Un nuevo tiempo continental
Escribí entonces que «Agora é Lula» expresaba antes que nada una emoción y un sentimiento brasileño, que barría como una onda el inmenso país e impregnaba a cada uno de sus compatriotas de un sentimiento de dignidad y de autoestima. Síntesis de una biografía enaltecedora, en la que todos se sentían representados, era la comunión de un hombre con su pueblo. En pocos casos me tocó ver reflejada esta esencia en tal grado de autenticidad. Ho Chi Minh es uno de ellos, quizá Nelson Mandela. Evocó ahora a Lula en la campaña electoral de 1994, cuando desde el techo de un camión parlante se dirigía a los obreros en el cambio de turno a las 5 de la mañana en una gran fábrica metalúrgica del mítico São Bernardo do Campo, en el ABC paulista. O en los miles de kilómetros recorridos por todo Brasil en las Caravanas de la Ciudadanía, a lo largo del Amazonas y hasta el más recóndito de los estados donde los coroneles-latifundistas eran dueños de vidas y haciendas. A todos lados llegó la onda Lula-PT, amalgama fecunda de cuatro grandes vertientes de la vida brasileña: un movimiento sindical renovado, libre de peleguismo; las corrientes tradicionales de la izquierda, sembradoras de las ideas de transformar la sociedad y cambiar el mundo, la teología de la liberación, el humanismo cristiano; y los movimientos sociales masivos de nuevo cuño, como el emblemático de los Sin tierra. Todo esto junto es lo que cuaja en la nueva atmósfera que se respira en todas partes, en el norte como en el sur, en sorprendente homogeneidad.
Lula presidente es ante todo una victoria en el campo intelectual y ético, en el terreno de las ideas. Zanja añejas polémicas sobre los límites de la utopía, sobre la posibilidad y la realidad, por la mejor vía: la decisión libre y consciente de decenas de millones de hombres, mujeres y jóvenes, de la sociedad brasileña tal cual es. Ellos tornaron posible lo que muchos, por interés o miopía, consideraban imposible. Confiaron en que se podía cambiar la pisada, revertir una dramática situación de iniquidad social, aunque fuera la mayor del mundo. Que estaba en su cabeza y en su acción derrotar al pensamiento único y abrir una alternativa. Y cuando algunos, muy alejados de la realidad candente, piensan hoy mismo que el programa «es un poco blando», Lula les responde con los pies sobre la tierra que su primer objetivo consiste en que 50 millones de brasileños, hoy totalmente al margen del mercado, coman tres veces por día. Para empezar no hay tarea más revolucionaria. Y eso puede significar el inicio de un nuevo tiempo, que marque el nuevo siglo y el nuevo milenio. Para Brasil sin duda, quizá también para América Latina. Miramos hacia Ecuador. ¿Y está prohibido pensar en Uruguay? Los traslados mecánicos son sin duda primitivos e inconducentes. Pero no la influencia transformadora de las ideas, que permiten atalayar un horizonte renovado.
La campaña por Lula echó por tierra también todas las coartadas que a menudo la propia izquierda se plantea en su incapacidad de llegar al gobierno. Ellos se propusieron ganar, realizaron un trabajo mayúsculo corporizado en cientos de miles de militantes, tejieron las alianzas necesarias, multiplicaron todas las formas de contacto con el pueblo para sembrar sus ideas y su programa, y llegaron. Se acabaron los pretextos.
Mi maestro decía que las ideas se transforman en fuerza material cuando penetran en la conciencia de las grandes masas. Y en el corazón. Eso es lo que está aconteciendo en Brasil. Por eso es un punto de inflexión en el camino histórico de nuestra América Latina. Creo que no tardaremos demasiado en verlo. *
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