El "siglo americano" de Bush

NIKO SCHVARZ

 

En su discurso del día 6 para anunciar la creación de una gigantesca agencia de seguridad interior, el presidente George W. Bush habló como dueño y gendarme del mundo. Su tono era el de quien dispone de la totalidad del poder –ante todo en el plano militar– para imponer un orden internacional a su gusto y paladar, sin contrapeso y al margen de la ONU. Dijo que EEUU asumía el papel de liderazgo mundial absoluto. Ese discurso beligerante presagia nuevas agresiones militares en puntos candentes del globo y una intensificación del clima de confrontación armada.

El nuevo «destino manifiesto»

A la entrada de la fase imperialista, que se inicia con el siglo XX, fue Theodore Roosevelt quien (prolongando la doctrina Monroe de «América para los (norte «americanos») puso en práctica la concepción del «destino manifiesto» como justificativo de una política invasora y anexionista, ejemplificada en el célebre «I took Panamá». En la inmediata segunda posguerra mundial, cuando Truman lanzaba, el 6 de mayo de 1946, su plan de militarización continental, el multimillonario publicista Henry Luce acuñaba el lema del «siglo americano», que guiaría la política exterior del país. No por azar, Bush menciona al ex presidente que ordenó detonar la bomba atómica diciendo que las reformas en los sistemas de seguridad son las más ambiciosas desde que Harry Truman realizó cambios en 1947 para enfrentar el desafío de la guerra fría. Y se propone hacer realidad, en la centuria recién iniciada, el lema del «siglo americano».

De alguna manera, su discurso se basa en el del 20 de setiembre pasado, en que endilgó el calificativo de terroristas a quienes no seguían incondicionalmente las directivas de EEUU, amenazándolos con ataques y represalias. Tal objetivo de dominio mundial incompartido fue comparado por Fidel Castro con los planes de Hitler, que provocaron la segunda hecatombe mundial.

La represión interior

Es interesante apreciar en qué circunstancias Bush sacó a flote su paquidérmico proyecto, dotado de 170 mil funcionarios. El director del FBI, Robert Mueller, bailaba en la cuerda floja ante una Comisión del Senado, sufriendo una paliza similar a la de Mike Tyson días después. Se probó que, antes del 11 de setiembre, el FBI y la CIA habían sido un emporio de incapacidad, imprevisión y burocracia, como lo reveló la funcionaria Coleen Rowley, incurriéndose posteriormente en tergiversación y ocultamiento de los hechos. Bush se lanzó al salvataje de sus pupilos: sacó esos hechos del primer plano y colocó la superagencia en su lugar, poniendo al mando de la misma (y fuera del alcance del Congreso) a su amigo Tom Ridge.

La consecuencia inevitable será la intensificación de todas las formas de represión interior. Ya ahora, ha descaecido notoriamente la vigencia de las libertades públicas, al extremo de que se desconoce el habeas corpus, se niega dar a conocer los nombres de centenares de detenidos y se impide su asistencia jurídica, y la Policía actúa prescindiendo de la autorización de la Justicia. En adelante, las víctimas de los acrecentados manejos represivos serán los inmigrantes, los integrantes de los múltiples movimientos de solidaridad, contra la globalización capitalista, contra la guerra, así como los templos que han brindado tradicional protección a los perseguidos.

Discurso en West Point

Previo al discurso urbi et orbi del jueves pasado, Bush habló en la academia militar de West Point para delinear un panorama de nuevas acciones bélicas. Montado en el mismo caballito de batalla de la «guerra antiterrorista», ordenó a los militares que «estén preparados para acciones preventivas» porque «nuestra seguridad requiere transformar al ejército para que esté listo para atacar sin previo aviso en cualquier esquina del mundo». Definió como misión de Estados Unidos «destapar células terroristas en 60 o más países», todo ello aderezado con conceptos estratégicos en el sentido de que «EEUU debe atacar al enemigo antes de que el enemigo ataque».

Estos conceptos fueron interpretados por The New York Times como una preparación psicológica para otra invasión a Irak, máxime por estar acompañada de una mención a «dictadores desequilibrados con armas de destrucción masiva». Antes, en su edición del 28 de abril, dicho rotativo había detallado los planes de EEUU para atacar Irak a fines de 2002 o en 2003, reportando que, según oficiales estadounidenses, «los planes nacientes para una fuerte campaña aérea y un asalto terrestre ya incluye de 75 hasta 200 mil (o 250 mil) soldados estadounidenses y británicos después de un fuerte y continuo ataque aéreo» (como los que ya se producen a diario).

El secretario de la Defensa Donald Rumsfeld dijo el domingo en Kuwait que el recurso a las fuerzas terrestres estadounidenses será necesario en Irak como lo fue en Afganistán. Con el agregado de que la política de su país respecto a Irak consiste en tratar de cambiar el régimen de poder en Bagdad.

Las cabezas trocadas

Análogamente, Bush discute ahora en forma desembozada con Sharon (en su sexta visita a Washington) de qué manera sacar de en medio a Arafat, enviarlo al exilio en el Líbano o Túnez y cambiar las autoridades palestinas. Todo esto se pretende digitar desde la capital norteamericana.

Mientras tanto, el primer ministro israelí rechaza hasta la mención a un estado palestino y a conversaciones de paz, sigue ocupando y arrasando las ciudades palestinas, incluso el cuartel general de Arafat, continuando con su plan de ocupación de los territorios como respuesta a los atentados terroristas palestinos.

Y el día mismo en que Bush lanzaba su plan de seguridad, el Senado incluía en una partida presupuestal de urgencia destinada al Pentágono una ayuda adicional de 200 millones de dólares para Israel (que ya recibe 10 millones de dólares diarios para la guerra), mientras el jefe de la CIA, George Tenet, se pasea por esos territorios. *

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