La calle de la muerte
Los disparos se escuchan al final de la calle Salaheddin, un grupo de niños palestinos se escapa corriendo y segundos después vuelve a ocupar la calle, como si no hubiera pasado nada: esa es la vida diaria en Rafah.
En menos de veinticuatro horas, cuatro jóvenes palestinos murieron al ser alcanzados por disparos de tanques israelíes en esa sureña localidad de la Franja de Gaza, fronteriza con Egipto.
El miércoles por la noche, una veintena de tanques israelíes, apoyados por helicópteros de ataque realizaron una incursión en el campo de refugiados de Rafah. «La rutina», dice con amargura Alí Mussa, director del hospital de Rafah.
«En esta ciudad, no pasa un día sin que recibamos heridos o ‘mártires’. No ‘muertos’, mártires, insisto en esa palabra», afirma irritado al mismo tiempo que examina sus archivos: «Rafah es la localidad palestina que tiene el mayor índice de niños víctimas de disparos israelíes». Según Mussa, más del 40% de los heridos son menores de 15 años.
La calle Salaheddin es conocida como la «calle de la muerte».
El ejército destruyó la mayoría de las casas que se encuentran en primera línea, en frente de la frontera con Egipto, vigilada por soldados israelíes para evitar ataques. Pero apenas unas decenas de metros separan las viviendas palestinas de las posiciones israelíes.
Fue en esa calle donde Maisah Zanún, de 12 años, murió el martes al ser alcanzada por un disparo de un tanque israelí,
«Estaba rezando. Maisah hacía sus deberes en una habitación del primer piso con sus hermanos. Oí un enorme ruido y cuando llegué estaba agarrándose el tórax en lágrimas diciendo ¡me alcanzaron (los disparos)! Murió», comentó su padre, Eimad.
La vivienda de los Zanún está situada a unos 300 metros de la frontera. La bala que mató a la adolescente se incrustó en la pared, señaló el padre, enseñando a visitantes los agujeros que acribillan la casa. «Aquí, aquí y allí y de nuevo aquí», repite sin cesar. «Quiero que (el primer ministro israelí Ariel) Sharon pierda a sus hijos como los estamos perdiendo nosotros», grita la madre rodeada de niños.
«Pasamos todo el tiempo corriendo detrás de los niños, diciéndoles que no pueden acercarse (a la línea de frente). Pero no tienen a donde ir», explicó Jadija, una mujer de unos sesenta años. *
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