Una luna de miel jamás soñada

Muchos partidarios del PT lamentaron que Lula no hubiera triunfado ya en la primera vuelta, pero la realidad a veces es más sabia que los deseos de los hombres. Este segundo turno, que ocupó tres semanas, le sirvió mucho a la estabilidad institucional del Brasil y al nuevo gobierno electo, que preside Luis Inácio Lula da Silva.

Fue una preparación para lo que se sabía que iba a suceder. Nunca existió incertidumbre alguna acerca del resultado de la contienda presidencial y el propio José Serra enfrentó la segunda vuelta sabiendo que irremediablemente perdería. Las encuestas posteriores a la primera votación ya marcaban un 60% de la intención de voto para Lula.

Entonces, por espacio de veintiún días, Brasil todo, quienes votarían por uno u otro de los candidatos, se hizo a la idea de lo que estaba por pasar. Algo histórico, un cambio muy grande, pero que fue siendo digerido con tiempo por la sociedad toda.

Vino bien esta espera, sirvió para que el triunfo del candidato presidencial del PT fuera menos sorpresivo y, por lo tanto, menos traumático. Y realmente así ha sido. Todos aquellos fantasmas que otrora se agitaron ante la posibilidad de una victoria de este barbado dirigente sindical ahora, afortunadamente, han faltado a la cita. Ninguno se ha agitado en estas horas posteriores a la decisión de las urnas tan largamente esperada.

Todos están tranquilos en Brasil con Lula como presidente electo. Los que votaron por él festejan y confían en un futuro distinto parta ellos y quienes votaron por Serra, al igual que él, han aceptado con hidalguía la derrota electoral. El actual presidente, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, ha manifestado su satisfacción por pasarle la banda a este ex tornero mecánico que fue su compañero de lucha en los tiempos de la dictadura militar.

Todo parece rodar aceitadamente en la transición que comienza en este enorme país. El gobierno saliente ha puesto a la disposición del entrante toda la información y conocimiento disponibles. El propio Lula ha elogiado la disposición oficial en la materia y el intercambio entre petistas y tucanos ha sido más de flores que de piedras.

Hasta los mercados han reaccionado sorprendentemente bien. El efecto Lula en el gobierno no ha sido la catástrofe augurada también largamente. No hubo ninguna disparada del dólar y las Bolsas tampoco se inquietaron para nada. En estos días, todo ha transcurrido tranquilamente, mucho más tranquilo de lo que hasta el más optimista podía esperar. El FMI ha prometido su apoyo a la nueva gestión y los gobiernos de los países más importantes del mundo han felicitado al triunfador de las elecciones.

Todas han sido palabras y gestos sensatos, pero siempre hay una excepción. Esta vez, lo fue el secretario estadounidense de Comercio, el inefable Paul O’Neill. Dijo que ahora Lula temía que demostrar que no era un loco. Una expresión particularmente disonante, incluso con los mensajes de su presidente, George W. Bush. Pero que le vamos a hacer, nunca falta un tonto aun en la mejor de las fiestas.

Realmente es una fiesta la que vive Brasil. La gente en la calle está contenta y esperanzada. Sabe que empieza a gestarse un cambio, algo largamente esperado, y que encuentra al país en su mejor momento para hacerlo. Por supuesto que es un cambio difícil y repleto de asechanzas, pero lo empieza con el pie correcto. Sólo que en esta oportunidad se comienza con el pie izquierdo.

Brasil vive en estos días una verdadera luna de miel. No hay rispideces, todo es armonía. ¿Cuánto durará? Seguramente no será eterna, pero como punto de partida para un gobierno de la izquierda no se podría haber soñado con uno mejor.

El próximo 1º de enero, el nuevo equipo saldrá a la cancha. Entonces, observaremos cómo plantea su juego. Por ahora, concentra y se prepara. *

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