"O hay acuerdo o no pagamos; no habrá uso de las reservas", dijo el ministro de Economía

El FMI desconfía de Duhalde

ISIDORO GILBERT – CORRESPONSAL EN ARGENTINA

 

A principios de semana ni un níquel apostaban los analistas por la suerte del acuerdo entre el gobierno de Eduardo Duhalde con el FMI.

Algo sin embargo parece haber cambiado en las últimas horas, pero con el convencimiento de que el Fondo aplicará fuertemente las clavijas y quién sabe cuándo el gobierno podrá decir «acuerdo habemus».

No son pocos los que preguntaban a esta altura de un franeleo de medio año para ver si se comienza o no una negociación, si el problema era el Presidente, si no era mejor removerlo anticipando las elecciones.

O, ahora, su ministro de Economía, Roberto Lavagna, demasiado heterodoxo para los parámetros de los neoliberales.

No es cierto, replicaron los hombres que trabajan en Washington. Le atribuyen a la número 2 del FMI, la dura Anne Krueger haber desmentido que buscara un quid pro quo: acuerdo a cambio de elecciones antes que tarde. «Si es Duhalde quien amenazó con renunciar», dicen que dijo.

Tanto subió la espuma alrededor de esa ecuación que el embajador James Walsh le tuvo que jurar a Duhalde en Olivos que no era cierto que la administración de George Bush impulse elecciones anticipadas como condición para arribar a un acuerdo con el FMI.

Pero elecciones anticipadas habrá cuando no solamente esté el convenio refrendado, sino cuando el peronismo y los norteamericanos sepan cuál será el candidato justicialista que pueda derrotar a la líder del ARI, Elisa Carrió, camino conformar una amplia coalición progresista. De eso hablaron el señor Presidente y el embajador, entre plato y plato en Olivos.

Hay teorías conspirativas, de todo pelaje. Una de ellas sostiene que Duhalde no es creíble para el FMI, al menos para «la línea», es decir, su poderosa burocracia ya que el Presidente cede, pero a disgusto, y piensan que en cualquier momento se desdice.

Es la hipótesis que más agrada al peronismo no menemista, porque si fuera cierta, reivindicaría a un Duhalde que defiende principios, pero que no le da la correlación de fuerzas en el mundo para defenderlos.

Mucho ruido por lo que se negocia: un crédito otorgado a Fernando de la Rúa, que le fue suspendido cuando comenzó a entrar al tobogán, que se requiere para no entrar en default con los organismos financieros internacionales.

La amenaza está soplándole la nuca a Duhalde: este mes y el próximo hay pagarés que levantar por poco más de mil millones de dólares. «O hay acuerdo o no pagamos; no habrá uso de las reservas», le atribuyen haber advertido el ministro de Economía Roberto Lavagna a la Krueger, palabras que refuerzan la hipótesis de un Duhalde que se retoba.

Eran esos días en que no se sabía si a Buenos Aires llegaba o no una misión, o si ésta iba a ser negociadora o técnica. Sin embargo, la dureza de la Krueger habría cedido cuando Lavagna le notificó que si demoraba el permiso para que los expertos llegaran a Buenos Aires, tal vez no sólo debería discutir con otro ministro, sino también con otro presidente.

Para el efecto tango, ¿cordón sanitario?

Otra hipótesis cuenta que el FMI quiere castigar (o disciplinar) a este país por haber declarado el default y por eso, nunca está conforme con las condiciones reclamadas para comenzar la negociación. Es probable: Argentina como mesa de pruebas y ejemplo para cualquier país que haga lo mismo.

«Este país nunca cumple sus acuerdos y por eso la burocracia del FMI se defiende de otro fracaso que cuesta mucho dinero», se repite en medios vinculados al establishment donde se acepta, no obstante, que Duhalde es un problema y, ahora, mucho más su ministro de Economía por su enfrentamiento con el titular del Banco Central, Mario Blejer.

Blejer, que pronto se va, fue funcionario del FMI, los entiende como nadie, está más cerca de lo que piden los bancos extranjeros que de Lavagna sobre el futuro del corralito y, además, pide inmunidades para los integrantes del Central para que préstamos, cierres o fusiones de instituciones financieras no generen, como en el pasado, juicios interminables.

Todo parecía funcionar acotadamente hasta que «efecto tango» se oyó más allá del vecino uruguayo. Brasil básicamente está sometido a una intensa especulación sobre el real, los efluvios argentinos hacen ya lo suyo y la melodía del 2X4 se escucha en el más sólido Chile, en el perdido Paraguay y nadie puede decir que no podría llegar a toda Latinoamérica, incluso México. Y quien dice México, debe pensar en su vecino del Norte.

Dicen en la Cancillería que dentro de EEUU hay miradas diversas sobre qué hacer con Latinoamérica y que en el Departamento de Estado como en la mayoría de los países europeos son más proclives al acuerdo. «Ellos fueron los que presionaron sobre la cúpula del FMI, para que se den por aceptados los requisitos reclamados por la Argentina y se enviara ya una misión», repiten en el Palacio San Martín.

Pero en el Tesoro de Paul O’Neill, y a quien atiende Bush y Krueger, son más parcos.

Frente al «efecto tango» puede aplicarse un cordón sanitario (o bloqueo), como parece deducirse de los auxilios dispuestos para Uruguay y Brasil o encarar la crisis en su lugar de origen. De otro modo  opina un conocedor–los blindajes serán como una aspirina de escasa duración en sus efectos.

Una negociación dura

El equipo del Fondo encabezado por el británico John Thorton, que es técnico, no negociador de un acuerdo, acordó al menos con Lavagna una metodología de trabajo, señal de avance, dicen aquí. Afirman en Economía que no hay más requisitos duros como la derogación de la ley de subversión económica y que se aceptaría el veto a un solo artículo de los que se incorporaron al Código Penal y que incluso había sido ya observado por el ministerio de Justicia.

No es verdad: al FMI le disgusta el proyecto de ley limitando la presencia de capital extranjero en los medios de comunicación y otras cosas más que interesan a los inversores.

El tríptico de esta etapa de las negociaciones incluye temas fiscales, monetarios y la reformulación del sistema financiero. Este último asunto se las trae porque para el FMI hay bancos oficiales, que o deben cerrar o fusionarse, lo que ampliaría el espacio de la banca extranjera (la privada nacional ya casi no existe), aunque más concentrada en algunas instituciones con el cierre de otras.

Es un forcejeo fuerte puesto que Lavagna no quiere seguir entregando préstamos a los bancos extranjeros y sí a los oficiales. Para los primeros, los problemas de su liquidez, deben ser resueltos por sus casas matrices. Algunos ya se capitalizan de esta manera; los que no lo hagan, deberán cerrar o fusionarse con los que sobrevivan a la crisis.

Lo mismo ocurre con el plan para ir desmontando el corralito. Para la banca extranjera, el Bono que en canje por ahorros congelados ofrece el gobierno debe ser obligatorio porque es una manera de descargar sobre el Estado el costo de la operación. ¿Cuánto? A ojo de buen cubero, entre 3.500 millones de dólares si el Bono es optativo, a 12.000 millones, si es obligatorio. No es poco lo que está en juego con una u otra variante.

Carrió, Menem, Reutemann y las especulaciones

Carlos Menem está de gira por los EEUU, presentándose como el hombre que garantizará negocios, que pondrá en caja al movimiento social contestatario y el que tiene un programa claro para la crisis.

¿Le va bien o no? El menemismo sostiene que «óptimo», pero en el Palacio San Martín, con informaciones de primera mano, aseguran que fue recibido cordialmente pero por personajes de segundo y tercer nivel. Y además –se consuelan– «no puede mostrar l
a foto que buscó saludándolo a (George) Bush», el trofeo que buscaba para su proselitismo.

Duhalde irá también a buscar esa foto. Será en setiembre, en ocasión de la inauguración de la Asamblea General de la ONU. Hasta ahora, sus diplomáticos no logran enhebrar un encuentro privado, aunque sea un café, con el mandatario norteamericano.

Aunque las encuestas siguen siendo malas para el ex mandatario, algunas secretas de fuerzas de seguridad, ponen a Menem detrás de la diputada del ARI, Elisa Carrió.

Lo cierto es que a principios de semana, cuando la misión del FMI era aún un misterio, en medio de un mar de rumores los muy informados se planteaban el escenario del no acuerdo con elecciones anticipadas con dos figuras excluyentes, Menem y Carrió, en un inevitable balotaje.

Y que en ese escenario el triunfo de la legisladora surgía como posible «porque más de medio país, jamás aceptará el regreso de Menem», advertía un analista sagaz. Un hombre que fue estrecho colaborador del ex presidente reflexiona con su agudeza habitual: «Es muy prematuro hacer predicciones razonables sobre el futuro del peronismo. El proceso interno de selección del candidato es también el proceso de selección de un nuevo liderazgo, por lo cual la victoria deberá ser contundente. No creo que Menem protagonice esta etapa, podrá influir, ser un «king maker» como dicen los americanos, pero muy difícil el Rey».

Con este criterio compartido por muchos, la mitad del «sí» que ha dado Carlos Alberto Reutemann para ser candidato peronista, abrió nuevas conjeturas sobre el futuro de Menem porque la mayoría de los peronistas no desean ser derrotados otra vez en las urnas.

Con Reutemann ven las perspectivas de construir un espacio mayor con aliados de centro derecha, aun perdiendo algunos votos llevados por justicialistas que se opongan a un proyecto de esa naturaleza y vayan por afuera del PJ cuando las urnas se usen.

Son conjeturas para tiempos confusos. Pero las señales sobre anticipos electorales se suceden día a día, pero en qué condiciones se llegará a comicios es más que nubloso.

El gobierno quiere imponer su reforma política y electoral para controlar el proceso, en nombre de una gran renovación. Pero Carrió difícilmente presente candidatura si no se renuevan totalmente las dos cámaras del Congreso Nacional. «No la dejarían gobernar», afirman sus amigos.

Sus adversarios le imputan que de llegar a la Casa Rosada, la diputada gobernaría con permanentes consultas o plebiscitos si el Parlamento le bloquea sus reformas.

De boca para afuera, casi ningún sector deja de plantear la necesidad de barajar y dar de nuevo, como única señal a la ciudadanía irritada de que otra manera de hacer política está gestándose y que los sin partido deben tener facilidades para participar de los comicios.

Si la gente gana las calles reclamando otra vez que «se vayan todos», es posible que sea una presión irresistible para que todos los legisladores, titulares y suplentes dimitan, una situación original, claro, pero que no requeriría de una reforma constitucional.

No es lo que está ocurriendo las últimas semanas. *

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