Para la favela, la promesa electoral que vale es la que cambia la realidad
YANA MARULL, SAO PAULO, AFP
En las villas miseria como Jardim Angela, que se ganó el título de barrio más peligroso del mundo, las generosas promesas de los candidatos a las elecciones presidenciales del domingo hablan de una dramática realidad que comparten 54 millones de pobres en todo el país.
En Jardim Angela, una «favela» al sur de Sao Paulo, 260.00 habitantes saben lo que significa pobreza, violencia y déficit social. Las estadísticas del Foro por la Vida creado por vecinos y la Iglesia, dan fe de 50 asesinatos por mes, un 80% relacionadas con la droga, con un negro panorama de desempleo y falta de servicios.
En palabras del padre Jaime de la parroquia Santos Mártires, esta es «la no ciudad», en un país que es la undécima mayor economía del mundo y la primera de América Latina.
En la parte de Jardim Angela donde vive Nadir de Jerusalem, madre de 3 hijos, separada y desempleada de 43 años, no hay asfalto ni alcantarillado ni servicio de salud. Para ella, la «época de la política» son los períodos electorales, cuando los políticos hacen promesas, que quedan en «solo promesas».
Sus dos hijos mayores, de 25 y 21 años, evitaron la droga porque trabajan desde los 13 años, asegura.
«Yo sé lo que dicen del trabajo infantil, pero lo que más me preocupa es mi hijo de 14 años porque, sin escuela, sus alternativas son la calle y la televisión».
Ella intenta completar la educación secundaria en una escuela de adultos, donde hace una semana hicieron una votación simulada: el candidato favorito a llevarse la presidencia de Brasil este domingo, el líder de la izquierda Luiz Inácio Lula da Silva del Partido de los Trabajadores (PT) ganó con 47% de los votos, contra 37% de José Serra, del gobernante Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).
Empleo, seguridad, y solución para el grave déficit social de Brasil son las promesas que dominaron la campaña a las presidenciales, generando expectativas que superan las de cualquier otra elección anterior, y que dejan un explosivo compromiso al próximo presidente que gobierne este país, sobretodo si, como auguran las encuestas, gana Lula, un antiguo obrero metalúrgico de 56 años.
«Tenemos una esperanza muy grande por Lula, porque él vino de los movimientos sociales», dice emocionada otra vecina, Fátima Maria Lopes.
En 1995 un informe de Naciones Unidas declaró el barrio más peligroso del mundo a esta villa miseria de 260.000 habitantes esparcida por laderas alrededor de una represa.
Su bello paisaje parecería el de Suiza si no hubiera sido colmado de barracas y casas de ladrillo a vista, apelotonadas tras la explosión demográfica del final de los 70, con el sueño del boom industrial de la metrópoli de Sao Paulo.
«La ONU no exageró, la violencia es una estadística real», afirma la abogada Marli Ferraz, del Foro por la Vida.
«Si ves un muerto, joven, sabes que fue por las drogas», afirma la asistente social Juliana Leao dos Reis, de 24 años. En la parroquia de los Santos Mártires, ella atiende un Centro de Defensa de los derechos del niño y del adolescente: el 40% de los casos que trata son de drogodependencia. «Ellos empiezan a los doce o trece años, muchas veces», dice.
«En Jardim Angela no hay ni un hospital, en los centros de salud no hay médicos porque no quieren venir, los jóvenes no tienen perspectivas, no hay empleo, y hay 2.000 niños no escolarizados. La falta de perspectiva le quita valor a la vida», narra el padre Jaime, un católico irlandés que regenta la parroquia hace 15 años.
A pesar de años de promesas electorales, añadió, las cosas no han mejorado mucho. «En 1995 eran 120 homicidios por cada 100.000 habitantes y ahora son 116″. dijo.
A pocas horas de las elecciones del domingo, la joven Juliana tiene una sobria visión realista: «los problemas de este barrio, que se repiten en todo Brasil, toman una dimensión tan grande que es difícil que veamos solución», gane quien gane la presidencia. *
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