La crisis de los misiles de 1962

NIKO SCHVARZ

 

En Cuba se ha recordado, 40 años después, el episodio de la crisis de los misiles que en octubre de 1962 mantuviera en vilo al mundo e hiciera correr el escalofrío de una guerra nuclear entre EEUU y la Unión Soviética. Allí estuvo Fidel Castro, el único de los tres protagonistas vivos: Kennedy fue asesinado al año siguiente y Jruschov falleció. Participó Robert S. McNamara, secretario de Defensa de Kennedy, el consejero presidencial Arthur Schlessinger, agentes de primer plano de la CIA que sintieron el impacto de las revelaciones de McNamara, el piloto que fotografió las instalaciones, el general soviético Anatoly Gribkov que planificó el desplazamiento de los cohetes, entre otros participantes destacados de los tres países. Las enseñanzas de estos hechos cobran relevancia hoy, cuando EEUU hace resonar los tambores de la guerra contra Irak.

Fin de la diplomacia secreta

El episodio se situó el año siguiente de la invasión yanki-mercenaria de Bahía de Cochinos (abril de 1961), que el pueblo cubano hizo polvo en 72 horas. Buscando la revancha, Washington lanzó de lleno la Operación Mangosta, que comprendía 32 acciones en el área económica, política, militar, de inteligencia y de guerra psicológica (muchas de las cuales se mantienen aún como secretos de máxima seguridad), con el objetivo de derrocar al gobierno revolucionario. La crisis de los misiles fue la culminación de estos planes subversivos del gobierno norteamericano.

Es muy útil restablecer a plenitud la verdad histórica al respecto. Lenin predijo que llegaría el día en que se eliminara por completo la diplomacia secreta y los pactos de trastienda, y en que la verdad completa y todos los documentos se expusieran íntegramente a los ojos de todo el mundo. Atentados inicuos contra los pueblos se han cobijado bajo esos tratados secretos, como por ejemplo el protocolo anexo (secreto) al pacto de no agresión germano-soviético de 1939, que decidía el reparto de Polonia. Los debates de La Habana revelan que Cuba deseaba hacer pública la instalación de los misiles (en la provincia occidental de Pinar del Río) ya que estaba en su pleno derecho de defenderse de la agresión, mientras Jruschov pugna por mantenerlo en secreto (que por otra parte era un secreto de Polichinela –como el del informe al XX Congreso, acoto de paso– porque mucha gente había visto el traslado de los armatostes, que no tardaron en ser fotografiados en vuelos rasantes y dejaron a Jruschov en falsa escuadra). Misiones de Raúl Castro y del Che a Moscú no lograron convencer a sus interlocutores.

Recuerdo vívidamente la angustia de aquellos días, alrededor del 22 de octubre. Desde El Popular estábamos en relación permanente con la Habana, a menudo con Carlos Rafael Rodríguez, que el año anterior había acompañado al Che en la conferencia del CIES de Punta del Este. A la distancia percibíamos las desavenencias y contradicciones entre cubanos y soviéticos, y la determinación de Fidel Castro de defender a toda costa la soberanía de la isla y de participar en las decisiones, sin dejarse avasallar.

Uruguayos en la Habana

El vicepresidente del Consejo de Ministros cubano, José Ramón Fernández, de activa participación en los hechos y organizador de la conferencia, declaró que «no hay duda de que nuestros amigos soviéticos actuaron incorrectamente». Años después, en las recordaciones de estos episodios, sentimos el reflejo de la angustia vivida por algunos compatriotas que estaban en La Habana, en la línea de fuego, compartiendo la suerte de los cubanos y sintiendo a la vez que allí se jugaba el destino del mundo. Al vívido testimonio del músico Moisés Lasca, mencionado recientemente, se suma el de la militante social Amalia Setelich, entre otros que ahora afloran a la memoria. Cobra relevancia la afirmación de McNamara, a sus 86 años, en el sentido de que «evitamos una guerra nuclear por un margen estrecho», habida cuenta de que «agentes de la CIA presionaban para un ataque el 26 de octubre de 1962″. Es el mismo McNamara que reconoció en Hanoi, años después de finalizada la guerra de Vietnam, que el gobierno de Johnson urdió la provocación del Golfo de Tonkín en 1965 y con ese pretexto descargó los terribles bombardeos en la península indochina (hasta que diez años después los yankis tuvieron que salir disparados).

La paz y el socialismo

La conclusión que extrajimos en aquellos días es que, en un proceso turbulento y más allá de desavenencias y encontronazos, se logró preservar la paz mundial y Cuba siguió adelante con su revolución, cuyo carácter socialista había proclamado precisamente en el entorno de la invasión en Bahía de Cochinos. Fidel Castro opinó al cerrar la conferencia en el Palacio de las Convenciones que Cuba sobrevivió a pesar de los errores (de EEUU y la URSS) porque «fuimos firmes y juiciosos en las decisiones que tomamos a partir de meditaciones y puntos de vista que la historia no ha desmentido». Agregó: «Este país no se desmoralizó, fue capaz de atravesar esa prueba y otras que vinieron después como el derrumbe del campo socialista», sumados a 40 años de asistencia al bloqueo y a la guerra económica.

Por su parte, J. R. Fernández concluyó que la lección de la crisis de 1962 está en «la transparencia en la conducta de los gobiernos y en la plena convicción de que los grandes problemas de la humanidad deben resolverse por la vía pacífica para que no desemboquen en catástrofes; aunque es muy común oír que la guerra fría terminó, la política de EEUU ha hecho más intensa esa guerra, que ahora no es tan fría».

La carta del Che

En su carta de despedida a Fidel Castro, el Che incluye esta párrafo memorable: «He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la Crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios. Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos…».

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