Once mil conflictos en cinco meses reflejan la crisis en Argentina
ISIDORO GILBERT
La protesta social que recorre la Argentina en crisis tiene estadísticas y, además, expresiones artísticas, como ocurre en todos aquellos momentos de conmociones.
Según la Secretaría de Seguridad Interior, en los primeros cinco meses del año hubo más de 11 mil manifestaciones, en las que participaron más de 600 mil personas.
En esos meses campearon las asambleas y los cacerolazos, englobados en el rubro «concentraciones», representaron la forma más importante de protesta, con más de la mitad de los hechos y casi dos tercios de los participantes. En segundo lugar quedaron los piquetes, que sumaron una cuarta parte de las protestas y la participación de dos de cada diez manifestantes.
Un trabajo de investigación, realizado por el Centro de Estudios Nueva Mayoría, revela que el mes de mayo, con 514 cortes de rutas y vías públicas, marcó el récord mensual desde 1997, registrando un incremento del 289% respecto del mes de abril.
El informe de la Secretaría de Seguridad Interior dice que después de los dos primeros meses del verano, calificados como de «alta conflictividad», comenzó a definirse una «clara tendencia a la baja», medida en el número de hechos y de participantes.
Pero, al mismo tiempo, advierte de un crecimiento sostenido del tamaño de las movilizaciones, que tomadas individualmente tienden a concentrar a más gente.
Los días calientes
No pudo ser de otra manera: enero y febrero fueron los meses más convulsionados, como prolongación de un diciembre en el que se instaló el corralito bancario y se declaró el estado de sitio, como prólogo de la represión del 19 y el 20, los manifestantes asesinados y la caída de Fernando de la Rúa.
Algunas de las manifestaciones más sobresalientes ocurrieron en ese período, como los cacerolazos que forzaron las renuncias de Domingo Cavallo o de Carlos Grosso, asesor del efímero presidente Adolfo Rodríguez Saá, ido días más tarde.
Pero en diciembre florecieron las asambleas barriales y los vecinos de Buenos Aires comprobaron el poder de las cacerolas convertidas en instrumentos de protesta.
El 86% de las protestas sociales estuvo representado por cuatro modalidades: concentraciones (incluye asambleas y cacerolazos), cortes de calles, movilizaciones y escraches.
Esta última forma de repudio con los cacerolazos se ha prolongado hasta estos días en repudio al corralito y a las medidas que para ir desmontándolo ha pergeñado el ministerio de Economía. No podía ser de otro modo. El informe destaca que la Secretaría de Seguridad, con la actual gestión de Juan José Alvarez se mantuvo el orden público «sin represión violenta y sin costos humanos en vidas o en heridos de consideración», al tiempo que recordó las muertes ocurridas en la gestión anterior, durante el gobierno delarruista.
También rechazó «la criminalización del descontento social», en el marco de lo que definió como su «doctrina de seguridad pública». Es una manera que esa cartera sale al cruce de quienes reclaman unificarla con el Ministerio de Defensa para facilitar la presencia de las FFAA en los conflictos, una idea ahora desechada.
El conflicto y el arte
El arte se une a la vida, una vez más y así un conjunto de obras surgidas en forma independiente, desconectadas muchas veces entre ellas, le están dando una lectura estética a la crisis, en especial, al desborde cívico que dio la vuelta al mundo bajo el nombre de cacerolazo.
Entre lo documental o la elaboración artística menos, músicos, cineastas, ensayistas y artistas están rubricando en estos trabajos posteriores la singularidad de la protesta del 19 y el 20 de diciembre.
Es frecuente que en las exposiciones se exhiban obras que reflejan la nueva conflictividad social.
Por caso: una muestra llamada Asambleas; la emergencia de un Ejército de artistas que interpreta un «cacerolazo cultural»; una revista quincenal llamada El Cacerolazo; el regreso del director Fernando Pino Solanas al formato de friso histórico de «La hora de los hornos»–un clásico de seis horas de duración de los años ´70—-; una legión de cineastas agrupadas bajo el nombre de «Argentina Arde», CD con grabaciones de cacerolas y la emisión de billetes alternativos –siguiendo los créditos del trueque– como el Venus, utilizado por un grupo artístico.
Solanas inició espontáneamente su tarea con una cámara de mano el mismo 20 de diciembre. Y cuyo registro recoge imágenes de asambleas, marchas y también largas colas de gente para comprar dólares. «Las víctimas son los protagonistas», dice Solanas.
Hay más: sale el quincenario «El Cacerolazo», de Andrés Cascioli que en los ’80 hizo furor con su semanario «Humor» y periodísticos y ensayos. La editorial Planeta editó «Qué país» (de Martín Caparrós); Taurus, «La República vacilante» (entrevistas de la periodista Analía Roffo con el politólogo Natalio Botana); Aguilar, Diario de la crisis (Pedro Orgambide), y Sudamericana, Días de furia (Jorge Camarasa), entre otros, forjando la cultura del piquete y el cacerolazo. *
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