Catorce jóvenes de los cinco continentes almorzaron con Juan Pablo II

El Papa recupera fuerzas para el fin de semana

Su descanso de ayer en la isla Strawberry, ubicada en el medio de un inmenso lago a 100 km de Toronto, sólo será interrumpida por un almuerzo con 14 jóvenes de todo el mundo -y los flashes y cámaras de 4.000 periodistas-.

Los invitados a la mesa del Santo Padre vienen de los cinco continentes, y entre ellos figuran una joven del Bronx que representa a todos los neoyorquinos afectados por los ataques del 11 de setiembre, una palestina de Jordania y por América Latina, una peruana.

Muchos peregrinos, entre tanto, asistían el viernes a sus últimas sesiones de catequesis y misa, y acudían a los confesionarios situados al aire libre, a la espera de un camino de la cruz que de noche atravesará Toronto.

Pero otros, como el estadounidense Tim O’Malley, 16 años, se hicieron «la rabona» (faltar a clase) y optaron por el turismo.

«Fuimos a la Iglesia durante tres días seguidos, pero sentarse ahí durante horas en el cemento no es muy agradable», indicó el joven, en referencia a la espartana infraestructura de algunas parroquias.

Con gritos agudos, lágrimas y cánticos de amor a Cristo y al Papa más de 375.000 personas, más de la mitad jóvenes de 173 países, recibieron a Karol Wojtyla frente al enorme estrado donde se celebró el jueves la bienvenida de la JMJ, y tras su partida rodearon la silla donde el Santo Padre estuvo sentado, la tocaron, besaron, y rezaron a su alrededor.

La jerarquía eclesiástica se esforzó el viernes por disipar una impresión de histerismo.

«Fue realmente sorprendente ver ese tipo de reacción. Estos no son fanáticos religiosos, éstos no son adolescentes en algún tipo de estado exaltado porque su superestrella estaba en su presencia», dijo a periodistas el padre Thomas Rosica, director de la JMJ.

«Estos eran jóvenes adultos, y recibieron un mensaje, y la comunicación que existe entre ellos y el Santo Padre es profunda, significativa y es un verdadero ejemplo para el resto de nosotros», agregó.

Los estragos que el mal de Parkinson, la artritis y el tiempo han causado al físico del Sumo Pontífice no le impidieron sin embargo cumplir a la perfección el sábado su primer acto público en el marco de la JMJ, cuando dio otra vez muestras de renovada energía, estimulado por los jóvenes.

Sorprendiendo a peregrinos y a la jerarquía eclesiástica, el Papa, de 82 años y que padece de una creciente dificultad para hablar y caminar, amplió su mensaje inicialmente previsto en inglés y francés a varios otros idiomas, en voz clara, e incluso improvisó ciertos pasajes del mismo.

«Tres semanas atrás en Roma apenas podía hablar, no podía pararse… Me pregunté cómo iba a comunicarse con los jóvenes», contó a la prensa el arzobispo de Kingston (cerca de Toronto), Anthony Meagher.

Pero en Toronto, «su voz era tan fuerte que no puedo sino pensar que se hizo de acero para los jóvenes del mundo y que es lo suficientemente fuerte y terco como para decirse a sí mismo: lo haré», agregó.

Juan Pablo II dejó atónito por primera vez a todo el mundo al descender el martes en Toronto la escalerilla del avión que lo trajo de Roma tras un vuelo de 10 horas, negándose a usar la plataforma mecánica que le estaba reservada.

El sábado de mañana el Papa se trasladará a Toronto para alojarse en el convento de las hermanas de San José, y de noche participará en el inicio de una vigilia nocturna en un gigantesco parque de la ciudad. El domingo celebrará una misa al aire libre, y el lunes continuará una de las giras más largas de su papado, que lo llevará a Guatemala y México. *

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