La masacre de Gaza, un crimen de lesa humanidad

NIKO SCHVARZ

 

La aviación israelí perpetró en la noche del lunes 22 en Gaza una de las mayores atrocidades –junto a la matanza en la ciudad cisjordana de Jenin– en el genocidio del pueblo palestino emprendido por el estado judío desde la provocación de Sharon en setiembre de 2000. Obraron a traición, con premeditación y alevosía, cuando estaba en curso una reanudación del diálogo. Un avión de guerra F-16 lanzó una bomba de una tonelada que destruyó edificios en un barrio popular de Gaza donde vivían decenas de familias, matando 15 personas, entre ellos 9 niños, dejando 176 heridos entre los escombros, muchos de ellos grave. Cuarenta y ocho horas después, ante la ola de indignación que sacudió al mundo, apareció en la pantalla Shimon Peres en actitud lamentable pidiendo excusas y alegando que se cometió un error.

El cinismo de las excusas

Pero no hay error posible. La tragedia se dio en una de las regiones más poblados del planeta, y la sangre de los niños salpica el rostro de Sharon. En efecto, la radio oficial israelí informó que el primer ministro y el ministro de guerra Benyamin Ben Eliezer dieron personalmente (textual) su autorización para el operativo. Y a poco de consumado apareció Sharon exultante en las pantallas diciendo en inglés que ésta había sido «una de las operaciones más exitosas» y que «celebramos esta gran victoria nuestra». Esto lo vi y lo oí. Desde luego, enmascarado en la prédica bushiana de «lucha contra el terrorismo».

Después llegaron las excusas. Sharon adujo que «no tuvimos intención de dañar inocentes», lo cual a la luz de los antecedentes citados es una muestra inaudita de hipocresía. le tocó entonces a Shimon Peres recitar su papel, y comenzó justificando el crimen sobre la base de que «perseguíamos a nuestro Bin Laden» (el integrante del Hamas Salah Chehadé, masacrado junto a su esposa y tres de sus hijos), para después admitir que se cometieron «errores». Y por último apareció José Levy, el vocero del gobierno israelí que ocupa en exclusividad la pantalla de CNN en relación con Oriente Medio, para detallar las cínicas excusas, a saber: que fue un fallo de los servicios de inteligencia, los cuales ignoraban que en esos edificios vivían niños (sic); y que se equivocaron al lanzar bombas de una tonelada. Su versión de los sucesos fue por otra parte totalmente edulcorada: en ningún momento mostró los niños despedazados, no mencionó el número de víctimas ni los culpables. Lo mismo que en Jenin. Parecía la versión de un accidente de aviación, que en sucesivas versiones se fue diluyendo.

Complicidad norteamericana

El vocero norteamericano Ary Fleischer se limitó a señalar que Israel había actuado «con mano pesada» (heavy handed). Cuando un periodista sugirió que EEUU había hecho otro tanto mismo en Afganistán, respondió que en Gaza se bombardeó un edificio con niños (y ellos mataron a decenas de asistentes a una boda). Además, la aviación israelí es aprovisionada por EEUU y puede sobrevolar en pocos minutos la estrecha franja de Gaza (45 km por 7), rodeada a la vez por barcos israelíes desde el Mediterráneo y vigilada por torres y retenes militares.

El tema desembocó en la noche del miércoles 24 en el Consejo de Seguridad, donde se desató un vendaval de condenas a Israel por parte de todos los participantes.

Con una única excepción: la de EEUU. John Negroponte manifestó que el Consejo debía abordar el tema de las acciones del Hamas, de la Jihad islámica y de otros «grupos terroristas palestinos».

Y dio a entender claramente que si se presentaba una moción de condena a Israel, interpondría el veto. El delegado de Israel, Aaron Jacob, repitió que las fuerzas israelíes «no habían previsto la extensión de los daños colaterales», sin dejar de agregar que la actuación de la autoridad palestina «imponía la necesidad» de acciones de este tipo.

Un tema para el TPI

Pero el debate no fue inconducente, desde que los delegados palestinos y sirios propusieron que el tema fuera llevado al Tribunal Penal Internacional que entró en funciones el 1º de julio en La Haya, como auténtica «agresión salvaje y crimen de guerra», según declaraciones del mundo árabe.

A esto se le interpusieron objeciones leguleyas. Se dijo que los planteos ante el TPI sólo podían hacerlo los estados, y palestina no lo era.

Y en caso de que lo presentara otro Estado, Siria por ejemplo, debía tomarse en cuenta que Israel, si bien había firmado el Tratado de Roma (in extremis, el 31 de diciembre 2000), no lo había ratificado. Ahora se ve la razón.

De paso sea dicho, en el Consejo de Seguridad también se consideró la Convención contra la Tortura, a la cual adhirieron todos los países. Menos EEUU, una vez más, porque –dijeron sus delegados– no quieren que ninguna comisión viste sus cárceles ni a los prisioneros en la base de Guantánamo. Así de claro.

Premeditación y alevosía

El ataque a Gaza se produjo cuando se notaban signos de mejora en la situación. Peres había anunciado que el Tsahal podría replegarse de Hebrón y Belén y se le pagaría a los palestinos una parte de la deuda por aportes fiscales congelada por Israel.

En ese cuadro, el objetivo de la matanza fue reimplantar la brutal confrontación, instaurando en Gaza el clima imperante en Cisjordania y caracterizado por ocupación militar de todas las ciudades (el retiro de tropas es mentira), erección del muro de la vergüenza, detención de familiares de los kamikazes y destrucción de sus viviendas, amenaza de exiliarlos como ya se hizo en Belén, siguiendo la política de justicia por mano propia.

Esto genera condiciones para nuevos atentados y una espiral de sangre sin fin, pero tal es el método elegido por Sharon para liquidar la autonomía y extender sin límite la ocupación de los territorios, en el marco del plan del Gran Israel. *

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