Argentina: la fractura del peronismo parece inevitable
Hay que mirar más los hechos que los gestos o palabras altisonantes.
El presidente Eduardo Duhalde quiso demostrar que no tiene ambiciones quedantistas, que se quiere ir el 25 de mayo, cuando según su cronograma debe jurar el sucesor surgido de las urnas. Fue al Parlamento a dejar una inútil renuncia anticipada: si los legisladores convierten en ley la fecha del comicio y de entrega del poder, de hecho el 25 de mayo Duhalde se debe ir a su casa.
Hay que recordar algo: el presidente mutiló per se su mandato, que debía concluir el 10 de diciembre, bajo el impacto del asesinato de dos piqueteros, convencido de que su anuncio reduciría la tensión en tiempos en que era reclamo común eso de «que se vayan todos» y en primer lugar el presidente.
Hubo para otros una lectura adicional a la jugada: sugerir que las órdenes represivas no salieron de su área de influencia, para que no se lo acusara de querer reprimir al movimiento contestatario o judicializar la protesta social. No está dicha al respecto la última palabra: la investigación está ceñida a los autores materiales, oficiales de la Policía bajo el supuesto de que no actuaron bajo un plan sino desbordándose en las instrucciones. No es creíble: esos crímenes actuaron como un fuerte poder de disuasión.
De todos modos, no tanto por cegarse el mandato sino por el poder de los planes de auxilio monetario a las familias más necesitadas y alguna reactivación, es que no llegó ni el huracán social, ni el país entró en la hiperinflación, tantas veces proclamada por los economistas del neoliberalismo. Tampoco, pese a lo que se dice por algunos espacios de la izquierda, la sociedad vive tiempos prerrevolucionarios. En otros lugares de esas tendencias, prefieren hablar de crisis de hegemonía y cómo construir una nueva.
¿Un nuevo escenario?
El cuadro de situación no es el de junio, con el pico más elevado de la represión y movilización social, y hay quienes creen ver un atisbo de reactivación.
A contramano de algunas lecturas, el movimiento popular, por su creciente desmovilización y dispersión, más allá de la combatividad del movimiento piquetero, no incide en cuestiones fundamentales. Casi nadie fue al Parlamento para reclamar por el juicio político a los miembros de la Corte Suprema, que quedó sepultado y el peronismo puede ventilar sus miserias y disensos, ante la indiferencia de la gente.
La posibilidad de un acuerdo para el 8 de noviembre con el FMI, permitirá abrir las negociaciones con los acreedores externos, y, acaso, el regreso de créditos especialmente para alentar las exportaciones que por falta de plata no treparon lo que se esperó con la fuerte devaluación.
La fecha para la eventual firma del convenio no es arbitraria. Ese día vencen compromisos con el Banco Mundial y el BID por 250 millones de dólares. El gobierno ha jurado que no utilizará sus reservas para abonar esos pagarés, que están ya vencidos con una prórroga de 30 días.
Pero si hay convencimiento de que la firma no demorará, es probable que se pague esa deuda inminente; de no hacerlo –dicen en el gobierno– se podría caer todo lo obtenido con el FMI y, además, el Banco Mundial y el BID perderían la buena calificación que ahora tienen en los mercados.
Habrá que ver, ya que el Fondo pide nuevas cosas, como «corriendo la silla» cada vez que las partes están cerca del acuerdo. Ahora, por ejemplo, exige que se incrementen las tarifas de los servicios privatizados, que de concretarse, elevarían el dólar y con ello, el índice de los precios, dos variables por ahora bajo control.
No es todo: demanda un superávit del 4,5% del PBI como señal de que habrá plata genuina para pagar a los acreedores. Es el doble del que está previsto en el presupuesto: subir ese monto, significaría impuestos mayores, un disparate que ahogaría el débil suspiro de crecimiento y de mayor demanda.
Aparentemente EEUU respalda una rápida definición, más cerca de los compromisos cumplibles que puede firmar el gobierno. Varios países europeos, en cambio, estarían detrás de más, son aquellos cuyos nacionales controlan las empresas de servicios o las petroleras: el titular de la española Repsol intentó en vano ante Duhalde que se anulen las retenciones a la exportación del oro negro.
Menem versus Duhalde o viceversa
No pocos duhaldistas sueñan en voz alta con la posibilidad de ampliar el tiempo de su líder y esta señal es creída por Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá, con sus motivos políticos particulares y es absorbida como real en espacios del radicalismo (no en todo), en el ARI, la izquierda y en el centroderecha de Ricardo López Murphy.
Cada uno llega a la misma conclusión por razones distintas: al ex ministro de Fernando de la Rúa, por ejemplo, le convendría que el plazo se extendiera para que su nombre comience a ser conocido y poder entrar al lote de los preferidos, que, todos, por ahora, tienen magras intenciones de aceptación.
Es probable que esta semana la Cámara baja fije por ley, para que no pueda ser impugnado judicialmente, que las elecciones se realizarán el 30 de marzo y el mando será transferido el 25 de mayo. Pero esta decisión no apagará los ecos de las sospechas.
Menem quiere hacer las internas el 15 de diciembre, con su Junta Electoral amistosa, padrones al uso nostro, en fin, todo para asegurarle un final feliz. Tiene legislación a favor y en contra. Y en contra también a Duhalde con el Congreso partidario que ha convocado para el martes mediante un ardid: no es uno nuevo, porque esa convocatoria fue impugnada judicialmente, sino la continuación de otro, de noviembre del 2001 que el presidente armó para frenarle al riojano su intención de afianzar su dominio sobre el Partido Justicialista.
La jueza María Servini de Cubría no enviaría veedores a esta Asamblea. Ergo: estará sujeta a una impugnación por el menemismo.
Duhalde creía contar para este entrevero con el respaldo del santafesino Carlos Alberto Reutemann que tiene el control de una porción no desdeñable de delegados al Congreso y era su titular de turno, pero dimitió. También enfermó súbitamente, malignidad que lo atrapa en cada momento de decisión. Al presidente no sólo se le cayó un aliado sino una esperanza: elevarlo a la candidatura presidencial, sueño increíble: el ex corredor de Fórmula 1 no gusta de los enfrentamientos políticos. Y tiene un temor reverencial por Menem.
Como están las cosas, Menem hará su interna en diciembre y Duhalde impulsará su propio comicio más adelante. El ex presidente difícilmente cuente con el desafío de Adolfo Rodríguez Saá que legalizó su fórmula presidencial junto al radical Melchor Posse ante la impotencia de arrancar un cacique de fuste peronista en la provincia de Buenos Aires.
El puntano desconfía de los dos caudillos mayores, teme quedar enredado en sus jugarretas. Por ahora sigue arriba entre los preferidos fuera del PJ y debe meditar si le conviene desafiar al riojano.
Con ese escenario de dos elecciones –que finalmente terminaría dirimiéndose en la Suprema Corte más inclinada históricamente a Menem–, el resquebrajamiento quedará consumado.
El porqué de la controversia
Que Duhalde y Menem se desprecian, no es novedad. Pero estos odios que surgen cuando el bonaerense sintió la traición con la primera reelección de Menem en 1995 que se preparó con la reforma constitucional, se profundizó en 1999, cuando le fue torpedeada su campaña electoral para ganarle a De la Rúa.
Pero estos enfrentamientos sin tregua no parecen explicar todo el cuadro de situación. Menem es el pro norteamericano más n
otorio dentro el peronismo y no es casual que tomó como copiloto a uno de la misma cepa: el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero.
El ex presidente es el vocero del establishment financiero, quiere el ALCA, desprecia el Mercosur.
Duhalde –y esto no pretende exhibirlo como jefe de una facción antagónica– impulsó la devaluación para favorecer a los grandes exportadores y licuar la deuda de las grandes empresas que, al mismo tiempo, las hace más competitivas y con posibilidad de renacer.
Menem encabezó la ficción de la convertibilidad, una especie de burbuja como el Nasdaq neoyorquino, pero que puso al sector financiero en la cumbre de los negocios, especialmente a los bancos que ganaron fortunas con el endeudamiento externo.
Duhalde pretendió privilegiar el sector productivo y se quedó a mitad de camino. Está más cerca del nacionalismo populista con impronta peronista que del neoliberalismo añejo de Menem.
El ex presidente dejó al gobierno de la Alianza un PBI de 300 mil millones de dólares por esa fantasía de un peso, un dólar: hoy en el mejor de los casos llegaría a los 60.000 millones. País achicado, «insignificancia», dijo Domingo Cavallo como si nada tuviera que ver con la jibarización de la economía y el trabajo, sus secuelas de indigencia y desocupación que de no mediar un giro sustancial en el rumbo–perdurarán por mucho tiempo.
Hay un nuevo país, cualquiera sea la calificación, con actores sociales diferentes a los que pugnaban por la renta en la década del 90. Acomodar, es un decir, a 37 millones de habitantes a este PBI petiso es una de las manifestaciones más claras de las convulsiones.
Odio y proyectos diferenciados acaso tampoco digan todo. Hay otros intereses alrededor de uno y otro que no consiguen congeniarse; no calzan al menos por ahora. No hay datos de que en las negociaciones de ambos sectores estos asuntos tan delicados hayan sido puestos sobre la mesa. Pero hay suficiente información sobre ese mundo de los negocios oscuros, que cualquiera de los dos puede enterrar si logra consolidar poder político.
Como siempre hay por allí o por allá los negociadores de siempre. De llegarse a un acuerdo, en definitiva son algunas semanas de diferencia lo que separa a los caudillos, esos negocios innombrables no podrían faltar en las conversaciones.
Una «solución»: que los dos resignen sus aspiraciones con su futuro asegurado.
Hay que recordar al filósofo judío Baruj Spinoza cuando sostenía que todo puede convertirse en una pasión. *
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