La victoria de Lucio Gutiérrez rompe los esquemas
El resultado electoral de Ecuador, con el triunfo de Lucio Gutiérrez, produjo un desconcierto general. Los medios de comunicación internacionales hicieron esfuerzos inauditos en estos días para acomodar el cuerpo. La CNN envió a Jorge Gestoso a Quito, pero no le pudo entrar por ningún lado. La cobertura de los medios locales fue lamentable, empezando por que redujeron a una expresión mínima este hecho relevante del acontecer continental. Se le rompieron los esquemas, sólo atinaban a rumiar epítetos gastados («golpista», «populista») a los que un ex presidente en tono de magister agregó el de «demagogo» enfrentado a «demócratas responsables». Para ahorrar, lo compararon con Chávez y le endilgaron todos los calificativos que desde meses vienen prodigando al presidente venezolano. Estaban muy lejos de comprender lo nuevo que entraña este fenómeno, revelador de tendencias profundas que surcan nuestra América Latina.
La mayor sorpresa electoral
Estas nuevas tendencias se expresan en la unión de las fuerzas populares y de izquierda con los movimientos indígenas, de honda raigambre, en la ampliación del campo de la lucha contra las políticas neoliberales y contra la corrupción que carcome al país. Entrañan también el anhelo de renovación de los partidos políticos, la sustitución de los que han cumplido su ciclo y se enchastraron en las gigantescas maniobras de corrupción, el nacimiento de nuevas formaciones como la Sociedad Patriótica 21 de Enero, que rápidamente se arraigó en el seno del pueblo a escala nacional y anudó vínculos con el poderoso movimiento indígena (la Conaie y Pachakutik), las formaciones de izquierda (como el Movimiento Popular Democrático) y agrupamientos varios de la sociedad civil, con todos los cuales coincidieron en acciones de lucha que conmovieron al país.
En esas condiciones, las adhesiones a la candidatura de Lucio Gutiérrez crecieron torrencialmente en forma no prevista por nadie. Con el resultado electoral a la vista, se demuestra que todas las encuestadoras fallaron de medio a medio. Es más. En setiembre, cuando se entró de lleno a la campaña electoral, al 21 de enero contaba apenas con 8% de las intenciones de voto, guarismo que era triplicado por el Prian de Alvaro Noboa y duplicado por la socialdemócrata Izquierda Democrática de Rodrigo Borja. Gutiérrez es quien dispuso de menos espacio en TV y gastó menos. En los Gutiérrez entre los posibles contendores en el balotaje. Sin embargo entró primero, y en la instancia definitoria superó a Noboa por casi medio millón de votos: 2:736.893 (54.42%) contra 2:291.796 (45,57%).
El resultado fue calificado como «la mayor sorpresa electoral de la historia de Ecuador».
Triunfo intelectual y ético
Por eso, al igual que la consagración de Lula en Brasil, merece considerarse como una gran victoria intelectual y moral, como expresión de la voluntad de cambios que anida en la sociedad, víctima de niveles insoportables de pobreza por un lado y de corrupción por otro. Las primeras declaraciones de ciudadanos de la calle enfatizaban precisamente el anhelo de un cambio y la conciencia de que era posible lograrlo, enfrentando la política neoliberal, el pensamiento único, la tendencia al inmovilismo, la desigualdad social creciente, la falta de perspectivas.
En la entrevista de CNN, el presidente electo explicó en forma exhaustiva los sucesos del 21 de enero. Ese día una manifestación multitudinaria convergió hacia el palacio de gobierno reclamando la renuncia del presidente Mahuad. Los militares y policías recibieron la orden de reprimir. La disyuntiva era clara, dice Gutiérrez: o matar o sumarse a la protesta. El contribuyó a disuadir a los uniformados de reprimir a sangre y fuego. Por otra parte, desde tiempo atrás había denunciado ante sus mandos hechos notorios de corrupción en las altas esferas y en la banca. Ahora, a casi tres años, un analista político avezado como Alfonso Oramas dice en El Universo de Guayaquil que «el episodio del 21 de enero de 2000 para muchos ecuatorianos quedó inconcluso y es la proyección de ese hecho lo que lleva a la victoria a Gutiérrez, porque en el fondo se trató de un movimiento militar-indígena con reivindicaciones muy claras que parecería que se quedaron en el aire, aunque se haya tumbado a Mahuad».
Desgaste de viejos partidos
La elección ecuatoriana refleja también el desgaste de los partidos tradicionales. Según el analista citado, «Gutiérrez (más allá de que a la gente no le importó la imagen de golpista que se le quiso endilgar) también simboliza la insatisfacción frente a las estructuras partidarias desgastadas y la forma de ejercer la política». Otro comentarista, Simón pachano advierte «un agotamiento de las figuras tradicionales», y ejemplifica con el caso de Noboa. Ambos le están respondiendo sin saberlo al ex presidente uruguayo arriba mencionado, que trazó el panegírico de los partidos tradicionales y pintó de rosa la situación del país. Este fenómeno se ve con máxima claridad en Venezuela, donde la irrupción del movimiento de Chávez hizo trizas y desplazó del poder a adecos y copeyanos, acostumbrados a repartirse el poder desde el pacto del Punto Fijo de 1958 y que conspiran para volver a Miraflores por cualquier medio, incluso el golpe de Estado, como lo hicieron el 11 de abril.
El Movimiento Pachakutik
En el cuadro de las fuerzas integrantes del nuevo gobierno se destaca el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País, que no sólo representa las reivindicaciones seculares de las etnias originarias sino además brega por «la confluencia de cada una de las vertientes de las luchas populares en una perspectiva unitaria» para «ir construyendo la democracia desde abajo».
Su documento de base ideológico político es del mayor interés, y en algún momento lo comentaremos. *
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