El recuerdo de un corresponsal en la guerra en Vietnam

Cuando los marines se fueron de Saigón

La verdad es que no me daba cuenta de que un hecho histórico ocurría frente a mis ojos: se trataba del último helicóptero que partía de la embajada donde desde las 19H00 horas se vivía la caótica evacuación de estadounidenses y vietnamitas, con las tropas de Hanoi en las puertas de la capital aterrorizada de Vietnam del Sur.

A bordo del helicóptero se encontraban once «marines» estadounidenses, los últimos soldados norteamericanos en Vietnam. La embajada, ya sin resguardo, comenzó a ser saqueada. Volví a la oficina de la Agencia France-Presse, a diez minutos a pie de la sede diplomática, pasando delante del palacio presidencial.

Dos días antes, en ese mismo edificio, el general Duong Van Minh había sido designado presidente de Vietnam del Sur, con la esperanza de que los comunistas aceptarían negociar con él.

De todas maneras, los emisarios para reunirse con una delegación del Vietcong, la guerrilla del sur aliada de Hanoi, habían vuelto con la confirmación de que no habría negociación.

A eso de las 10H15, la voz grave del «Gran Minh», como lo llamaban por su elevada estatura, se escuchó en la radio y los dos intérpretes de la AFP tomaban notas en silencio.

De repente, uno de ellos murmuró en voz baja: «Se rinde».

Con Jean-Louis Arnaud, el director de la oficina, nos precipitamos a la sala de télex.

Acabábamos de enviar la noticia de la rendición de Vietnam del Sur, cuando una joven operadora salió precipitadamente de la sala sin preocuparse ni siquiera de su cartera, diciéndonos que abandonaba el país.

Cómo y hacia dónde, la joven no tenía idea y no parecía darse cuenta de que la operación de evacuación de los estadounidenses había terminado.

Conseguimos calmarla y hacerla volver a su télex para continuar transmitiendo al mundo exterior nuestros reportajes sobre el epílogo de 30 años de guerra que vivió Vietnam.

Esa reacción de pánico no era excepcional. Durante la operación de evacuación norteamericana y cuando aún los helicópteros aterrizaban en el techo de la embajada, había gente que abandonaba súbitamente su casa o su oficina para tratar de huir.

Entre ellos había militares, responsables sudvietnamitas y empleados de los diversos servicios estadounidenses.

Pero también, como la teletipista de la AFP, muchos otros que habían escuchado los rumores de matanzas cometidas por los comunistas o sobre la obligación que tendrían las muchachas de entregarse a los mutilados de guerra del ejército victorioso.

En la embajada estadounidense, se había visto a parejas implorando a los estadounidenses que aceptaran a sus hijos que les pasaban sobre las rejas.

En el aeropuerto de Tan Son Nhut, los «marines» rechazaban los asaltos de la multitud, pero la presión era tan grande que algunos consiguieron embarcarse a bordo de los helicópteros.

Sin embargo, todo terminó en cuanto se supo la rendición del «Gran Mihn».

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