Estamos ante un acuerdo de libre comercio, fue una unión aduanera imperfecta en aquel mundo en que se creó, y en el mundo en el que vivimos hoy es absolutamente insuficiente para lograr objetivos de crecimiento económico, con producción y trabajo para la gente. Una unión aduanera imperfecta no es el instrumento adecuado. El instrumento que necesitamos es un proyecto de integración económica que necesariamente tiene que tener, además del libre comercio, además de la unión aduanera, la coordinación de políticas macroeconómicas como paso previo para una propia moneda única regional.

–Moneda única: ¿está convencido de eso?

–Sin duda. Necesitamos una integración que incluya políticas de complementación productiva, de financiación y cofinanciación de proyectos de desarrollo y fomento de la producción. Un esquema de integración real y no un esquema meramente de libre comercio, con una unión aduanera imperfecta.

Ahora, ¿por qué a Brasil le puede interesar liderar un acuerdo regional frente a la magnitud que tiene en el mundo? Brasil tiene desafíos fabulosos que enfrentar con los tres gigantes de la economía mundial: Estados Unidos, la Unión Europea y en tercer lugar Japón y sus aliados de Asia. En estos momentos Estados Unidos se pelea con Europa por los subsidios agrícolas, porque Europa pone más. A la vez larga la protección de la industria del acero. Con esto daña a Europa, pero termina dañando brutalmente a la industria del acero de Brasil. Si Brasil pelea solo, tiene muy pocas probabilidades de discutir el tema del acero y de ganar. Esto genera un escenario donde el gigante vecino Brasil, frente a los tres gigantes económicos de los que estamos hablando, es muy débil. Por eso precisa aliados de naturaleza política. Y allí aparecemos nosotros.

–Alianzas, pero en un cuadro muy difícil. ¿En qué pueden contribuir ustedes para mejorar ese escenario?

–Tengo la convicción de que Estados Unidos tiene como escenario principal la Organización Mundial de Comercio. La iniciativa del ALCA para Estados Unidos es una manera de buscar aliados para su propia estrategia de negociación en el escenario mundial, en la OMC, y para tratar de restarle aliados de América Latina a Brasil en la negociación que mayor interés le suscita desde el punto de vista comercial
y del de las alianzas estratégicas, para inversiones en sectores clave de la economía en el mercado brasilero y con las empresas de Brasil.

Brasil tiene una estrategia que es la búsqueda de la mayor independencia posible de Estados Unidos. La mayor parte de las corporaciones que trabajan en alianzas estratégicas y que hacen transferencia de ciencia y tecnología para Brasil, vienen fundamentalmente de Europa y de Japón, como es el sector automotriz. Para Estados Unidos es imprescindible negociar de una manera muy fuerte con Brasil y para ello necesita quitarle aliados. Hoy Brasil está comprando arroz subsidiado a Estados Unidos y nos está perjudicando a nosotros…

–¿Por qué Lula nos va a comprar a nosotros?

–Porque Lula necesita aliados para resolver el debate sobre el acero. El programa de Lula es absolutamente coincidente con la plataforma política de integración regional y de consenso continental del EP-FA. Programa que acaba de ratificar íntegramente en el discurso que hizo hace pocos días en Buenos Aires. Allí propuso la coordinación de políticas macroeconómicas, acuerdos de complementación productiva, profundización política de las alianzas, negociación en bloque, fortalecernos en la unidad para negociar con los poderosos del mundo. Creo, por todos esto, que podemos hacer acuerdos con el nuevo gobierno de Brasil, lo que nos va a permitir aportar elementos geopolíticos estratégicos de apoyo que Brasil necesita, hacer acuerdos que nos permitan, por lo menos, recuperar los niveles de los mercados que teníamos en 1998 y explorar acuerdos de complementación productiva, con financiamiento incluido que ya lo había manifestado Fernando Henrique Cardoso en Uruguay. Y esto no es una ilusión: hay que pelearla contando con nuestro prestigio político. En todas las entrevistas que mantuvimos en Estados Unidos hubo una valoración altísima del nivel de estabilidad política institucional y de seguridad jurídica. Somos un país con prestigio, estamos metidos entre Brasil y Argentina, podemos ayudar muchísimo desde el punto de vista político. Hoy es Brasil con Lula, un Ecuador con un gobernante progresista que acaba de ser electo y que no se sabe qué rumbo va a tomar en el ejercicio del gobierno, una política contestataria de las políticas hegemónicas por parte de Venezuela…

–Pero Chávez se puede ir…

–Es una situación de grave inestabilidad. También hay una perspectiva muy real de un gobierno de la izquierda nacional, un gobierno progresista en Uruguay. Hay afinidades ideológicas que no son despreciables, Brasil precisa de un liderazgo para fortalecer la defensa de sus intereses, mientras que Uruguay no tiene ejercicio posible de su soberanía nacional, si no se fortalece en un bloque. No podemos seguir defendiendo la soberanía formal de la geografía, es terminar sin soberanía. Tenemos que defender la identidad nacional, reafirmar nuestros propios valores de siempre, pero fortalecerlos en una soberanía macro, con un grado de supranacionalidad que nos permita ejercerla en un mundo que nos impone desafíos que antes no había. Creo que todos nos necesitamos y creo que Lula, al visitar Argentina, juega bien, juega generoso y juega leal. También tenemos que saber que el pequeño mercado uruguayo no es despreciable, no es despreciable el volumen de comercio: Brasil llegó a tener con Uruguay un 15% de su comercio hasta mediados de 1998. Tampoco nos tiremos a menos: somos muy pequeños en términos materiales de mercado, pero no despreciables, porque aún tiene niveles de capacidad de consumo per cápita que son, todavía, muy superiores al promedio de la población de Brasil. Claro que esto necesita un Uruguay productivo, un país de trabajo de bienes y de servicios para su gente. El ciclo es: mercado, inversión, producción y trabajo; y la llave de todo es el mercado, porque nadie invierte para después no poder vender. Hay que pensar el mercado sobre la base de un modelo de desarrollo de políticas productivas sectoriales, del mayor interés social posible en torno al objetivo nacional de satisfacción de las necesidades de la población. Estas son «viejas» ideas de la Cepal y de la SIDE, de dirigentes como Wilson Ferreira Aldunate, de Alberto Couriel, de Enrique Iglesias, de Danilo Astori y de tantos otros economistas de aquella época. *

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