Unos 100.000 argentinos viven y se alimentan de la basura en Buenos Aires

Unas 100.000 personas sobreviven alimentándose con la basura cada noche en Buenos Aires o recolectando cartón, papel o vidrios para venderlo a cambio de algunas monedas que les entregan empresas acopiadoras, informó a la AFP una fuente del Parlamento de la capital argentina.

Esta actividad se convirtió en los últimos años en la única fuente de ingresos de millares de familias, según lo indicó a la AFP la asesora de Derechos Humanos en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, Fabiana Rousseaux.

Convertidos en agentes ecológicos involuntarios, los denominados «cartoneros» hurgan la basura separando todo material reciclable para ser vendido en una carrera contra reloj que se lanza al caer la tarde y se prolonga hasta la medianoche, cuando los recolectores oficiales retiran los restos.

Rossseaux precisó que en los últimos años se duplicó la cantidad de personas que pugnan a diario por conseguir un ingreso a través del «cirujeo» atenazados por la persecución de una actividad considerada ilícita según el reglamento urbano y por la exclusión social que los empuja a la miseria.

Cada noche un silencioso ejército de sombras recorre las principales arterias de la ciudad a bordo de carros tirados por caballos o bicicletas, o empujando improvisados carromatos que se mezclan en el tránsito porteño.

Según afirmó Rosseaux, los cartoneros deben soportar las amenazas de la policía y en algunos casos acceder a pagar sobornos para poder ejercer su actividad sin ser detenidos.

De acuerdo a denuncias efectuadas en el seno de la Legislatura porteña, se conoció que muchos deben entregar a la policía alrededor de 20 pesos semanales para impedir la expropiación de sus carros.

Actividad otrora reservada a los jefes de familia, el paulatino deterioro de la situación de los sectores más desprovistos, obligó a multiplicar las manos abocadas a la tarea en la que participan familias enteras.

A las puertas de los locales de venta de comida y restaurantes, la distribución solidaria de alimentos se volvió una práctica habitual que impide a su vez la posterior rotura de las bolsas de residuos frente a los comercios. En algunos barrios de la ciudad los vecinos colaboran con los cartoneros apartando de sus residuos todo elemento reciclable, no por conciencia ecológica sino más bien por un sentimiento de solidaridad que perfora todas las capas sociales por la fuerza del temor a ser las próximas víctimas del despojo.

El aumento constante del número de personas que buscan en los desechos un medio de ingresos despertó una puja por la propiedad de la basura.

La Ciudad de Buenos Aires destina 200 millones de pesos (50 millones de dólares) de su presupuesto anual para costear la recolección a cargo de una empresa privada, Cliba, cuyo beneficio se mide por tonelada removida.

La recesión que golpea a la Argentina desde hace cuatro años agudizada aún más como efecto de la crisis económica desatada desde la salida de la Convertibilidad (paridad del peso) en diciembre pasado, tiene su correlato en el volumen de desechos que genera la ciudad que bajó a los niveles de una década atrás.

La actividad de los cartoneros alcanzó una dimensión tan importante que generó un planteo ante la administración del gobierno de la ciudad por parte de la empresa encargada del servicio.

De acuerdo a los pliegos de licitación, la basura depositada en la calle es propiedad de la empresa recolectora y de acuerdo a la letra del contrato los cartoneros incurren en robo cuando revuelven los desperdicios en busca de papeles, vidrios, latas o simplemente restos de comida.

Para paliar la merma de ingresos, Cliba instrumentó un servicio especial de recolección selectiva de basura «puerta a puerta» en el barrio porteño de Once, centro comercial por excelencia donde se desechan cientos de kilos de cartón por día y donde pujan cientos de cartoneros cada noche en una suerte de guerra de basura cuya recompensa se mide en unos 50 pesos por kilo. *

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