Los mercados también dan buenas sorpresas

Unos meses atrás, el posible triunfo electoral del Partido de los Trabajadores y de su candidato presidencial, Luis Inácio Lula da Silva, venía aparejado con los peores vaticinios para la economía brasileña. Si esto pasaba, es decir si ganaban las fuerzas de izquierda, sobre Brasil se desatarían grandes calamidades económicas. Estos eran los augurios no sólo de los ortodoxos economistas oficialistas dentro de fronteras, sino también de los más sesudos analistas de Wall Street.

Ellos esperaban y vaticinaban fuertes turbulencias después de la victoria de Lula, las cuales incluso podían llevar al incumplimiento en el servicio de la deuda externa, el tan mentado default. Pero esto no ha pasado, más bien ha sucedido todo lo contrario.

Los mercados internacionales se destacan por ser imprevisibles y esta cualidad, afortunadamente, no siempre hace que sorprendan negativamente. Algunas veces, como en esta oportunidad, pueden dar sorpresas positivas. Brasil vive hoy esta circunstancia: todos los indicadores económicos que se esperaba iban a reaccionar desfavorablemente lo han hecho a favor.

El diario británico Financial Times lo destacó en su edición del lunes pasado, diciendo que en este año es difícil que haya una sorpresa tan notable como la reacción que han tenido los inversores después del triunfo de Lula. No lo esperaba nadie. Antes, cuando el candidato petista subía en las encuestas, también lo hacían el dólar y los intereses que Brasil debía pagar sobre su deuda, el famoso riesgo país. Ahora que ganó, ambos valores han descendido.

Después del 27 de octubre, jornada de la votación definitiva en segundo turno, en estos quince días, el dólar ha bajado su cotización en un 7%, cuando todos los gurúes presagiaban que iba a superar al galope los cuatro reales. Y las acciones brasileñas en la Bolsa de San Pablo han tenido una recuperación del 6%. ¿Quién podía pensar esto? Ni el más fanático de los hinchas de Lula.

Por suerte, la realidad no trae invariablemente malas nuevas. Actualmente Brasil vive lo que se podía considerar un sueño imposible: tener a Lula como Presidente electo y que los indicadores de la economía mejoren. Habría que pellizcarse para convencerse que uno no está dormido. Todas aquellas nubes negras que se pronosticaron aparecerían en el cielo junto con la victoria del PT, han brillado por su ausencia y esto demuestra que no siempre hay que llevarle el apunte a estos profetas de la catástrofe porque muchas veces sus vaticinios responden a sus deseos y no a ninguna lógica económica.

Brasil disfruta hoy de un tiempo pletórico de esperanzas. La gente que votó masivamente por Lula, y aun quienes no lo hicieron, confían en el próximo gobierno. La transición se está realizando con una gran madurez , y el PT y el Presidente electo han mostrado ya su inclinación por políticas moderadas. Este viraje hacia el centro es quien ha traído esta tranquilidad a los mercados e incluso su tonificación. Los inversores han mostrado no guiarse por prejuicios ideológicos, ellos ven la realidad tal cual se presenta; y ésta es auspiciosa.

Esto no quiere decir que la economía brasileña no tenga problemas. Por supuesto que los tiene: su deuda externa es muy alta y esto obliga a grandes desembolsos en el pago de intereses. Aquí está la prueba de fuego para el próximo gobierno, quien aún no ha designado a los hombres que integrarán su equipo económico. Estos nombres son aguardados con tranquilidad y sin impaciencia por los mercados bursátiles internacionales.

Mientras tanto, otro fantasma, viejo conocido de los brasileños, vuelve a atemorizar a sus bolsillos. La inflación comienza a aumentar, los precios internos suben. Las oscilaciones en el valor del dólar, que hubo durante las elecciones, llevó a que se remarcarán muchos artículos y el Gobierno, pasada la votación, le dio a la estabilidad su golpe de gracia subiendo las tarifas de los servicios públicos y los combustibles. Esto se va a sentir.

Aquí deberá estar la gran preocupación del próximo gobierno: defender el poder adquisitivo de la gente. Actualmente se habla mucho de la suba que tendrá el año que viene el salario mínimo nacional. Todos los candidatos, menos Lula, hicieron demagogia prometiendo aumentos imposibles. El no lo hizo y en eso estuvo muy bien. Los incrementos en los salarios impresionan bien a quien los recibe, pero de nada sirven si están acompañados de un aumento similar o superior en los precios.

Contener a la inflación, no permitir que se dispare, debe ser un pilar de hierro en la estrategia económica de la administración Lula. No caer en la atrayente tentación de subir nominalmente los sueldos, mientras la inflación se devora todo. Un canto de sirena que hizo sucumbir a tantos prometedores gobiernos de izquierda. *

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