Evita entró en la historia hace 50 años
«Viva el cáncer» apareció bajo forma de grafitis en las paredes de Buenos Aires la cruel venganza de los detractores de Evita, a principios de 1952, cuando ya la enfermedad hacía estragos en la frágil contextura física de quien despertó amores y odios pero nunca indiferencia.
Mezclando mito con realidad, su vida pública duró solamente siete años, tiempo suficiente para dejar su nombre grabado a fuego en la historia argentina.
Eva María Duarte Ibarguren nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, Provincia de Buenos Aires. Hija ilegítima de un pequeño terrateniente de la zona que falleció cuando era pequeña, Evita fue criada por su madre, Juana, y sus cuatro hermanos mayores.
Con tan sólo 15 años, soñando con ser actriz, decidió dar el gran salto y con una valija de cartón como único bagaje, desembarcó en Buenos Aires, la gran urbe con sus anchas avenidas y sus luces de neón, que le reservaría un destino de poder en épocas en que las mujeres ni siquiera tenían derecho a voto.
Sus primeros años en la capital argentina no le resultaron fáciles, vivió en pensiones y actuó en pequeñas compañías de teatro y en la radio.
Un festival de solidaridad por el terremoto que causó 10.000 muertos el 15 de enero de 1944 en la ciudad de San Juan le permitió conocer al coronel Juan Domingo Perón, un cada vez más encumbrado secretario de Trabajo y Previsión Social del régimen de los generales Pedro Ramírez y Edelmiro Farrel.
Una semana después del temblor, Eva Duarte fue presentada a Perón en el acto solidario con los sanjuaninos que se realizó en el mítico estadio Luna Park. Dicen que desde esa misma noche fueron inseparables.
A partir de entonces, la pareja conocería los sinsabores del encarcelamiento de Perón -liberado en un fabuloso acto masivo el 17 de octubre de 1945- y las mieles del poder, que la llevarían a codearse con altos dignatarios del mundo.
Evita nunca ocupó un puesto oficial en el gobierno, pero desde su acción en una fundación que llevaba su nombre se ganó la admiración de los más humildes, a quienes llamaba «mis queridos descamisados», en alusión a los que se arremangan la camisa para trabajar, sin saco.
Canalizó fondos oficiales para establecer hospitales, escuelas, orfanatos, hogares para ancianos e instituciones de caridad. Muchos recordarían: «Mi primera bicicleta me la dio Evita» o «Mi primer colchón me lo entregó Evita».
Con ella, las mujeres irrumpieron en la política: formó el Partido Feminista Peronista en 1949 y fue gran impulsora del voto femenino que debutó en las elecciones del 11 de noviembre de 1951.
Su imagen irritaba a los más conservadores, también a sectores políticos y militares que veían con malos ojos que una mujer por ellos considerada vulgar tuviese tanta influencia, y debió renunciar cuando su nombre sonó para acompañar a su esposo en la fórmula presidencial de 1951.
Un cáncer de útero pudo más que sus adversarios. Su fuerza se fue acabando. Cuando Perón asumió su segundo mandato, en 1952.
Evita lo acompañó en el auto oficial parada gracias a un corsé de yeso cubierto por un enorme abrigo de piel.
El 26 de julio de 1952 murió quien fue bautizada «la abanderada de los humildes» y decenas de miles le tributaron un último adiós, bajo la lluvia, en un funeral que duró varios días.
El cadáver embalsamado
El cadáver embalsamado de Evita se convirtió en un poderoso símbolo político: fue expuesto en la central obrera, confiscado por los militares que derrocaron a Perón en 1955, escondido en Europa y devuelto 16 años después a su viudo en el exilio madrileño, hasta regresar a Buenos Aires en 1974.
Los funerales más largos de la historia argentina duraron 16 días, hasta que el 9 de agosto Evita fue velada en la sede del ministerio de Trabajo, que quedó cubierto con una montaña de flores de hasta ocho metros de altura.
Evita, fallecida a los 33 años, fue la mujer más carismática de la historia argentina y generó un amor sin límites entre los trabajadores que accedían por primera vez a derechos laborales durante la naciente industrialización del país.
Pero se ganó el odio de quienes veían horrorizados a esa mujer vestida con estolas de visón que arengaba y cautivaba a millones de pobres o hacía gestiones en Holanda para entregar armas a los dirigentes gremiales para «defender al General Perón», escandalizado por tales gestiones.
El 16 de setiembre de 1955 un cruento golpe militar derrocó a Perón, quien marchó al exilio. Un decreto prohibió pronunciar las palabras «Perón» y «Evita», signo de la feroz profundización de la aún irresuelta antinomia peronismo-antiperonismo.
Dos meses más tarde, el cuerpo de Evita -embalsamado por obra del anatomista Pedro Ara en 1952- fue llevado por los militares de la llamada «Revolución Libertadora» de la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT) y secuestrado por 16 años, hasta ser restituido en 1971 «al general» -como lo llamaban sus fieles-, en su residencia madrileña de «Puerta de Hierro».
Ante el inquietante interrogante de «qué hacer con un cadáver que los peronistas pueden convertir en bandera» política, los militares manejaron varias hipótesis, como fondearlo en el Oceáno Atlántico o quemarlo con ácido.
Pero lo secuestraron y con ello crearon un misterio que fue revelado sólo 25 años después.
Tras el golpe de 1955, el coronel de inteligencia Carlos Moori Koenig se hizo cargo del cuerpo de Evita, al que incluso profanó, pero en 1956 fue reemplazado por el coronel Héctor Cabanillas, quien dirigió un operativo secreto para enterrar el cuerpo en un cementerio fuera del país.
En su libro «El Presidente que no fue», el periodista Miguel Bonasso sostuvo que el féretro estaba arrumbado en el segundo piso del edificio de la Secretaría de Informaciones del Ejército (SIE), en pleno centro porteño, desde donde Cabanillas puso en marcha el denominado «Operativo Evasión».
Hasta ser sepultado en un cementerio de Milán, el féretro estuvo al menos una noche en un cuartel de la Armada, en una dependencia de la SIE, en barracas y depósitos, en un camión del Ejército, entre otros sitios, según Bonasso.
Los restos, con documentación a nombre de «la viuda italiana María Maggi de Magistris», fueron embarcados en el buque Conte Biancamano y depositados en el Campo 86-Lote 41 del cementerio de Milán, en mayo de 1957.
Según Bonasso, «el operativo contó con el apoyo del cura Guilio Madurini, superior de la Orden de Roma y, a través de él, con la complicidad de El Vaticano», en una operación llevada a cabo «a espaldas del gobierno italiano».
En 1971, la dictadura de Alejandro Lanusse resolvió exhumar el cadáver de Evita y devolvérselo a Perón, en el marco de las negociaciones por el retorno «del general» a Argentina y el avance de la llamada «resistencia» peronista que se sintetizaba en la consigna «luche y vuelve».
El féretro fue restituido en la residencia madrileña de Perón, ante la presencia del embalsamador Ara, de su nueva esposa y luego presidenta María Estela Martínez, «Isabelita», y de su secretario privado, José López Rega, luego ministro y creador de la parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (AAA).
En 1972, Perón regresó a Argentina, pero prefirió dejar el cuerpo de Eva en Madrid. Un año más tarde fue elegido presidente por tercera vez, cumpliendo un breve mandato tronchado por su muerte el 1 de julio de 1974.
Vicepresidenta de su marido, Isabel asumió el Poder Ejecutivo y ordenó que el cadáver de Eva fuera traído al país, para ser expu
esto en una capilla ardiente al lado del cuerpo de Perón.
De allí pasó al exclusivo cementerio porteño de la Recoleta, donde se construyó una bóveda como la cámara acorazada de un banco para disuadir cualquier nueva profanación. *
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