Partidos políticos débiles y con identidad difusa
Los partidos políticos brasileños son débiles y tienen una identidad muy difusa, al contrario de lo que ocurre en otros países de América Latina, y cuentan con dirigentes que se la pasan cambiando de casaca dentro del Congreso, institución clave en la política del país.
Los partidos funcionan más bien como confederaciones de grupos regionales, fueron creados, por lo general, desde arriba hacia abajo y tienen poca capacidad e interés para movilizar a la gente: no realizan, por ejemplo, comicios internos o primarias para elegir candidatos presidenciales.
«Hay dos problemas centrales: indisciplina partidaria e incapacidad de los partidos para crear propuestas o programas», dijo Rachel Meneguello, profesora de la Universidad Estadual de Campinas. Al mismo tiempo, la dirigencia política tiene una gran autonomía en relación con la gente y es muy pragmática en el Congreso a la hora de negociar intereses concretos: en ese momento, no importa de qué partido es cada uno.
«En Brasil los partidos son débiles; el Congreso, no», resumió hace dos meses el presidente Fernando Henrique Cardoso, el primer sociólogo en ocupar ese cargo.
Uno de los candidatos a sucederlo, Luiz Inácio «Lula» Da Silva, explicó la semana pasada cómo funciona el Congreso: «Allí es otro partido, diferente a las divergencias ideológicas y políticas que se expresan por afuera». Según los analistas, las explicaciones sobre cómo se hace política en Brasil hay que buscarlas en la historia: la República nació en 1889 y, según el historiador Boris Fausto, fue una creación de «las élites políticas de los grandes estados (provincias), con San Pablo a la cabeza».
En aquel momento, los grandes señores de la política eran los gobernadores, al frente de partidos regionales, que luego combinaban en el Parlamento la elección del presidente y la dirección del gobierno nacional.
Los dos estados más importantes desde el punto de vista económico, San Pablo y Minas Gerais, se turnaban en el ejercicio de la presidencia en una fórmula conocida como «café con leche», ya que los paulistas producían café y los mineiros, leche.
En el Norte y el Nordeste, las regiones más pobres, fue el auge de los «coroneles», en su mayoría propietarios rurales que controlaban a los votantes a través de prácticas clientelistas: un par de zapatos, una cama en el hospital, un empleo público. La «República Vieja» terminó en 1930 con la crisis económica mundial, las peleas entre las élites regionales y la «Revolución» de Getulio Vargas.
De allí en más corrió mucha agua bajo el puente, pero los partidos fueron creados y cancelados siempre de arriba hacia abajo, sin mucha participación de la sociedad civil.
Las dos excepciones fueron en la izquierda: el Partido Comunista Brasileño, fundado en 1922 a partir de huelgas y protestas sociales, y el Partido de los Trabajadores (PT), creado en 1980 sobre la base de sindicatos, movimientos sociales, sectores católicos e intelectuales de clase media.
La primera elección interna en la historia de los partidos políticos de Brasil fue realizada el 17 de marzo de este año por el PT: Lula Da Silva venció con 85 por ciento de los votos al senador Eduardo Suplicy y ahora es candidato presidencial por cuarta vez consecutiva.
Los otros partidos, y también lo hacía el PT hasta este año, designan a sus candidatos a través de acuerdos entre sus distintos sectores, que luego son anunciados en las convenciones de delegados regionales.
Por ejemplo, el gobernante Partido de la Social Democracia (PSDB) ungió como candidato al ex ministro José Serra debido a la fuerza de uno de sus grupos internos, el de San Pablo, liderado por Cardoso.
La designación de Serra provocó el disgusto de otros sectores internos, como el del ex gobernador del estado nordestino de Ceará, Tasso Jereissati, quien respalda al candidato opositor Ciro Gomes. También en el PT existen críticas por el peso excesivo que los dirigentes de San Pablo están teniendo en su cúpula nacional: 10 de los 12 miembros del comité nacional de la campaña de Lula Da Silva son paulistas. «El PT debe tener la capacidad de absorber todo el sentimiento nacional. Si él queda preso del sentimiento paulista, tendrá el destino del PSDB, que nació, creció y puede morir en San Pablo», advirtió el ex gobernador de Brasilia, Cristovam Buarque. *
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