Otro Brasil es posible, otro mundo es posible

La elección de Lula es una formidable inyección de optimismo para todos los que luchan para cambiar el mundo. Para cada uno de los integrantes de los movimientos sociales y de los partidos empeñados en una transformación profunda en su país y en nuestro planeta común, con su tremenda carga de injusticia y desigualdad social. Se demostró en la práctica que  contra el avasallamiento mediático y del capital transnacional, contra la pretendida omnipotencia del mercado  es posible hacer triunfar una candidatura surgida de la entraña del pueblo trabajador y emprender un camino nuevo. Reverdeció, por decisión de decenas de millones de hombres y mujeres, el lema augural que el Foro Social Mundial lanzó desde Porto Alegre: «Otro mundo es posible».

 

La magnitud de la victoria

Las pancartas desplegadas por los jóvenes al son de las batucadas en esa tarde de gloria del domingo 27 por las calles de San Pablo proclamaban: «Se puede, Lula y el pueblo pudieron», y lo extrapolaban más allá de fronteras: «Brasil muestra al mundo que los pueblos unidos llegan». Era ante todo  lo reafirmamos  una victoria ideológica, de la audacia de pensamiento, de la inteligencia de mirar la realidad sin anteojeras y de encontrar los caminos para unir fuerzas y poner el pie en la ruta de los cambios. Theotonio dos Santos habla de «una colosal maduración de la conciencia». Ahora, el balance de los dos turnos destaca ante todo la magnitud impresionante de la victoria popular. También las insuficiencias, de donde deriva la necesidad de persistir en la política de amplitud, de alianzas y de unidad, empezando por la unidad interna. Doble lección que Brasil entrega a quien quiera ver, oír y comprender. Incluso por estas latitudes.

Lula alcanzó 61,3% y 52:793.364 votos frente a 38,7% y 33:370.739 de Serra. Una cifra impresionante, tanto por su monto, nunca alcanzado en Brasil, como por la ventaja sobre su contrincante (22 y medio por ciento, y casi 20 millones de votos). La diferencia en votos se mantuvo en relación al primer turno, ya que cada uno aumentó aproximadamente 13 millones y medio. Se destaca asimismo la extensión geográfica de la victoria de Lula. Si en el primer turno, con 4 candidatos a la presidencia, llegó a la cabeza en todos los estados menos en Rio (donde ganó Garotinho), en Ceará (zona de influencia de Ciro Gomes), y en Alagoas, ahora solamente este último escapó a su predominio (aunque ganó en Maceió, capital del estado en que fue defenestrado Collor). En los 25 restantes y en el Distrito Federal Lula llegó al frente. Incluso en Rio duplicó (casi) su votación y obtuvo el máximo resultado: 78,97%. También aventajó al oficialismo en el norte y el nordeste, lo que constituye un hecho trascendente y novedoso en la vida política brasileña.

 

A nivel nacional

El presidente electo, que recorrió varias veces el inmenso país (recuérdese las Caravanas de la Ciudadanía, que llegaron hasta el Brasil profundo), pasó a ser una figura de gravitación nacional, que concitó una adhesión mayoritaria en todas las regiones. Ello se expresa también en que la bancada del PT, con 91 diputados, será la mayor de la Cámara, aumentó en 33 escaños y abarcará casi todos los estados. Creció asimismo su representación en el Senado. Un proceso similar experimentaron las bancadas de los partidos de izquierda en ambas Cámaras. No obstante, los sectores que respaldarán al próximo gobierno están muy lejos de contar con mayoría parlamentaria. Esto pondrá a prueba, por una parte, la validez de la política de alianzas, su extensión a diversos sectores políticos; y por otra, la fuerza del movimiento popular, para promover sus reclamos y presionar a los órganos legislativos a fin de lograr la votación de las reformas imprescindibles en materia de lucha contra el hambre, por la salud y la educación, la reforma tributaria y el fundamental problema de la reforma agraria.

 

Pérdidas dolorosas

Las insuficiencias de la votación del PT se expresaron en el terreno de las gobernaciones, donde se registraron dolorosas pérdidas.

Históricamente, el ascenso electoral del PT se produjo en 1989 con la conquista de las primeras prefecturas, empezando por Porto Alegre con Olivio Dutra. Después conquistó el gobierno de decenas de ciudades de todo porte, que culminaron con San Pablo, gobernada por Martha Suplicy, y varios estados, en primer lugar Acre, la tierra de Chico Mendes. En las instancias municipales y estaduales instauró el llamado modo petista de gobernar, centrado en los presupuestos participativos que pasaron a ser, por el valor del ejemplo, uno de los ejes de su campaña electoral, en positivo. Ahora, el PT retuvo solamente los pequeños estados de Acre y Mato Grosso do Sul, y conquistó el de Piauí. Perdió Amapá a manos del PDT de Brizola. En Rio de Janeiro, la vicegobernadora Benedita da Silva (en el cargo porque Garotinho se postuló a la presidencia) cayó ante la esposa de éste, que pasó apenas el 50% en el primer turno. En el DF Joaquim Roriz del PMDB venció por unas décimas de punto a Geraldo Magela del PT en una elección fluctuante hasta el final. En Sâo Paulo, Genoino hizo una proeza dejando por el camino a Maluf pero perdió por margen apreciable ante Geraldo Alckmin, del PSDB. En Ceará, José Airton del PT cedió por 8 centésimas ante Lucio Alcántara del PSDB (50,04% a 49,96%) y algo similar sucedió en Pará.

Pero lo más punzante para el PT fue la pérdida de Rio Grande do Sul, donde Germano Rigotto, del PMDB, venció por 52,67% a 47,33% a Tarso Genro. Aquí pesaron problemas internos y la falta de unidad entre los diversos sectores del PT. Una vez decidido el candidato, no todos cincharon parejo. Otra lección a aprender, sin duda.

 

La onda expansiva

La elección brasileña repercute en el mundo, en primer término en América Latina. Para la segunda vuelta de las elecciones ecuatorianas del 24 de noviembre las encuestas le dan 49% a Lucio Gutiérrez frente a 29% de Alvaro Noboa. *

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