El grito de una madre
Vi las escenas desgarradoras provocadas por el atentado suicida palestino en la mañana del jueves 21 en Jerusalén oeste, que segó la vida de once israelíes, entre ellos cuatro niños que iban a la escuela. Era el horror sin límites. Una mujer encanecida, anegada en lágrimas, clamaba: «Â¡Esto no es vida, queremos la paz!». Pero ese no es el camino elegido por Ariel Sharon, su ministro de Defensa Shaul Mofaz y menos aún el canciller Binyamin Netanyahu. Esa misma noche se desencadenó la venganza a sangre y fuego en Belén, en Jenin y localidades circundantes y se extendió hasta la franja de Gaza, con muertes de palestinos, de niños y de un delegado de la ONU, detenciones a granel, arrasamiento de viviendas y de campos de refugiados. Hoy sigue la sangre derramada y la ocupación militar de los territorios, por tiempo indefinido.
Vendetta a sangre y fuego
El atentado del kamikaze palestino es el primero en Jerusalén desde el 31 de julio. La venganza israelí consistió en una operación militar de gran envergadura. En la noche del jueves al viernes, decenas de tanques y vehículos blindados (se mencionó un centenar) convergieron desde varias direcciones sobre Belén ocupada por el Tsahal desde junio (como todas las poblaciones palestinas menos Jericó) hasta agosto pasado. Reocuparon la ciudad, impusieron nuevamente el toque de queda (que rige hoy en el 80% de los territorios), arrestaron a decenas de palestinos, detuvieron al padre del autor del atentado y a otro de sus hijos, demolieron su vivienda y otras vecinas. Cercaron nuevamente la Basílica de la Natividad, donde 200 palestinos estuvieron rodeados durante días, reocuparon la localidad de Beit Jala y el campo de refugiados de Deisheh, ambos cercanos a Belén. Más al norte, en la ciudad de Jenin y su campo de refugiados (donde meses atrás el ejército israelí perpetró uno de los mayores actos de genocidio), blindados israelíes irrumpieron a tiros, matando a un niño palestino y a un funcionario de la ONU afectado a labores de reconstrucción en el campamento. Clarín informó que «las balas israelíes mataron a un británico (John Hook) comisionado de la Agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos». El País de Madrid señaló que «la ONU se enfrenta a Israel por la muerte de uno de sus funcionarios en Jenin», y ANSA especificó que «el secretario general de la ONU Kofi Annan criticó al ejército israelí por haber negado inmediato acceso a la ambulancia para trasladar al hospital al comisionado».
También hubo medidas represivas con víctimas mortales en Tulkarem. En la misma noche del jueves decenas de tanques y blindados israelíes irrumpieron abriendo fuego en la localidad de Al Qarada, cerca del Khan Yunes, al sur de la franja de Gaza, donde en días anteriores se registraron operativos contra las fuerzas de seguridad palestinas. El comandante de las tropas en Belén, teniente coronel Aviv, declaró que el operativo «Reacción en cadena», era ilimitado y llevaría «todo el tiempo necesario».
Más armas de EEUU a Israel
De fuente oficial israelí se expresó que las ofensivas militares integran la operación de represalia «sin limitaciones diplomáticas».
En esta fase aguda del conflicto, surgen varios elementos agravantes. El gobierno de EEUU resolvió aumentar su ayuda militar a Israel (país que recibe la mayor cantidad de armamentos norteamericanos), tal cual se decidió en el encuentro de Sharon con Bush en Washington a mediados de octubre. Netanyahu, ahora en calidad de canciller, dice que debe eliminarse hasta el último vestigio de los acuerdos de Oslo y posponerse las conversaciones del cuarteto (ONU, Unión Europea, EEUU y Rusia) sobre un eventual tratado de paz. Grupos ultranacionalistas israelíes, que claman por la expulsión de todos los palestinos hacia otros estados árabes, se propusieron manifestar durante el Ramadam en las puertas de la Explanada de las Mezquitas, el mismo lugar en que Sharon desencadenó la provocación en setiembre de 2000 que desató la segunda Intifada.
El atentado en Jerusalén fue reivindicado por Hamas como réplica a la muerte en Gaza, en julio, de su líder Salah Shaade y otros 14 palestinos a manos de los israelíes. Diez días antes se registró un ataque mortífero en un kibutz cercano a la «línea verde». En total cerca de 30 israelíes, casi todos civiles, fueron muertos en dos semanas.
La espiral sin fin
Razón parecen tener quienes afirman, en campo de la oposición israelí, que Sharon es el gran culpable, no sólo de la muerte de los palestinos, sino de los propios israelíes. Ahora declaró, mientras observaba obras en construcción en el muro de Jerusalén, que «Israel no abandonará su política de castigo».
Hamas replica que «las operaciones de los mártires» seguirán.
Así entramos en la espiral sin fin de la muerte y la violencia. Es exactamente lo contrario que exigía la madre sufriente evocada al comienzo, expresión de un sector considerable de la opinión pública israelí.
Esto es lo que personifica Amram Mitzná, dos veces alcalde de Haifa que ganó la presidencia del laborismo y deberá enfrentar a Sharon o Netanyahu (quien venza en la interna del Likud) en las elecciones anticipadas del 28 de enero. Para la anécdota se recuerda que, joven general en servicio, enfrentó a Sharon en setiembre de 1982 por las masacres de Sabra y Chatila. Ahora dice que Sharon «nos arrastra a una tragedia».
La variante Mitzná
En el clima de tensión reinante, Mitzná reiteró en la convención laborista la necesidad de continuar el proceso de paz y declaró: «Los tanques y los aviones no alcanzan para protegernos; yo me comprometo a proceder a una separación con los palestinos, ya sea por un acuerdo de paz o de manera unilateral», aludiendo a la propuesta de desmantelar las colonias judías y retirar las tropas de los territorios. Evocó en ese sentido al primer ministro laborista Itzaj Rabin, asesinado por un fanático israelí en noviembre de 1995 en Tel Aviv por firmar «la paz de los valientes» con Arafat. *
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