Confesionario al aire libre
«¿No tienes un bolígrafo?», suplica Rebeca Dorff, una quinceañera con un papelito sus manos sobre el cual desea hacer la lista de sus pecados.
Esta estudiante de secundaria de Cincinatti (EEUU), es una de las primeras usuarias del inmenso confesionario al aire libre instalado en el parque de exposiciones de Toronto, sede de la Jornada Mundial de la Juventud encabezada por el papa Juan Pablo II.
El entorno es ciertamente paradisíaco: a orillas del lago Ontario surcado por embarcaciones de turismo, y bajo la sombra protectora de verdes arces han sido instaladas unas 200 pantallas de madera, cada una equipada con dos sillas plegables, dispuestas para dar un poco de intimidad al diálogo entre sacerdotes y penitentes. En cada una de ellas, un papel indica la lengua del oficiante: inglés, francés, español, portugués, italiano, alemán, polaco, holandés … Se estima que unos mil sacerdotes pasaran por este lugar antes del sábado, para atender a los jóvenes que desean recibir el «sacramento de la reconciliación» antes de asistir a la misa con el Papa Juan Pablo II.
Nadie está obligado a hacerlo, pero los organizadores reconocen que han recomendado reiteradamente a los jóvenes darse una vuelta por el confesionario. «Les insistimos en la importancia de este sacramento», subraya el padre Thomas Rosica, director nacional de la JMJ.
Y es que la confesión, un rito que en el pasado era imprescindible para recibir la comunión, ha caído en desuso en buena parte de los fieles católicos, por lo que el clero intenta devolverle otra vez toda su vitalidad.
Pese a ello, en las primeras horas tras su habilitación, la afluencia a los confesionarios no fue numerosa. *
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