Después del abandono de Reutemann

El presidente argentino busca quien frene a Menem y a Carrió

ISIDORO GILBERT – CORRESPONSAL EN ARGENTINA

 

Ante esa debilidad, ahora agravada, el Presidente no tenía otro camino que al anticipar las elecciones, para descomprimir las presiones políticas que venía recibiendo: la represión a los piqueteros y sus víctimas hizo el resto.

No hay engaño: Duhalde busca dejarle el mando a un peronista, que no sea Carlos Menem, y apostó al gobernador santafesino. No se comprende en que se basó para creer que el elegido iba acompañarlo en la faena, conociéndose su personalidad dubitativa.

Desentrañar las causas de por qué el gobernador escapó a las apuradas de entrar en la carrera presidencial, ayuda a comprender la magnitud de la crisis económica y social, pero también la descarnada lucha por el poder desatada en el peronismo.

Reutemann habló hasta por los codos, sin decir nunca todo; tomando frases de aquí y allá se pueden encontrar algunas claves. Primero, parece obvio que no se siente con fuerzas ni capacidad para enfrentar la crisis económica: por algo ha insistido en narrar verbalmente en una sola oración el drama de la deuda externa, el pago de intereses, los reclamos por el seguro de cambio de lo más granado del capital, el default y la opinión negativa que ha recogido en Europa sobre el futuro del país.

Sugerente: mutis por el foro sobre la represión con muertos en su provincia, en los hechos de diciembre. Casi nada sobre desocupación y menos que en su provincia donde se registró el no voto más alto de octubre pasado.

Como no es un homus peronista, no tiene la pasión por el poder de sus hombres más notorios. Podría pensarse que Reutemann tuvo un gesto de honradez al confesar su incapacidad para la tarea a la que se lo convocaba. Pero la trama es más compleja.

Además, el precandidato nonato no quiso ser instrumento de Duhalde, ni estar tironeado en la dura interna que el bonaerense mantiene con Menem. Pensó, al menos se lo dijo a los íntimos, que la insistencia del Presidente para que aceptara la candidatura para las internas abiertas, tendía a colocarlo a él en el centro de la tormenta y desdibujar las responsabilidades del Presidente. «¿Por qué se toma mi candidatura como un hecho de vida o muerte cuando ni siquiera estaba firmado el almanaque electoral?», se preguntó el gobernador ante los suyos.

Elisa Carrió, de frases memorables dijo que el gobernador declinó porque «no quiso ser el mascarón de proa del régimen».

La historia se escribe y reescribe. Ahora Duhalde asegura que no lo presionó y que supo antes de la decisión. Es endulzar la realidad. Lo probable: que con lenguaje plagado de indirectas, Reutemann haya dado por negativa lo que del otro lado lo entendían o como un gesto de estudio o, para los más ansiosos, una señal positiva. Fuentes responsables del duhaldismo dan fe que así ocurrieron las cosas.

Juegos peligrosos

No podía faltar la mirada conspiradora: la huida se leyó como una «apretada del menemismo», que algo muy grave se le informó sea sobre su vida privada o sobre negocios discutibles que espantaron al gobernador y lo pusieron a salvo de cualquier argumento para que revise en algún momento su actitud. No hay pruebas ni datos serios de que eso haya ocurrido. Pero ciertos personajes no tienen asco a métodos de esta naturaleza.

En la misma melodía, ¿cómo entender que Reutemann tema cualquier represalia? ¿Es una acusación a Duhalde (o a su entorno)? Otra vez las frases llenas de incógnitas, comprensibles solamente para los elegidos.

Que se haya llevado el destino de Reutemann, en definitiva un político menor, a niveles de exasperación, exhibe la desesperación presidencial y cuanta mirada epidérmica abunda, de cuál es el sentimiento colectivo sobre la elite política. Salvo que en la sociedad cansada de esos supuestos liderazgos se haya vuelto a pensar en un Mesías.

La construcción colectiva que determinó la caída de dos presidentes, con altos y bajos, no parece agotada. Al contrario muestran una tendencia hacia al ascenso.

Pero esta realidad no está en el razonamiento de los movimientos políticos cupulares.

Miradas las cosas desde ese lugar, el santafesino resolvía varios flancos: el proyecto de Duhalde y el peronismo sin darle chance a Menem y la búsqueda de «un proyecto serio», acaso la afirmación más temeraria. Es que el gobernador nunca habló sobre lo que haría y ha sido parte del pasado inmediato y sus secuelas, aunque no se le pueda atribuir ser improlijo.

Y satisfacía la conciencia de no peronistas e incluso antiperonistas renuentes a dar su sufragio por Carrió.

Curioso razonamiento: a Reutemann le dan crédito a un programa que jamás explicitó, y a la legisladora le imputan no tenerlo, aunque sus grandes lineamientos, que tiene como base, «nunca haré nada contra los pobres», señalan un rumbo diferenciado de la política tradicional. El santafesino lo insinuó: deberá hacerse un ajuste de órdago y huye de sus consecuencias.

Perfil del candidato de los norteamericanos

Carrió también elevó la aptitud del gobernador, cuando le propuso –y él aceptó aunque luego se desdijo– conformar un espacio institucional para lograr que constitucionalmente sean declarados caducos los mandatos, a lo que se oponen orgánicamente la UCR y a flor de piel, el grueso de peronistas con cargos.

Es cierto que todo no es igual. Reutemann puede tener una charla civilizada con la legisladora, pero de ahí a comprometerse a actuar aunque sea transitoriamente por un mismo objetivo, no es un traje que gustaría ponerse.

Para muchos el santafesino irá al ocaso. Entonces ¿quién jugará su papel para frenar a Menem? Ahora las miradas se dirigen hacia el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota que había proclamado que si Reutemann no aceptaba el insistiría en su vieja ambición de llegar a la Casa Rosada.

Sin embargo el cordobés no sabe si contará con el respaldo necesario de los grandes distritos, para oponerse no a la maquinaria de Menem, de la que carece, sino a su avasalladora voluntad de la revancha. ¿Comenzará a ver los mismos peligros que disuadieron al santafesino?

Los dos saben por la embajada norteamericana que el futuro es oscuro y sea por análisis, sea por información, que escenarios de represión social no son simples juegos de arena. Menem ha pedido como muchos de los gobernadores, mano dura con los piqueteros y contra quienes protestan.

El embajador James Walsh tenía a Reutemann como favorito, por eso es poco creíble lo que se dice: que él participó de la decisión final del deportista. Los norteamericanos, lo dijo el subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Otto Reich, no son indiferentes y ya han fijado el perfil del presidenciable que no es Carrió, precisamente. Ni, claro, Luis Zamora, capaz de acaudillar a la resurgida izquierda histórica, sobre todo en sectores empobrecidos, su viejo talón de Aquiles.

Atención: ni estos, ni parte del movimiento social ven a Carrió, como su expresión política. Pero todo está en movimiento.

Si como cree la legisladora, Argentina está en momentos de cambios como en 1945 cuando emergió Juan Perón, Washington puede volver a equivocarse.

El nombre de Menem divide las aguas. En el peronismo y en la sociedad. Su programa de reparación será la profundización de su gobierno anterior, más dolarización con lo que bombardea los débiles cimientos del Mercosur, esa ambición de los EEUU y puede ahondar –allí está el caso de Ecuador–las penurias productivas y sociales.

La sociedad y Menem

Dicen que Reutemann leyó una encuesta donde el ex mandatario lo vencía por escaso margen. No es lo que dicen los sondeos en el conjunto de
la sociedad. Pero da para pensar si se revierte la curva que lo colocaba entre los más indeseables para los ciudadanos que aplaudieron cuando fue preso. O que lo tiene como expresión del Mal y como padre del modelo que creó desocupación como jamás hubo y años de depresión que ahondaron las pésimas administraciones que lo siguieron.

¿Regresa en el imaginario popular la idea que «con Menem estábamos mejor»? Hay lonjas de la sociedad que le cree, que es aún minoritaria. Pero para eso está la política y la acción sicológica, para revertir la tendencia.

Si como todo parece, los acontecimientos van camino a una polarización, con Carrió por un lado y en el otro un peronista, no será lo mismo aun un filo conservador como De la Sota que Menem. Con el primero, los candidatos pueden acordar espacios de coincidencia a favor de quien gane. Con el riojano, imposible.

La líder del ARI ha logrado tejer un espacio institucional que busca arrancar la caducidad de mandatos, que es un deseo público y una condición imprescindible para refundar las instituciones, con el peronista Néstor Kirchner y el frentista Aníbal Ibarra. Puede ser la base de una nueva coalición, incluso electoral. Es poco, sin embargo; si no se le suman gobernadores, más legisladores y reclamos callejeros, las demandas terminarán como una expresión de deseos.

En la polarización entre Carrió y Menem, la sociedad deberá resolver su viejo conflicto de creer en milagros y mantener o destruir al viejo fantasma que no ha dejado de influir en este país ya hace 13 años.

Pero semejante división puede crear antagonismos irreductibles. Doctrinariamente podría sostenerse que es una asignatura de la gente: primero en la interna justicialista, más tarde en las presidenciales. Hay personas que están buscando a un tercero, no alguien que haga la síntesis, sino pensando en socavar a Carrió con el argumento que no tiene propuestas.

Es lo que especula la nueva derecha, encarnada en la figura del industrial y dirigente de Boca Juniors, Mauricio Macri. Por eso sopesa si es más conveniente ir por fuera del PJ que por dentro.

Puede ser otro juego de arena. No lo serán en cambio las operaciones que le preparan a Carrió, como alentarle una corriente que reclame elecciones internas en el ARI para desgastarla.

Curiosidades argentinas. Los legisladores de los partidos con mayor representación, que votaron decenas de leyes violatorias de la carta magna, como otorgarle poderes especiales en su momento a Menem, hace poco a Domingo Cavallo, ahora a Duhalde, se rasgan las vestiduras ante el reclamo de la caducidad de los mandatos.

Sin sonrojarse sostienen que es un reclamo que viola el espíritu de la Constitución Nacional, porque no respeta los plazos de los mandatos.

No hay caso: el nudo gordiano podrá cortarse en las urnas, pero si la sociedad no se hace escuchar, la sombra del Conde de Lampeduza campeará otra vez sobre el territorio nacional. *

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