Las primeras damas

Marisa da Silva y Mónica Serra, las dos «candidatas» a primera dama de Brasil, son mujeres con vidas muy distintas pero con una característica común: el gran predicamento sobre sus esposos, Luiz Inácio Lula da Silva y José Serra.

Ex obrera de una fábrica de bombones y casada hace 28 años con el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Marisa Lula da Silva participó este año por primera vez de una campaña electoral, en el cuarto intento de Lula por llegar al poder.

Paulista de 52 años, Marisa dividió su tiempo durante estos años entre la crianza de sus cuatro hijos –tres con Lula y uno de un matrimonio anterior– y la vida política de su esposo.

Conoció al que sería su marido en 1974, cuando fue a buscar su pensión de viuda al Sindicato de metalúrgicos de San Bernardo dos Campos, en el cordón industrial de San Pablo, donde Lula trabajaba en el área social. Cuenta que no quedó impresionada al conocerlo, pero que él fue muy insistente para que noviaran.

Marisa es una mujer tranquila, de carácter firme, que «reina» en su casa y que, según quienes no quieren a su marido, en esta campaña pasó por las mismas transformaciones que el «Lula light», que cultiva su perfil moderado hasta en el aspecto.

«Más delgada, con la expresión suavizada por un lifting, y con los cabellos cortados por un peinador de modelos», la describió a Marisa en uno de los tantos actos de campaña, no sin ironía, el cronista de una revista de actualidad.

Marisa da Silva conoció Brasilia por primera vez en 1980, cuando gobernaban los militares aliados con «las élites» a las que tanto ha combatido su marido. «Yo le dije: ‘ellos no van a dejar el poder nunca’. Hoy estoy segura que él va a llegar y va a cambiar las cosas», afirma.

Acompaña desde siempre a su marido: en 1980 organizó una famosa Marcha de Mujeres, cuando todos los sindicalistas estaban presos y ese mismo año cortó y cosió la primera bandera roja con una gran estrella blanca en el centro que se utilizó en el congreso fundacional del PT.

Mónica Serra fue bailarina del Ballet Nacional de Chile, donde conoció a su marido a finales de los años sesenta, cuando Serra se exilió en Santiago escapando de la dictadura militar que detentaba el poder en Brasil.

Se conocieron en una fiesta y poco después se casaron. En Chile nacieron Verónica y Luciano, hoy con 33 y 29 años, pero en 1974 debieron marchar al exilio tras el golpe de Augusto Pinochet que derrocó al presidente socialista Salvador Allende, pariente lejano de Mónica. *

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