Un Nobel para Jimmy

JOSE LUIS GUNTIN

 

Sin dudas, su gestión como presidente de los Estados Unidos no fue la más destacada de los últimos cincuenta años de la historia política de ese país; pero igualmente indudable es que se ha transformado en el mejor ex presidente de ese mismo período de tiempo. Ello se confirmó esta semana cuando recibió el Premio Nobel de la Paz, uno de los galardones más prestigiosos que puede distinguir a una figura política.

La presidencia de Jimmy Carter (1977-1981), lo nombro así porque él lo hizo su nombre oficial, no dejó una imagen exitosa. Todo lo contrario, empezó como un granjero de maníes de Georgia y terminó muy mal: con los rehenes cautivos en la embajada estadounidense en Teherán y el recuerdo fresco de aquella misión de rescate que fracasó antes de ingresar a Irán, al caer un helicóptero norteamericano encima de aviones propios en una escala anterior. En aquellos días, los EEUU pasaban por un momento muy pobre en su incidencia internacional. El bloque soviético, quien ya debía tener grandes fisuras en su estructura interna, aún no exteriorizaba los síntomas de los que iba a venir. Justamente le tocará al sucesor de Carter en la presidencia, Ronald Reagan, comandar a esta potencia durante la crisis y debacle del imperio del Kremlin.

Jimmy Carter no tuvo un final feliz como presidente de los Estados Unidos: perdió su intento de reelección con Reagan y no es común en la historia norteamericana que esto suceda. Generalmente los presidentes ganan cómodamente su segundo turno y son reelectos.

Esta derrota electoral no significa que la presidencia de Jimmy Carter no haya tenido sus aristas destacables, por supuesto que las tuvo y no sólo una. Pero en esta oportunidad, quiero referirme exclusivamente al cambio sustancial que él introdujo en la política exterior de los EEUU con la doctrina de velar por el respeto de los Derechos Humanos. Anteriormente a ella, los norteamericanos poco se preocuparon de la defensa de los derechos inalienables del ser humano, fuera de sus fronteras. Por el contrario, los pisotearon para proteger sus intereses económicos y cobijaron regímenes claramente dictatoriales con tal que fueran anticomunistas y permisivos con las compañías estadounidenses.

La de Carter fue una revolución copernicana para la política internacional de esta nación: le cambió el eje sobre el que debería girar y lo puso acorde con la mejor historia del pensamiento político de ese pueblo. Más cerca y consonante con lo que pensaron quienes redactaron la Declaratoria de la Independencia y la Constitución de los Estados Unidos de América, los Padres Fundadores. Un pueblo no puede ser democrático para adentro y actuar de manera antidemocrática en sus acciones externas. Carter intentó corregir esta contradicción y sus logros no fueron únicamente doctrinarios. Tuvo resultados concretos.

Nosotros, en América Latina, lo sabemos bien. Lo vivimos en carne propia. En la década de los 70, el mapa de Sudamérica y Centroamérica pululaba de horribles dictaduras, la mayoría de ellas militares y proamericanas. Ya se tejía el siniestro plan Cóndor de cooperación represiva en el Cono Sur. Y es en ese escenario latinoamericano que asume Carter su puesto en la Casa Blanca. En sus cuatro años de gestión, muchas cosas cambiaron para bien en la diplomacia estadounidense. Se les vio preocuparse como nunca antes por la situación de los presos políticos en esas dictaduras y presionar a estos gobiernos militares para que hicieran elecciones libres. Esa ayuda fue valiosísima para que muchos países, Uruguay, Argentina, Chile y Brasil incluidos, recuperáramos el funcionamiento democrático. Tenemos esta deuda con Carter.

Pero Jimmy no colgó los botines como hacen casi todos los presidentes cuando dejan este cargo y se retiran de la política activa. El siguió adelante defendiendo los mismos principios a lo largo y ancho del mundo. Creó una Fundación para ello y medió con sensatez en muchos conflictos internacionales, siempre con la vara del respeto por los derechos humanos como guía.

El caso de Cuba nos lo muestra de cuerpo entero. Este año viajó a la isla y dio una lección de democracia y de pensamiento liberal a Fidel Castro, a los cubanos, al mundo y muy especialmente al actual gobierno de George W. Bush.

El contraste con el vaquero de pistolas fáciles que hoy ocupa el Salón Oval sin duda influyó en quienes decidieron el premio. En Oslo todavía impera la cordura y Jimmy Carter merece esta distinción. Ella le dará más peso moral a su figura y esto es bueno para sus acciones futuras, para la práctica democrática y para la vigencia mundial de los derechos humanos.

Nuestros respetos a este hombre. *

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