Una vida de novela

Luiz Inácio «Lula» Da Silva tiene en su cuarto intento consecutivo la mejor y tal vez última oportunidad de su vida de novela para convertirse en el primer obrero que llega a la presidencia en Brasil, país inmenso y complejo, partido por una profunda brecha social.

Lula Da Silva lideró las encuestas durante toda la carrera presidencial y encara la última recta con una amplia ventaja, pero sin la seguridad de que podrá vencer en la primera vuelta, el 6 de octubre, día en el que jura haber nacido. «Yo nací el 6 de octubre, pero mis padres me anotaron el 27 de octubre», que es el día del segundo turno, «si hay segundo turno», comenta.

Se trata de un Lula distinto al de elecciones pasadas, que «moderó» posiciones y discurso en un giro a la centroizquierda.

Ya no habla de socialismo y corrió hacia el centro a su Partido de los Trabajadores para convertirse en el líder de una alianza entre el capital y el trabajo que defienda la producción nacional y mejore la situación de pobres y trabajadores.

«Yo soy un negociador; durante toda mi vida hice eso y por eso soy el único que puede hacer un verdadero pacto social para que Brasil pueda dar un salto de calidad y vuelva a crecer», sostiene.

En esa línea, selló una inédita alianza con el conservador Partido Liberal, por la cual lleva como candidato a vice a José Alencar, dueño del mayor grupo textil brasileño, con un patrimonio de 450 millones de dólares.

El «nuevo» Lula se reúne con empresarios, recibe aplausos en la sede de sus antiguos «enemigos» de la Federación Brasileña de Asociaciones de Bancos y hasta elogia «la planificación a largo plazo» de la dictadura militar (1964-1985).

«Yo cambié para mejor, los sindicatos cambiaron, los empresarios cambiaron. Todo Brasil evolucionó», dice para explicar su pragmatismo, que lo llevó a congraciarse con líderes conservadores como el ex presidente José Sarney, a quien en su momento acusó de ladrón de tierras.

El cambio es muy reciente: en abril, hace sólo 5 meses, quería renegociar la deuda pública; en enero culpaba a la política del Fondo Monetario Internacional de haber llevado a Argentina «a la bancarrota».

Sus intentos de tranquilizar al poder económico parecen no obstante insuficientes, ya que el dólar siguió trepando a niveles récords cada vez que una encuesta lo dio ganador.

Sus adversarios le atribuyen su falta de experiencia administrativa y de instrucción formal (él comenzó a ser alfabetizado a los 10 años), un tema que lo pone de mal humor: «Eso es cosa de gente colonizada, que cree que la competencia de un político está ligada al tiempo de escolaridad».

El «nuevo» Lula lleva un envase acorde: entubado en sus trajes Armani, con sus camisas impecables y sus corbatas relucientes, el candidato del PT parece más bien el primo rico del ex tornero mecánico y líder sindical que enfrentó en 1989 a Fernando Collor de Mello.

A los 56 años, casado con Marisa, 5 hijos, 3 nietos, Lula Da Silva dice: «Yo ya no me peleo con nadie, no hablo mal del gobierno y hablo sólo de mis propuestas. Estoy bien con la vida, en esta nueva fase de ‘Lulita, Paz y Amor'».

En la renovación estética y discursiva tuvo mucho que ver la incorporación de Duda Mendonca como publicista, en junio de 2001.

«Yo ya no puedo perder otra elección y el PT no fue fundado para que permaneciera toda la vida en la oposición», dijo al explicar esa contratación, que indignó a los sectores históricos del PT.

Mendonca le pidió que «sonriera más» y empleara un lenguaje simple y emotivo, ya que «encuentro una locura que un partido popular no se comunique bien con el pueblo».

Y del pueblo, Lula Da Silva sabe mucho: él es un sobreviviente del hambre en un país donde 50 millones de personas, casi un tercio de la población, no gana lo suficiente para comer, según la Fundación Getulio Vargas.

La brecha entre pobres y ricos en Brasil es enorme: tiene la cuarta peor distribución de la renta del mundo, sólo detrás de Swazilandia, Nicaragua y Africa del Sur.

Nacido en Garanhuns, en el agreste de Pernambuco, en el Nordeste, tuvo 7 hermanos y sus padres eran dos campesinos muy pobres.

«Diría que pasé hambre: durante mucho tiempo, semanas y semanas, comíamos sólo sopa de porotos. Cuando aparecía un poco de carne molida, la mezcla era una fiesta», recuerda hoy.

Lula tenía 7 años cuando su madre, Doña Eurípides, decidió llevar a su prole a San Pablo en busca, como tantos nordestinos, de un futuro mejor.

El viaje, en un camión jaula, duró 13 días y Lula y su familia se instalaron en el conurbano industrial de San Pablo.

Lula fue vendedor ambulante y tuvo otros trabajos por el estilo hasta que entró en una metalúrgica y pudo estudiar para tornero mecánico.

A la vida sindical entró con desgano, llevado por uno de sus hermanos, pero luego fue escalando posiciones hasta conducir el sindicato de metalúrgicos del ABC paulista, desde el cual impulsó las huelgas contra la dictadura militar de fines de los 70 y principios de los 80.

En 1980, dio un salto a la política y fundó el Partido de los Trabajadores.

Lula Da Silva disputó las tres últimas elecciones presidenciales, en 1989, cuando estuvo muy cerca de llegar al poder, en 1994 y 1998, siempre llegando en el segundo lugar.

El guarda una amargura especial por la primera derrota, contra Collor de Mello: «La elite no me dejó llegar al poder. La elite no me quiere en el poder», dice.

«Pero, estoy empezando a tener casi la certeza de que esta vez ganamos», agrega, en el tramo final de la campaña. *

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