Escrito por: Beatriz Khadige - Gode, Etiopía, AFP

“Hay un promedio de tres o cuatro niños que muere cada dÃa”, afirmó el director de la ONG local, Ogaden Welfare Society, Mahmoud Abdi Ahmed.
“TenÃa tres hijos, pero ya murieron dos”, relató Ardo Mahamud, que llegó hace cinco dÃas al centro nutricional de esta ciudad ubicada a 1.200 km al sureste de Addis Abeba, en el corazón de la zona afectada por la sequÃa.
Para llegar a Godé, la mujer tuvo que caminar unos cuarenta kilómetros con sus tres niños. Su único hijo de cuatro años murió durante el viaje hace una semana y su hija de seis años murió hace cuatro dÃas.
Oriunda de una familia de nómades que van de pastizal en pastizal en la región de Ogaden, Ardo de 29 años, no sabe muy bien qué puede hacer ahora. Como muchas mujeres que se van buscando agua y alimentos para sus hijos, tuvo que separarse del marido, ocupado en la desesperada tarea de mantener vivo lo que aún les queda de ganado, único bien familiar.
“Perdimos 60 vacas y tenÃamos también unas cien ovejas. Todas murieron”, dice Ardo resignada. No tengo ni idea qué le ocurrió a mi marido y a las 10 vacas que nos quedaban”.
“Cuando llegué a aquÃ, mi hija Line ni siquiera podÃa sentarse. MÃrela, ahora puede sostener sola su biberón”, dice con una sonrisa triste.
En este centro, construido en febrero pasado con la ayuda de la organización caritativa estadounidense Save the Children, son atendidos los niños en un estado de salud muy precario.
Una vez parcialmente restablecidos de las enfermedades provocadas por la desnutrición, son transferidos a otro centro que alimenta 2.000 niños externos. Dentro de poco, Line irá a este centro.
Las historias que cuentan otras mujeres ocupadas en mecer o amamantar a sus hijos sobrevivientes, son similares.
Hinda, que tiene 14 años y es la mayor de otros tres hijos, tiene en sus brazos a su hermana menor raquÃtica. “Dos niños murieron aquà y mi padre y mi madre fallecieron en la aldea”, relató.
En medio de las mujeres, Ali, un hombre de 62 años que parece mucho mayor, está sentado junto a su hijo de seis años, mientras su mujer es atendida en el único hospital de la ciudad. El pequeño se repone de una caminata de unos cuarenta kilómetros. El otro murió en el camino.
“TenÃa unas 60 vacas y no me quedan más que dos. Pienso que me voy a morir con ellas. Las dejé con mi otro hijo de diez años a unos veinte kilómetros cerca del rÃo” de Wadi Shabele, que es casi la única fuente de agua en esta región de casi 300.000 km
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