El presidente Duhalde no dramatiza los desacuerdos con el FMI
ISIDORO GILBERT
Es lógico pensar si el problema no es la desconfianza en Eduardo Duhalde, quien ha prometido, pero se sospecha que no es su propósito real, irse el 25 de mayo luego de las elecciones que en principio deben realizarse el 30 de marzo.
Pregunta inevitable: ¿presiona el auditor de las finanzas internacionales para que se cumpla realmente el cronograma electoral? No queda claro.
En el gobierno se jura que tienen el respaldo del gobierno norteamericano para que el Fondo finiquite rápidamente el acuerdo. Hay razones geopolíticas para ello: «para EEUU la prioridad es Brasil y temen que una Argentina desmadrada, arrastre a sus vecinos», supone un experto del oficialismo.
También es posible especular lo contrario: que se busque utilizar a la Argentina para hostigar a Brasil. Uno de los objetivos primerizos de Lula será fortalecer el Mercosur, como plataforma de negociación con los poderes mundiales; ¿puede ser ilógico que los duros de George Bush no traten de frustrar este objetivo?
Todo es sospechoso, pese a que los que están en el riñón de la negociación excluyan como dificultad la situación política interna y sobre todo las cuestiones internacionales. «No es verdad que el FMI se entromete en las internas, es lo que nos faltaba», comentan en Economía. «No hay que ideologizar la controversia. El staff del Fondo considera un mamarracho la propuesta del equipo económico argentino para firmar el acuerdo y ese es el problema», dicen analistas en Nueva York.
Llama la atención que ahora el FMI reclame un superávit primario del 4,5% del PBI que solamente se podría alcanzar mediante un nuevo y duro ajuste o con más impuestos que frenaría la tibia suba de la demanda, un factor de reactivación. Siempre surge un asunto nuevo cuando todo parece arreglado.
Reclamos interminables
La lista de reclamos al gobierno argentino desde enero a ahora, es interminable. Hubo de todo como en botica: demandas financieras, de orientación económica o política cambiaria y hasta exigencia para derogar leyes que decían afectaba la seguridad jurídica. Pero en tren de pedir, exigen evitar que se devuelvan dinero a los ahorristas, lo que es invadir al Poder Judicial donde está dirimiéndose los amparos y la propia pesificación que siguió a la devaluación, recomendada por el FMI. O que se privaticen los bancos oficiales.
Dentro del organismo financiero internacional hay gente que se opone militantemente a un acuerdo, que va desde el directorio hasta parte del staff técnico. Estos últimos se quejan: el ministro de Economía, Roberto Lavagna negocia con arrogancia o no ofrece nada a cambio cuando rechaza una propuesta que no le gusta. «Es gélido, actúa como si no le importara no acordar», sostiene un hombre de la finanzas mundiales. Otra sería la verdad: el staff del Fondo sintió como una humillación que se le dijera que la recuperación económica se consigue a pesar de sus consejos y pronósticos de catástrofe. Y no soportan oír de vez en cuando un «no».
El clima pareció enrarecerse cuando Economía anunció, sin conocimiento alguno del FMI, medidas como la rebaja del IVA con vistas a alentar el consumo, lo contrario de lo que le piden.
El desagrado fue tal que un funcionario del FMI filtró a una agencia internacional de noticias que «solamente se firmará con el gobierno entrante». Fue «para poner a la delegación argentina en su lugar», consideró un operador financiero. Pero aquí no produjo pánico.
En Wall Street se recoge el rumor de que los argentinos usan sus cartas «casi con impertinencia», diciendo que el FMI va a tener que terminar viniendo al pie, porque si no el Banco Mundial y, sobre todo, el BID, resultarán perjudicados por el default que se precipitaría si Argentina, por no tener convenio a mano, se niega a utilizar divisas de sus reservas.
Una de cal, otra de arena: desde la jefatura de Gabinete se hizo saber que si «hay que utilizar algo de las reservas porque la firma está cerca, se hará». Además, los expertos saben que si para el 14 de este mes cuando vence un bono del Banco Mundial por 805 millones de dólares y no hubo arreglo, la burocracia puede encontrar mecanismos para postergar el maldito default.
Varias fuentes describen así la situación en el FMI: su director, Horst Köheler, y la número dos, Krüeger, forman un eje común en contra del acuerdo; el staff está dividido: aunque nadie simpatiza, a una parte no le molestaría que se firme algo, mientras que otra está harta de las medidas que ha venido aprobando el gobierno.
En Directorio del FMI, que en definitiva es el que decide, hay tonos diferentes. Alemania, en contra pero España, Italia, y sobre todo, los EEUU –que es el socio con la cuota mayor–, quieren que haya algo, aunque sea de carácter mínimo, para no seguir agitando al convulsionado Cono Sur.
Lavagna fue a Washington más a encontrar apoyo del Tesoro que convencer al directorio del FMI. Supo adicionalmente que el Departamento de Estado designa un «mediador» entre la Argentina y el FMI. Pero no recibió seguridades de auxilio terminantes y el mundo sigue andando: Lavagna cree que no todo está terminado y tiene «plan de lluvia» por si no se avanza.
El peronismo en un mundo aparte
Salvo para el gobierno y los operadores económicos, la saga del FMI ya pasa desapercibida. En rigor sólo los iniciados suponen comprender el enredo.
En el peronismo se siguen tirando de las mechas con todo desenfado, utilizando al Estado para sus intimidades, por la suposición que no hay alternativa en el arco opositor y ni la dureza del Fondo les modifica el ánimo.
Pueden estar jugando con fuego, aunque uno de ellos termine por llegar a la Rosada: estará tan debilitado y con tan escaso consenso, que puede abrir caminos inesperados. Alain Touraine que mira con ojos desapasionados lo que transcurre, pasó por aquí y regreso espantado a París: cree que los argentinos estarán sometidos a un nuevo sistema dictatorial, que la derecha actuará preventivamente. No será un golpe, dice. Pero algo escuchó en sus francas charlas con banqueros, empresarios y militares.
Eduardo Duhalde ha mostrado que tiene el control del grueso del Partido Justicialista, como lo exhibió en su Congreso de la semana pasada y que reiterará el martes incluso con reconocimiento judicial. De su poder dice mucho que dentro del menemismo se discuta si conviene ir o no a aceptar la fecha fijada por esa asamblea, para intentar frenar el descabezamiento de Carlos Menem como titular del Consejo Nacional del PJ.
O, más duro aún para el riojano, que el Congreso unifique en el acto electoral para decidir el candidato presidencial, la elección de todos los cargos partidarios, donde Duhalde podría intentar plebiscitarse como jefe del partido. Es que el bonaerense tiene que interesar a los caciques, medianos y pequeños, en lugares bajo el sol partidario y legislativo, para poder llevarlos a la pelea final: evitar que Menem, y en menor medida, Adolfo Rodríguez Saá, se queden con la candidatura presidencial, que es decir, el sillón de Rivadavia.
Esa perspectiva alarma incluso a lideres del radicalismo. «En ese caso, es mejor que Duhalde se quede hasta el final de 2003″, dicen por esos lugares. En rigor, recogen la idea que ha hecho carne en un sector del duhaldismo y en grupos de empresarios. Pero el Presidente ha comprometido su palabra para otra cosa y por ahora se le debe creer.
Pero Duhalde no tiene candidato ganador; busca mixturas poco probables entre los que aparecen con algunos puntos en las encuestas, que en rigor son mezquinas en porcentajes de respaldo para todos o se tienta por alquimias para conseguir sus objetivos.
Las ideas para taponar a los Frankenstein, no impedirá que en todo caso, algunos de los qu
e tienen votos, vayan a la general por afuera, rebanándole sufragios al triunfador y abriéndole la posibilidad para el segundo turno o a Elisa Carrió o al centro-derechista Ricardo López Murphy, depende del escenario que finalmente se arme.
Impactos del triunfo de Lula
El triunfo de Lula ha animado una vieja idea de buscar aquí quién puede ser su clon, sin tener en cuenta las peculiaridades de su ascenso hacia el poder, el papel de la Iglesia y la presencia de una burguesía capaz de acordar con un líder socialista su hegemonía para una etapa de autonomía, desarrollo, justicia social, en el mundo dominado por el capital financiero.
El nombre de Víctor de Gennaro, líder de la Central de Trabajadores, es vinculado con esa búsqueda. En rigor la CTA, hace tiempo que discute la perspectiva de convertirse en una fuerza política y es el nudo central del proyecto que se discutirá a mediados de diciembre en Mar del Plata. De Gennaro no oculta que también busca ser presidente de los argentinos, no en esta confusa instancia actual, sino arando el camino hacia el futuro.
Un libro que se conoce bajo el título «Sin excusas» permite a Carlos Chacho Alvarez hacer una profunda reflexión autocrítica sobre el fracaso de la Alianza y de él mismo, pero de la lectura surgen algunas ideas medulares: que desde arriba, es decir de un cargo como el de vicepresidente, no se puede hacer nada, si no hay abajo la fuerza movilizadora del cambio y si las instituciones tienen un alto grado de degradación como las de la Argentina. Consejo implícito: acumular fuertemente en el seno de la sociedad antes de arrojarse al intento de llegar al gobierno.
En cierto modo, el consejo está dirigido a Elisa Carrió quien tiene chances de llegar al balotaje sobre todo si Menem llegara a ser el candidato de un sector del peronismo. Si el ex es el pretendiente, provocará otros candidatos y el fraccionamiento del electorado peronista.
Es un consejo importante, pero ¿qué hacer con los desafíos de la historia? ¿Puede una fuerza política en desarrollo como el ARI y sus amigos elegir el momento, sobre todo en un momento crucial como el actual y siempre que acierte en propuestas y articulación de alianzas?
No hay respuestas sencillas. En última instancia debe ser la sociedad la que tiene que definir si quiere o no cambiar. Esa es otra lección brasileña de la que se deben hacer cargo no solamente los líderes políticos. *
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