Piqueteros en las calles

En un día tórrido sobre todo social y políticamente, miles de piqueteros mantuvieron un largo forcejeo con las autoridades nacionales para defender su derecho de petición y manifestación por calles y paseos y finalmente lograron sus objetivos.

Para los analistas de los servicios de inteligencia se trató de otro día de «ensayo general» en dirección a desestabilizar al gobierno de Eduardo Duhalde, sobre todo cuando el 20 de diciembre se cumplan un año de la caída de Fernando de la Rúa donde las masas populares, pero también las maniobras de trastienda, tuvieron un papel clave que desde entonces pasó a ser un dato de la realidad casi cotidiana.

Ayer se cumplieron cinco meses del asesinato de los dirigentes piqueteros Maximiliano Kosteki y Darío Santillán por parte de efectivos de la policía bonaerense y por eso un espectro de organizaciones de desocupados y sociales les rindieron homenaje en el lugar del crimen, la estación ferroviaria de Avellaneda, y luego intentaron pasar por el puente Pueyrredón, que la vincula con la Capital Federal.

Era para concretar una jornada de peticiones reivindicativas y políticas que debía culminar con concentraciones en Plaza de Mayo, en la de los Dos Congresos (Parlamento). Un sector pretendía además acampar indefinidamente en Plaza de Mayo y otro, en el paseo histórico, por 24 horas.

Una multitud, estimada por la policía en diez mil piqueteros y por estas entidades en una suma tres veces más numerosas, comenzaron a marchar hacia el puente que une Avellaneda con la Reina del Plata pero la jueza María Servini de Cubría, ordenó que nadie pasara sin ser cacheado previamente.

Nadie pudo verificar si esa orden fue verbal o escrita, o si realmente existió. La duda se hizo más patente al permitirse más tarde pasar por el puente sin inconvenientes.

Lo concreto es que la medida sonó como una provocación. Además, era una tarea imposible palpar a cada uno de los integrantes de la multitud.

El Gobierno nacional quiso lavarse las manos argumentando que no podía contradecir una orden judicial. Pero finalmente después del encuentro entre el ministro del Interior, Jorge Matzkin con una delegación de siete organizaciones de piqueteros se dio a conocer un documento conjunto: la manifestación podía hacerse sin cacheos, con la promesa de que no fuera violenta. Al conocerse la novedad, estalló el júbilo en el puente; no todos siguieron con el programa, sobre todo mujeres y niños que pasaron más de siete horas bajo el solo sin moverse, sin comida y sólo con algún sorbo de agua.

Los líderes de las organizaciones de desempleados se negaron a que los manifestantes fueran cacheados, una medida anti constitucional porque no quisieron ser humillados, o como se puede entender, «confesar» que no estaban provistos de elementos contundentes, o los ya famosos palos que a veces utiliza la seguridad de este sector para impedir infiltraciones.

El legislador porteño de Izquierda Unida, Patricio Echegaray, consideró al cacheo como ofensivo, que se aplica a las víctimas del saqueo que sufrió el país. «Los piqueteros fueron trabajadores y defienden sus derechos con dignidad», dijo.

De hecho, algo así ocurrió el 26 de junio cuando la policía salió a la caza de los piqueteros, mató a dos e hirió a varias decenas de ellas, con balas de plomo y la participación de grupos especiales vestidos de paisano.

Previo a esa masacre, hubo voces desde el poder advirtiendo que podían pasar cosas graves. Como secuela de aquellos hechos, Duhalde intentó desprenderse de cualquier responsabilidad y llamó a elecciones anticipadas para intentar bajar la tensión. Paralelamente aceleró la aplicación de un plan de auxilio a las familias de desocupados, un pedido de la Iglesia Católica y en cierto modo el clima espeso comenzó a ceder.

El homenaje de la víspera fue un motivo fuerte pero adicional a una movilización que une reclamos reivindicativos con otros de tipo político como el repudio a las elecciones limitadas a las presidenciales, contra el FMI, en solidaridad con trabajadores que hacer funcionar empresas quebradas y se los quiere desalojar o actualizando la consigna «que se vayan todos».

La multitud fue convocada por organizaciones de fuerte tinte de izquierda, y diferenciadas de otras de piqueteros que responden a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA). En la de ayer convergieron, entre otros, el Movimiento de Trabajadores Desocupados, donde se destaca la conocida como «Aníbal Verón», muy influenciada por el pensamiento del economista John Holloway promotor de la construcción del «antipoder».

Pero allí está el Polo Obrero, que une a varias agrupaciones, donde es fuerte la influencia del Partido Obrero (trosquista), que sostiene que se vive una situación prerrevolucionaria y que lo que está en la orden del día «es la cuestión del poder».

Entre ambas que ahora marchan juntas se encuentran otras entidades donde tienen influencia otras fuerzas de izquierda, particularmente los comunistas.

De hecho todas estas organizaciones se han convertido en fuerzas de contención y muchas veces, promotoras de emprendimientos laborales que se aplican con los fondos de los planes de ayuda a las familias carenciadas.

El estallido de casos de niños muertos de hambre, el conocimiento actualizado de los contingentes de desnutridos, contrastan paradójicamente, con los datos sanitarios allí donde los piqueteros dirigen emprendimientos: no faltan ni los alimentos ni la mínima atención sanitaria. Como se ve, el panorama es complejo.

En el Puente Pueyrredón, y no es la primera vez, se vio cómo se defendían derechos constitucionales y cómo los piqueteros a pesar de planteos conocidos y públicos de algunos sectores, ayer eludieron la confrontación.

Ellos contaron con la solidaridad de las Madres de Plaza de Mayo que fueron en algún momento otro factor de freno a los más enojados. Estaban frente a ellas y la multitud un bloque de unos 600 efectivos de la policía, Prefectura y Gendarmería. Había carros hidrantes y la temida división de perros, más armas largas por doquier, y gases.

Antes de la negociación en la casa de Gobierno, por el lado porteño del puente, unos cuatro mil manifestantes del movimiento «Teresa Vive» (dirigida por otras vetas trosquistas) actuaron con retaguardia ante la posible represión. Dicho de otro modo, los piqueteros «cercaron» a las fuerzas de represión y fue determinante en la concesión oficial: los manifestantes podían pasar el puente si ser cacheados y cumplir con su programa, aunque con la condición de no acampar ni en Plaza de Mayo ni frente al Parlamento.

Un dato ilustrativo: el ministro del Interior tenía agendada una reunión con diputados nacionales para encontrar la manera de desbloquear en la cámara baja la aprobación del cronograma electoral y la renuncia de Duhalde. Los hizo aguardar, privilegiando el encuentro con la delegación de siete organizaciones de desempleados. *

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