La Iglesia denuncia una campaña para denigrarla
Saliendo al cruce de lo que consideran una campaña, la comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina advirtió que «en este último tiempo se pretende desdibujar la imagen de la Iglesia» y expresó su asombro y preocupación «por la cantidad y la perseverancia de los ataques».
No faltaba que el breve texto eclesial lo especificara: ha sido escrito muy a las apuradas, incluso a días de la reunión plenaria de obispos por los casos en que se encuentra detenido el sacerdote Julio Grassi, acusado de abuso de menores a raíz de denuncias difundidas en el programa de TV «Telenoche investiga», y luego de los escándalos registrados en los Estados Unidos, con gran repercusión en los medios.
A eso se suma la renuncia del arzobispo de Santa Fe, monseñor Edgardo Storni, que en setiembre último dejó su cargo acusado de abusos deshonestos en perjuicio de seminaristas. Y hay más casos, antiguos y actuales.
.Dice el texto: «La Iglesia, que es la reunión de todos los bautizados, tiene conciencia de estar constituida por hombres y por tanto también sujeta a la tentación del pecado. Ello le exige constante conversión y penitencia, pidiendo cada día a Dios la gracia para poder superarlo. Pero no le tiene miedo a la verdad, ni pretende ocultarla».
Tras afirmar que «el Señor nos ha dicho que no hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido (Mt. 10,26)», sostiene que «el mal que pueda existir en cualquiera de sus miembros amerita la correspondiente purificación para el bien del cuerpo entero». Es como abrir el paraguas.
Con todo el Episcopado advierte que «esto, sin embargo, no es excusa para que se emitan juicios condenatorios acerca de individuos o instituciones antes que, probado el caso, se expida el poder que corresponda. Lo contrario sería fundar exclusivamente en presunciones el agravio al buen nombre y a la fama de las personas; además de herir su honor, también hiere el sentimiento de una gran parte de la comunidad».
Escándalos
Al referirse a las motivaciones que podrían impulsar la intención de «desdibujar» la imagen de la Iglesia, el Episcopado señala: «Puede ser que el lado oculto de esta campaña sea la voluntad de que la Iglesia pierda la confiabilidad que le reconoce la sociedad, o que deje de exponer las consecuencias morales y sociales de sus principios».
Y añade: «La Iglesia jamás dejará de cumplir su cometido de ofrecer a la comunidad la verdad que surge de la doctrina de Cristo, aunque esto pueda no gustar a quienes, olvidados de la dignidad del ser humano y de la necesaria solidaridad que ha de regir sus relaciones, sólo buscan crecer en riqueza o en poder».
Cuando estalló el caso del cura Grassi, hubo un alineamiento sugestivo: los medios favorables a Carlos Menem, salieron a defender al sacerdote, señalando que es víctima de una campaña mediática. El espacio no menemista, con diversos tonos, pidió separar lo privado de lo eclesial, pero sin dejar de subrayar que en juego estaban presuntos actos de paidofilia, severamente castigados por el código penal.
Grassi fue un mimado del obispado menemista. Creció como cura mediático en los años 90, hizo negocios turbios que lo involucraron con la estrella de la TV, Susana Giménez, un caso que llegó a la justicia por asuntos de dinero.
Una fundación solidaria que dirige el sacerdote, «Feliz los Niños» había resultado afectada por una empresa que organizó llamados telefónicos tarifados al programa de la diva. Grassi se quejó que le habían dado menos que lo que le correspondía, pero inopinadamente aceptó un trato con sus presuntos estafadores, donde estaba el ex guerrillero peronista, ahora fallecido, Rodolfo Galimberti y el empresario Jorge Born. Este había sido secuestrado en los ’70 por Montoneros dirigidos por Galimberti, y cobraron un rescate por 60 millones de dólares cuya devolución fue lo que explica esa sociedad digna del síndrome de Estocolmo.
Quienes conocen de cerca la interna de la Iglesia, saben de viejos enfrentamientos entre el Obispo de Morón, monseñor Justo Laguna, con el sacerdote ahora preso. Se dijo entonces que monseñor estaba disgustado por la manera que Grassi manejaba el dinero. Resulta difícil aceptar que el obispado desconociera las actitudes privadas de Grassi o de Storni.
El comunicado no deja claro quiénes son los destinatarios de la denuncia, sobre todo porque alude a una campaña. Parece más destinado a los fieles, para que no comiencen a desconfiar de sus pastores.
Horas después del conocido el documento, en Clarín de la víspera se anticipa que Francisco Trusso, un banquero vinculado a la Iglesia, vía Opus Dei y viejo mimado del Vaticano, amenaza desde su celda con revelar secretos de la Santa Sede.
El padre de Trusso, también banquero, fue embajador de Menem ante el Vaticano e integró su Consejo de Estado, nada menos.
Francisco Trusso está preso por una estafa aparentemente hecha en combinación con el fallecido cardenal Quarracino, entonces arzobispo de Buenos Aires.
Por lo pronto, Trusso contó de una visita de peso que recibió semanas atrás en la cárcel: la de monseñor Raúl Sandri, sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano y tercero en jerarquía detrás del Papa.
Demasiado poder para un caso de una vulgar estafa. Las amenazas de revelaciones proferidas por Trusso, abren otro escándalo adicional para la Iglesia y sus relaciones, en el pasado, con Carlos Menem, Vaticano incluido.
Y ya se conoce que la interna peronista gira en torno a cómo impedir el acceso a la presidencia del hombre nacido en La Rioja. Se verá. *
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