Triunfo de Gutiérrez, otro ejemplo de la crisis de partidos en América Latina
La victoria del coronel (r) Lucio Gutiérrez sobre el multimillonario Alvaro Noboa en la disputa por la presidencia de Ecuador vuelve a ilustrar el descontento de muchos latinoamericanos con sus partidos tradicionales, desgastados por su incapacidad para combatir la corrupción, la pobreza y la inseguridad.
Gutiérrez, que protagonizó la rebelión indígena que en enero de 2000 derrocó al presidente Jamil Mahuad, ganó con más del 54,6%; de los votos frente al multimillonario bananero Alvaro Noboa, según datos oficiales cuando se llevaba contabilizado más del 9%; de los sufragios.
La victoria de Gutiérrez «es una reacción a la ausencia de referentes políticos en Ecuador», señaló a la AFP Luis Eduardo Garzón, ex candidato presidencial de izquierda en Colombia.
Tanto Gutiérrez como Noboa, que dirigen sus propios movimientos políticos pasaron a segunda ronda dejando en el camino a candidatos de partidos tradicionales como el ex presidente socialdemócrata Rodrigo Borja, el socialista León Roldós, y el socialcristiano Xavier Neira (del partido del ex presidente León Febres Cordero).
«Si Noboa y yo estamos encabezando es porque la gente dijo basta a los mismos políticos de siempre. El pueblo ecuatoriano quería un cambio, el pueblo ha estado dirigido por una vieja clase política que ya no quiere más», declaró Gutiérrez después de la primera vuelta, el mes pasado.
Los resultados de Ecuador parecen corroborar un desencanto a escala continental con los partidos políticos.
Descontento que se encarnó los últimos años tanto en las contundentes victorias de Hugo Chávez en Venezuela (1998 y 2000), como en la del disidente de derecha Alvaro Uribe en Colombia (2002), quien llegó prometiendo mano dura con los grupos insurgentes.
La irrupción de «outsiders» también se dio en Bolivia, donde el líder socialista de los cocaleros del Chapare, Evo Morales, quedó segundo en la elección de junio, con 21,1%;, contra 22,5%; del ex presidente liberal Gonzalo Sánchez de Lozada, quien finalmente ungido por el Congreso.
En Argentina, la desintegración política se tradujo en la consigna «que se vayan todos», coreada en manifestaciones que provocaron la caída en diciembre pasado del socialdemócrata Fernando de la Rúa y del peronista Adolfo Rodríguez Saá, sin que se vislumbre ninguna figura -nueva o tradicional- capaz de capitalizar el descontento en las elecciones de marzo para reemplazar al presidente Eduardo Duhalde.
En Brasil, en tanto, un dirigente obrero Luiz Inacio Lula da Silva, asumirá la presidencia en enero, marcando toda una novedad para la región.
Aunque en este caso, la amplia victoria electoral de Lula fue sustentada en una fuerza política estructurada, el Partido de los Trabajadores, que con un discurso moderado consiguió la presidencia, después ser derrotado en tres intentos anteriores.
Para Eliane Mujica, experta en temas internacionales de la Universidad de Friburgo (Alemania), los partidos tradicionales «cayeron por la corrupción y la falta de políticas sociales. No fueron destruidos, se cayeron solos».
Mujica, responsable del centro de estudios internacionales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, dijo recientemente a la AFP que no cree sin embargo que esto vaya a representar un peligro para la estabilidad de la región.
En un continente que estuvo dominado por dictaduras en los años 70 y 80 pero que resolvió los sacudones de los últimos años dentro de marcos constitucionales, no deja de causar inquietud que estos experimentos por fuera de los partidos puedan derivar en una opción autoritaria, como ocurrió con Alberto Fujimori en Perú.
Fujimori, un desconocido ingeniero agrónomo, fue el primer «intruso» que aprovechó la crisis de confianza en los partidos para lograr una sorprendente victoria electoral y se mantuvo en el poder por diez años (1990-2000), hasta su destitución en medio de graves escándalos de corrupción y de abusos de poder protagonizados por el todopoderoso jefe de la policía secreta, Vladimiro Montesinos.
La decepción de los latinoamericanos con los partidos políticos afecta también su percepción sobre la democracia. Según un estudio de la corporación chilena Latinobarómetro difundido en agosto, sólo un 27%; de los habitantes de la región se siente satisfecho con la democracia, contra un 37%; el año pasado. *
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