La esperanza venció al miedo
Por primera vez en la historia de Brasil, llegó a Presidente de la República un hombre que nació en la pobreza. No simplemente tiene un origen humilde. Es el octavo hijo de una familia pernanbucana que vivió la miseria del árido sertón y emigró al estado de San Pablo en busca de una vida mejor, cuando él era un niño.
Allí, aquel pequeño creció y abrazó el oficio de tornero mecánico. Luego, a fines de los años 70 y en plena dictadura militar, este operario se tornó un batallador dirigente sindical. Su negra barba y su encendida oratoria convocaron a varias huelgas. Por supuesto, fue preso.
Es en esta época que funda el Partido de los Trabajadores, una organización política con una clara base obrera y cuyo color de identidad es el rojo. En 1989, en las primeras elecciones directas para Presidente después del período de gobiernos militares, él es candidato y estuvo muy cerca de ganar la elección. Fue derrotado por Fernando Collor de Mello en el balotaje, después de una campana extremadamente radicalizada.
Esta no fue la única oportunidad en que perdió una elección presidencial. Volvió a hacerlo en las dos siguientes votaciones frente a Fernando Henrique Cardoso y ambas veces en primera vuelta y por un margen considerable de votos. Parecía que los sueños de este sindicalista y de su Partido de alcanzar el gobierno federal en Brasil nunca se plasmarían. Pero la vida, a quien persevera, le da múltiples revanchas.
Para Luis Inácio Lula da Silva, la cuarta vez fue la vencida. Hoy es el Presidente electo de Brasil con una votación que es récord mundial: más de cincuenta millones de votos. ¿Qué sucedió en el electorado brasilero que permitió este cambio? ¿Quiénes cambiaron: los ciudadanos de Brasil o el candidato del PT? Ambos fueron transformándose en estos últimos trece años de manera de tornar posible lo que hoy es una realidad.
El PT ya no es aquel partido clasista de sus orígenes. Se ha transformado en una colectividad de corte netamente socialdemócrata, que no cuestiona sino reafirma la organización democrática de la sociedad y postula la reforma del sistema capitalista y no más su rechazo sistemático. El Partido de los Trabajadores ha cambiado mucho y también su líder histórico.
En esta elección, Lula fue otro. Atrás quedaron los discursos encendidos y las ideas radicales. También desaparecieron los ataques personales y la intención de polemizar continuamente. Su actitud fue totalmente diferente: tranquila, pausada, conciliadora y mucho más madura. Esto llevó a los analistas políticos a calificarla con una frase reveladora: «Lulita, Paz y Amor».
Esta nueva estrategia fue clave para el triunfo que hoy festejan los petistas. Pero los brasileños también cambiaron en estos últimos trece anos. Ellos mostraron una mayor madurez política en esta instancia electoral. En las tres veces anteriores, el enemigo oculto que venció a Lula fue el miedo. El temor a lo nuevo, al cambio, a un gobierno de izquierda, a las ideas progresistas, que sembró la derecha en el pueblo brasileño.
En esta oportunidad también se intentó agitar este fantasma que busca atemorizar a la gente, pero no se encontró a nivel popular el mismo terreno fértil. Esta vez no dio resultado, aunque se recurrió a una de las más prestigiosas estrellas de las telenovelas de TV Globo. Regina Duarte intentó inyectar el germen del miedo en los brasileños diciendo que ella tenía miedo ante un posible gobierno de Lula. El temor no se contagió.
La esperanza en un gobierno distinto, comandado por este sindicalista que llegó a la presidencia, fue más fuerte que el miedo. Y esto merece los festejos que en la noche del domingo recorrieron todo Brasil. Pero la algarabía mañana se apaciguará y el nuevo gobierno empezará a trabajar preparando sus planes, que ejecutará a partir del próximo 1º de enero.
Una transición muy difícil empieza para este gigantesco país y para los gobernantes electos. La tarea no será nada fácil y Lula deberá dar muestras de todo su poder articulador para conducir al Brasil. Su enorme deuda externa limita la capacidad de acción de esta administración. Esto lo saben todos los brasileños.
Habrá que tener paciencia, mucha paciencia, para esperar los resultados. Estos no serán inmediatos, sino muy trabajosos. La esperanza hoy está viva en el Brasil y este gremialista que se tornó Presidente deberá alimentarla continuamente para que no se seque. Este es su reto fundamental y ya comienza. Bona sorte! *
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