Lula tendrá tenaces críticos en su propio partido
Lula da Silva, un ex líder sindical de encendido discurso de corte socialista en el pasado, moderó sus posiciones para ganar las elecciones del domingo, prometiendo estabilidad económica y respetar los compromisos externos del país.
Y mientras comenzaba en Brasilia a discutir el proceso de transición con el saliente presidente Fernando Henrique Cardoso, los «petistas» radicales analizaron críticamente el martes los primeros anuncios del mandatario electo en Rio de Janeiro.
«Yo defiendo el rompimiento con el Fondo Monetario Internacional», dijo a periodistas el diputado electo por el PT Lindberg Farías, quien participó del encuentro.
La reunión fue una temprana muestra de las divisiones que enfrentará Lula en el seno de su propio partido, que incluso amenazan con una ruptura.
El PT nació en 1980 en el cinturón industrial de São Paulo como un partido revolucionario y «clasista», que reivindicaba la supremacía política del proletariado y la guerra a la burguesía, con una base integrada por obreros, campesinos e intelectuales.
Sirvió de trampolín para la creación de organizaciones populares como la Central Unica de Trabajadores (CUT), fundada en 1983, y el Movimiento de los Sin Tierra (MST), creado en 1984, un movimiento de lucha por el socialismo y la reforma agraria en el enorme país.
Más de dos tercios de los dirigentes de la CUT y casi el 75 por ciento de los del MST, que moviliza a unos dos millones de campesinos, pertenecen al PT. Con casi 22 millones de afiliados y una compleja red de tendencias internas, el PT es el partido de izquierda más numeroso de Occidente, y el segundo del mundo, después del Partido Comunista Chino, que tiene 67 millones de afiliados.
Dirigencia «moderada»
En la actualidad, sin embargo la dirigencia máxima del PT ha tomado distancia con las posiciones radicales y está integrada por economistas, abogados y médicos.
Para la campaña electoral Lula se alió con un partido de centroderecha, representado por el presidente electo José Alencar, un rico empresario.
Lula nombró el martes como jefe de su equipo de transición al médico salubrista Antonio Palocci, un nombre de cariz conservador muy adecuado a las exigencias de los mercados.
«Palocci demostró que tiene una visión bastante centrista y moderada. El fue el asesor de Lula en lo que respecta a los asuntos económicos y siempre reiteró su compromiso con la política fiscal austera», dijo a Reuters Marcelo Salomón, economista jefe del ING Bank, asentado en São Paulo.
La lista del círculo íntimo de Lula sigue con su «hombre fuerte», el abogado José Dirceu, un ex guerrillero durante la dictadura militar que gobernó Brasil de 1964 a 1985, que sin embargo fue el artífice de la moderación del discurso del PT.
Todo indica que también será el nombre clave en asuntos de seguridad en el nuevo gobierno.
El grupo de elite incluye al banquero João Sayad, los economistas Aloizio Mercadante, Guido Mantega y José Graziano y la psicóloga Marta Suplicy.
Para la campaña se unieron activamente los empresarios Eugenio Staub, Oded Grajew y Antoninho Trevisan, quienes sin entrar al partido, ayudaron a conformar la «inteligencia» del discurso de Lula.
Ninguno de ellos se sonrojaría ante el mote de «centrista».
La composición de la comisión directiva del PT habla por sí sola: de 16 miembros, en 1980, 12 eran sindicalistas. Ocho años después, de los 20 miembros, sólo 10 eran militantes sindicales, y de ellos, sólo cuatro obreros. Hoy quedan dos.
La fisonomía de la cúpula del PT cambió radicalmente desde principios del 2001, cuando se instituyó el voto directo para elegir delegados a los congresos y dirigentes centrales, en lugar del «centralismo democrático», o voto colegiado en cadena, heredado de partidos comunistas. El partido es, hoy por hoy, una organización dominada por la clase media: 67 por ciento de los delegados a su última convención, en diciembre del año pasado, ganaban más de 10 salarios mínimos, y 66 por ciento, eran políticos profesionales que ocupaban algún cargo en el estado o en el propio partido.
Presión de las bases
El problema para el gobierno que instalará Lula el 1 de enero es que Dirceu, Suplicy y el equipo moderado no son representativos de las bases del PT, cuyos cimientos siguen descansando en un numeroso estrato pobre y sediento de cambios.
«No soy contrario a que el gobierno del PT concrete un pacto social con otros sectores de la sociedad, pero nosotros vamos a crear la máxima tensión por la izquierda, aunque más no sea para que Lula no quede prisionero de la derecha», dijo a periodistas el diputado electo Milton Temer, del PT de São Paulo.
Las alas marxistas ortodoxas, trotskistas y maoístas, representan sólo un tercio de la conducción del partido, pero un gran número de las bases.
Durante la campaña electoral, Lula se comprometió a honrar los compromisos asumidos por el saliente presidente Fernando Cardoso con el FMI, que incluyeron un crédito sin precedentes de 30.000 millones de dólares.
En diciembre de 2001, sin embargo, el decimosegundo Encuentro Nacional (Congreso) del PT había votado por unanimidad que los acuerdos de Brasil con el organismo debían ser «denunciados» y consecuentemente incumplidos.
«La militancia del partido va a exigir que ese rompimiento se cumpla, porque es una decisión de conjunto del PT y no hay modo de que las metas del FMI sean compatibles con un gobierno popular», dijo a periodistas el diputado electo por el partido en São Paulo, Iván Valente.
Por otro lado, si Lula va a cumplir el acuerdo, deberá generar el año que viene un superávit presupuestario que no solamente no le permitirá incrementar los salarios públicos como prometi, sino que lo obligaría cortar gastos sociales.
«Esa historia del superávit fiscal representa toda la lógica de este modelo neoliberal», dijo Farías a la prensa durante el encuentro de dirigentes radicales en Río del martes.
«Nosotros queremos exactamente lo contrario y votamos a Lula para que sea un contrapunto de este modelo neoliberal», agregó.
A esta escena se debe añadir que, de no darse una política salarial generosa, entraría en escena la CUT, en la cual la militancia sindical no permitiría que justamente un ex dirigente gremial llegado a la presidencia adoptase medidas tradicionalmente rechazadas por el movimiento obrero.
Así, más que en los partidos de oposición, el gobierno de Lula encontrará escollos dentro de su propio partido.
No falta quien cree que, más temprano que tarde, se verá obligado a quebrar lanzas con sus bases populares, o con las elites de gran relevancia en el mercado que tanto trabajo le costó ganar con su discurso moderado. *
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