Un rastro de sangre, de Génova a Buenos Aires
Me impactaron las secuencias sobre el asesinato de los dos piqueteros argentinos, reproducidas una y otra vez por los canales argentinos. El periodista gráfico de Clarín Pepe Mateos (y otros fotógrafos que publicaron en Página/12 y La Nación) realizaron una notable investigación, que contribuyó decisivamente a abortar las maniobras tendientes a asegurar la impunidad de los criminales y a viabilizar la fábula del complot ultraizquierdista o de una presunta reyerta de facciones antagónicas. En este cuadro, se decidió adelantar las elecciones a marzo de 2003.
El doble crimen de Avellaneda
Quedó probado que en los dramáticos sucesos del «miércoles negro» (16 de junio) en torno al puente Pueyrredón que une a Buenos Aires con Avellaneda, Darío Santillán fue fusilado por la policía de la provincia de buenos Aires cuando corría a auxiliar a su compañero Maximiliano Kosteki, que yacía muerto de un balazo en la estación de ferrocarril de Avellaneda. Investigaciones posteriores revelaron la participación conjunta de Prefectura Nacional con jefes policiales disfrazados de piqueteros que ejecutaban la represión con balas de plomo, la que fue seguida por una cacería de manifestantes incluso dentro del hospital Fiorito (donde fueron conducidos decenas de heridos, algunos graves). Me llamó la atención, en declaraciones de testigos por TV (varios de ellos ajenos al Movimiento de Trabajadores Desocupados) la afirmación sostenida del carácter pacífico de la demostración y del espíritu solidario de Maximiliano, cuya imagen –con los vaqueros tajeados a la altura de las rodillas, retorciéndose de dolor en el piso de la estación de Avellaneda y clamando por auxilio– no se podrá borrar.
Se lanzaron al ruedo variadas interpretaciones sobre la tragedia. Pero es innegable que estamos ante un operativo de represión organizada a gran escala, con su primera secuela de muertos desde la conmoción del 20 de diciembre que derribó a De la Rúa
Los hechos coincidieron con la cumbre del G8 en Kananaskis, un pueblito perdido en las Montañas Rocallosas al suroeste de Canadá. Esta sede inaccesible fue elegida en la cumbre anterior (Génova, julio 2001) para impedir las multitudinarias protestas ya desplegadas en diciembre de 2000 en Seattle que obligaron a interrumpir el cónclave de la OMC, posteriormente en Praga ante la reunión conjunta del FMI y el BM, luego en Barcelona y por último en Génova, precisamente.
En Génova, un año atrás
Allí, ante la magnitud de la demostración multinacional, el gobierno de Berlusconi montó una operación compleja: por una parte, aisló la sede de la conferencia con una valla gigantesca y tropas armadas a guerra; por otra, organizó la provocación de los black block, infiltrados entre los manifestantes y conectados con la policía, como quedó documentado en un video que presenciamos; e impuso la represión a balazo limpio, que segó el 20 de julio la vida del joven Carlo Giuliani. Por último, en la noche del 21 al 22 de julio la policía asaltó al estilo fascista un centro educativo donde se alojaban manifestantes de otros países, hirió a 67 personas y detuvo a 93, depredando todo a su paso. Días después, la misma policía exhibió ante la prensa objetos incautados –dijo– durante su incursión: cuchillos, una barra de hierro y dos cocteles molotov, otras tantas señales, en su versión, del violentismo de los manifestantes.
La Justicia inició la investigación. El jefe del operativo, Arnaldo La Barbera, y otros 6 policías, debieron enfrentar cargos por ejercicio de la violencia. El primero fue separado de su puesto. Ahora es acusado de fabricar pruebas falsas. Se revela que los cocteles incendiarios y otros elementos fueron colocados en el lugar por la propia policía. Informes de expertos muestran que la presunta puñalada de un manifestante a un policía (pretexto del asalto al centro educativo), simplemente no existió.
Ambos episodios se inscriben en la tendencia a criminalizar movimientos populares pacíficos, exacerbada a partir del 11 de setiembre y del dicotómico discurso de Bush: con EEUU o con los terroristas.
Arafat, Irak, Afganistán
En ese clima, y alegando combatir atentados de grupos terroristas, se desencadena en toda su bestialidad, el terrorismo de Estado, caso de Israel contra los palestinos. Hoy rompe los ojos que la zarandeada propuesta de Bush sobre Oriente Medio consiste en dar luz verde a las tropas de Sharon para ocupar sin límite de tiempo todas las ciudades cisjordanas (con la única excepción de Jericó) e instalarse también en la franja de Gaza, para que maten y detengan a quienes se le ocurra, para que levanten el «muro de la vergüenza» incluso al interior de Jerusalén y para presionar con el ya desembozado apoyo de EEUU (reiterado por Condoleezza Rice, y al que se plegó Tony Blair) hasta expulsar definitivamente a Arafat, después de demoler los restos de su cuartel general de la Mukataa. En esa onda EEUU anuncia un día tras otro que va a invadir Irak y matar a Saddam Hussein. Le promete una millonada a Uribe para extender la guerra civil en Colombia. Masacran a bombazos en Afganistán a los asistentes a una boda. La «lucha antiterrorista» permite todo.
Criminales yankis, impunes
El 1º de julio, ratificado por 74 países, dio sus primeros pasos en La Haya el Tribunal Penal Internacional (Tratado de Roma). EEUU lo rechaza «con uñas y dientes», dicen los cables. Además de no ratificarlo, retiró la firma estampada por Clinton al pie del mismo. El 30 de junio su delegado vetó en el Consejo de Seguridad una resolución que extendía el plazo de la Fuerza de Paz en Bosnia, aduciendo que su gobierno se negaba a que sus soldados pudieran ser juzgados ante dicho Tribunal por crímenes de guerra. *
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