"Todos esos niños aplastados, parece la guerra"

SAN GIULIANO DI PUGLIA, ITALIA, AFP

 

«Todos esos niños aplastados, parece la guerra», dice Alfonso, un médico, saliendo de entre los escombros este viernes, casi 24 horas después del sismo que causó al menos 29 muertos, 26 de ellos niños, en San Giuliano di Puglia (centro-este de Italia).

«Trabajo en esto desde hace 25 años pero encontrar a esos críos muertos intentando agarrarse a algo, a un poste, otros con el bolígrafo en la mano, otros horriblemente aplastados, es terrible», añade el médico de 52 años, jefe de servicio del hospital de Larimo, el más cercano a San Giuliano. «Puede que esto me haga envejecer aun más», dice, antes de regresar a los restos de la escuela reducida a la nada por el terremoto.

Desde la víspera, los carabineros montan guardia y desalojan las dos calles adyacentes al centro escolar para facilitar la tarea a los servicios de socorro.

Pero desde las cuatro de la madrugada, las ambulancias que trasladan los cadáveres en camillas se dirigen al gimnasio, a la salida del pueblo, donde está instalada una capilla ardiente.

Allí, las familias dan rienda suelta a su dolor.

«No tengo hijos pero debe ser un dolor terrible. Hay una madre que ha perdido tres hijos», comenta una joven de la Cruz Roja que pasó toda la noche dando los últimos cuidados a los pequeños cuerpos sin vida, lavándolos y preparándolos antes de que fueran colocados en sus féretros.

Los ataúdes están en la cancha de baloncesto, con las tapas apoyadas en las paredes blancas y verdes de la sala.

En este día de Todos los santos en el que resplandecen los colores otoñales, el gimnasio parece un cementerio y la calzada de tierra que lleva hasta allí un vía crucis.

Los familiares llegan con los ojos enrojecidos por las lágrimas en una lenta procesión funébre. Socorristas, guardias uniformados y agentes de protección civil comparten su calvario. Un viejo estalla en lamentos al ver a un allegado que le saluda, como todos los hombres de ese pueblo del sur de Italia, que ya no pueden seguir reteniendo sus lágrimas.

Las mujeres de edad vestidas de negro caminan a trompicones entre lamentos. Algunos intentan ocultar su tristeza tras sus gafas negras, un pañuelo, o fumando un cigarrillo.

Se sigue sintiendo el miedo a otro temblor y la más mínima réplica provoca el pánico.

«Sáquenla, sáquenla», grita justo después de una réplica una joven madre a la gente que está en la entrada con su niña de dos años.

Todos, también los socorristas a los que la mujer había cobijado en su casa tras una noche de trabajo ininterrumpido, salen corriendo precipitadamente llevando a la pequeña. *

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