La muerte y la niña

NIKO SCHVARZ

 

No voy a hablar del hermoso cuarteto para cuerdas de Schubert, sino de una carta que me envía Azmi Bdeir, un militante árabe del Ta’ayush, Convivencia árabe-judía. Son tres cuartillas transidas de sentimiento y dolor, que cobran renovada actualidad ante la matanza perpetrada el lunes por la aviación de guerra israelí en la franja de Gaza, entre cuyas víctimas se encuentran nueve niños.

 

Toque de queda y masacre

Comienza por contar que dos términos, íntimamente asociados, lo hacen estremecer desde su más tierna infancia: toque de queda y masacre. El nació en la aldea de Kufr Kasem, ocho años después de un aciago 29 de octubre de 1956, cuando la guardia de frontera impuso sorpresivamente un toque de queda. Los trabajadores que regresaban de su labor y no estaban enterados, fueron baleados a muerte. «Algunos salieron con vida –escribe– heridos de cuerpo y alma, y las heridas fueron trasmitidas a sus hijos. Yo soy uno de ellos: el hijo de quien era entonces un apenas adolescente de 12 años. Crecí con los relatos sobre el toque de queda y la masacre. Y hasta cierta edad no supe diferenciar entre estas dos palabras complicadas: maj’azra y man’a al-taj’wal».

El pasado sábado 6 de julio Azmi Bdeir integró una caravana solidaria de 350 miembros de Ta’ayush, que en 7 autobuses repletos se dirigió a la pequeña ciudad cisjordana de Salfit, clasificada de clase A, jurídicamente de soberanía palestina pero de acceso prohibido a los israelíes «por razones de seguridad». Era la primera misión solidaria desde la renovada invasión y ocupación de los territorios por el ejército israelí. En los días previos, éste había reocupado Salfit e impuesto el toque de queda. No obstante, Ta’ayush mantuvo su decisión, consistente en llevar equipamiento médico para el hospital local, recientemente creado con el aporte de la población, ya que el bloqueo y el cierre de carreteras impide a los pacientes de Salfit y aldeas circundantes acceder a los principales hospitales de las ciudades cisjordanas. «Nuestra ayuda es parte de nuestra lucha contra el bloqueo. Una caravana judeo-árabe es nuestro camino para quebrarlo, aunque sea por unas horas», escribe Azmi.

Las autoridades militares les autorizaron el ingreso. Esa mañana se había suspendido temporariamente el toque de queda para permitir la realización de los exámenes de fin de curso de la secundaria. Azmi describe su dicha al encontrarse con queridos amigos, acrecentada «por nuestra pequeña victoria sobre la separación, el cierre, el bloqueo y el toque de queda». Agrega que la prohibición de ingreso a los israelíes «está destinada a convertir en invisibles los sufrimientos de la ocupación, a cegar los corazones».

 

Con los brazos abiertos

Así fueron recibidos, según su descripción: «La alegría y la tristeza se entremezclaban en el encuentro con la gente. Descargamos en el hospital el aparato de ultrasonido que adquirimos con los fondos recogidos durante varias semanas, el fotoespectrómetro, la computadora, las cajas y bolsas con remedios donados por farmacéuticos árabes y judíos. Marchamos por las calles, donde se notaban bien las señales de los tanques. Adultos y niños nos saludaban desde las aceras, azoteas y ventanas». La marcha culminó en un acto en la municipalidad, con sentidas palabras de ambos lados. Allí, cuenta Azmi, se le acercó un casi adolescente de unos 12 años, lleno de vida, ingenioso y de ojos brillantes, llamado Mustafá Fatuni, quien le refirió la historia de su primita Lin, de un año y medio.

 

Mustafá y su primita Li

Ella nació el 15 de octubre de 2000 con un defecto muy serio en sus intestinos. Pasó una operación en el hospital de Ramalá y otra en Jordania. El tratamiento prosiguió en un hospital de Jenin. Allí debía concurrir periódicamente para que le cambiaran el tubo de evacuación y así evitar las infecciones. El operativo militar israelí iniciado en abril impidió que Lin pudiera ser llevada al hospital de Jenin y su situación se fue deteriorando. Ahora requería otra intervención quirúrgica. Esta vez eran necesarios instrumentos que sólo existen en algunos hospitales israelíes, según le explicó a Azmi el tío de la niña, traído por Mustafá. Sigue el relato: «Intercambiamos números telefónicos, prometí ayudar apenas regresáramos. Mustafá habló con otros activistas de Ta’ayush, encontró quien tradujera sus palabras a los judíos que no entendían árabe. La tenacidad del niño me emocionó. Toda la acción se empequeñece frente a sus idas y venidas entre gente desconocida para salvar a la bebita».

Emprendieron el regreso. El objetivo había sido alcanzado con creces. La gente les pedía que se quedaran porque, mientras tanto, no imperaba el toque de queda. Los soldados y policías los esperaban en las afueras, los contaron y revisaron, les preguntaron si los pobladores no les habían tirado piedras. El toque de queda fue reimplantado esa noche.

Al día siguiente el padre de Lin logró enviarles por fax la historia médica de la niña, que fue remitida a la Asociación de Médicos por los Derechos Humanos. Estos iniciaron de inmediato los trámites para ubicar a Lin en el hospital adecuado.

 

Final

«El lunes 8 de julio falleció Lin Muhammad Fatuni. No murió de una bala errada ni de un bombardeo. Murió de la sordera humana, del odio. Maldita sea la ocupación. El ejército israelí se encuentra ocupando la totalidad de los territorios. El toque de queda ha sido impuesto en la mayoría de las ciudades y localidades de Cisjordania. ¿Cuántas Lin hay?»

Esta pregunta cierra el tramo final de la carta de Azmi Bdeir. *

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